30 mar. 2011

Tarde de invierno, por Philip Kundera






Caminamos sobre el borde agudo de las cosas, con un peligroso filo en la salida. Un rincón azul, lleno de manzanas y luciérnagas. Es tu voz de niña, tu mano que se aferra a la mía. Es tu cuerpo frágil, hecho de cerámicas y canciones lánguidas del norte. No me miras, me retienes por el frío, dices, me abrazas, te entrelazas, duermes como el sueño milagroso de tus propios dichos. No soy más que un limbo, escuchas y repites, el umbral vacío del desierto, en donde el viento inspira a la montaña… y a la espuma.

Es la noche fría.
Es la brisa que congela el pensamiento.
Es nuestro paseo entre el océano y los acantilados.
Son extrañas formas en la piedra.
Es tu piel húmeda.
Es tu sonrisa,
el aroma alegre de las chimeneas.
Es el paso que nos lleva hasta un destino conocido.
Son las sombras de las nubes,
los caballos y los peces.
Es el aire que se incrusta en tus cabellos.
Es la noche que se acerca.
Es el sol que no se ve.
Es el sur y la pasión que se desata a cada rato.
Es el vino,
es la música que se adhiere a nuestras bocas.

Caminamos por el filo adormecido de la costa. Vemos manchas, cráteres cerrados, algas secas, esqueletos, surcos en la arena. No nos inducimos. No nos alejamos. No nos desprendemos.




2 de mayo, 2007

Ilustración: Joan Ramón García i Castejón, Ícaro