18 abr. 2010

Conversaciones con Edward Said, por Tariq Alí





Fragmentos




No fue hasta 1967, la guerra de 1967... Había ido captando algunas cosas por el camino. Por ejemplo, estaba obsesionado con el hecho de que muchos de mis héroes culturales -como Edmund Wilson, Isaiah Berlin y Reinhold Niebuhr, etcétera- eran sionistas fanáticos. Me había percatado de que eran tremendamente hostiles con los árabes, no era sólo que fueran proisraelíes, sino que además decían por escrito las cosas más espantosas contra los árabes. Pero todo lo que podía hacer era observarlo. Políticamente, para mí no había un lugar al que ir. El ambiente, el ambiente político de esos primeros cuatro años en Columbia, de 1963 a 1967, era esencialmente apolítico. Estaba la protesta contra Vietnam, pero cuando intentaba participar en eso y sacar a relucir el tema de Oriente Próximo, siempre se dejaba a un lado. Que esto no resulta conveniente, que no queremos... y entonces, cuando estalló la guerra en 1967, me quedé desolado. En ese momento estaba en Nueva York y me dejó totalmente devastado. El mundo, como yo lo entendía y conocía, había acabado por completo en ese momento. Y fue poco después cuando comencé, por primera vez -ya llevaba viviendo en Estados Unidos quince o dieciséis años-, a establecer contacto con otros árabes.

Yo era por completo un producto de una educación estadounidense, incluso de una especie de educación WASP para las clases altas, Princeton y Harvard. No había estudiantes árabes cursando literatura inglesa. Todos estudiaban cosas de Oriente Próximo, y yo tenía muy poco que ver con ellos, o se dedicaban a las ciencias. Pero después de 1967 hubo un intento por parte de los pocos árabes que andábamos por aquí de reunirnos, al comienzo principalmente para contemplar el desastre, la enorme catástrofe de 1967. (...)

¿Y cuándo comenzaste a volverte realmente activo en la causa palestina, no intelectualmente, sino desde un punto de vista organizativo?
Bueno, comencé a escribir en 1968 y continué escribiendo y haciendo apariciones a pequeña escala y dando conferencias, etcétera, durante todo el Septiembre Negro. Estaba en Jordania tanto en 1969 como en 1970. Dejé Jordania justo una semana antes de que estallara la guerra entre los jordanos y la OLP. Lo vi venir. Tenía que volver a trabajar, en Columbia. Y por supuesto, tras la primavera de 1971, cuando el movimiento se desplazó de Jordania a Líbano, ahí es cuando comenzó. Mi familia vivía en Beirut, todos mis amigos que estaban conectados con el movimiento se habían trasladado a Beirut, y nosotros íbamos allí, a veces, varias veces al año. (...)

¿Cuándo conociste a Yasir Arafat?
Lo conocí en Jordania, en Ammán, en 1970, a finales de agosto. Fue un encuentro protocolario, le estreché la mano y prácticamente eso fue todo. Pero volví a verle durante un largo periodo de tiempo cuando vino a Naciones Unidas aquí en noviembre de 1974. Tenía un discurso que pronunció ante la Asamblea General, que se hizo a toda prisa. Me pidió que lo pasara al inglés. Y desde ese momento empecé a verle con regularidad, normalmente, a través del representante de la OLP en Líbano, un muy buen amigo mío. Solía ver a Arafat en su casa. Mantuvimos muchos, muchos encuentros en el transcurso de los siguientes ocho años. La última vez que le vi en Líbano fue en la primavera de 1982. Estaba en la cama. Fui a visitarle a una de sus misteriosas residencias, y parecía muy, muy enfermo, y yo le dije: "¿Sabes?, a mí me parece bastante claro que los israelíes van a atacar", y nunca olvidaré lo que dijo. Dijo: "Si quieren atacar, bienvenidos, que vengan". Sugiriendo que él podía...

Afrontarlo...
Afrontarlo. Y yo sabía, gracias a un muy buen amigo mío que había visitado conmigo el sur, a sugerencia mía, en el verano de 1980, y que tiene un gran conocimiento de asuntos militares, cosa que yo no tengo, y que había visto las defensas de la OLP, etcétera, en el sur, ¡que las probabilidades de cualquier cosa que no fuera una derrota catastrófica eran remotas! Yo estaba estupefacto. De que una vez más tuviéramos la... no sé siquiera cómo llamarlo... la sangre fría, la voluntad, de enfrentarnos a una derrota como ésa, una derrota segura, pensando que en realidad iba a ser una victoria. Y eso me ha desconcertado siempre de él. Ése es uno de los secretos de su longevidad.

¿Cuál fue la primera impresión que te causó, como líder, como político?
Me impresionaron su inteligencia, su rapidez, su memoria, su fantástico atractivo. (...)Podía interactuar, mantener siete conversaciones a la vez, hacer veinte cosas distintas -ya sabes, hablar, comer, contestar el teléfono, escribir, ver la televisión, todo al mismo tiempo-. Y hacerlo, a mi modo de ver, de un modo muy abierto. A diferencia de la mayoría de los líderes árabes, él era accesible. No tenías la sensación de que los gorilas que tenía a su alrededor -no eran gorilas, ¡eran palestinos como yo!- estuvieran ahí para impedirte relacionarte con él. Todo lo contrario, te facilitaban poder hablarle. Y siempre te daba la impresión de que estaba intentando aprender. En mi caso, a mí me encasilló desde el principio como estadounidense. Y la gran batalla que tuve con él -aunque nunca se mencionaba- era que me consideraba un representante de Estados Unidos. En otras palabras, si yo llegaba de Siria para hablar con él, no podía ser nada más que un representante de Siria. No comprendía que en Estados Unidos uno podía ser independiente, y que podía hablar en nombre de sus propias ideas, y que yo era un palestino, hablando como alguien que se solidarizaba con el movimiento y, muy al contrario, que era crítico con la política estadounidense. Nunca lo entendió. Él pensaba que siempre había presente un programa, un programa estadounidense, y yo fui encasillado como estadounidense, lo que era muy duro. (...)
Yo no sabía si hablaba del todo en serio, pero dijo: "Yo no quiero ser como el muftí (jurisconsulto islámico interprete de la ley islámica). Tener siempre razón pero no dar nada a mi pueblo. Yo estoy dispuesto a hacer algo por mi pueblo, a conseguirle algo". Y a mí me parecía bien. Pensaba que contemporizar era importante. No podíamos continuar con el viejo molde.

No existía una solución militar.
¡La solución militar era inútil! Yo ya sabía eso en Líbano. E incluso con más razón tras la pérdida de Beirut en 1982. Que fue el mayor golpe de todos, por las instituciones, la base, la sensación de estar en un sitio en vez de estar en el exilio, en hoteles, esparcidos, dispersos por todas partes. Pero no percibí lo en serio que hablaba. Que de verdad se refería a hacer concesiones, no sólo respecto a si, por ejemplo, debería haber una delegación conjunta jordano-palestina. Muchos palestinos estaban en contra. Y él estaba combatiendo esto. En 1988, era dar el brazo a torcer el reconocer a Israel y aceptar la solución de los dos Estados. Yo estaba a favor de todas estas cosas, pero no me di cuenta de lo lejos que él estaba dispuesto a llegar. Desde luego, mucho más allá de lo que yo hubiera ido.

Bueno, tus opiniones sobre Palestina eran bastante indigeribles para el establishment en este país.
Sí, y lo siguen siendo incluso hoy, con los inicios del acuerdo de paz palestino-israelí. Quiero decir, hace mucho tiempo que soy un defensor de la negociación, y de un arreglo pacífico a través de la negociación con las concesiones necesarias, pero nunca defendí un arreglo que estuviera dictado principalmente por Israel y Estados Unidos. A costa de nuestra historia. Que es, creo, una de las cosas que tienen que hacer los intelectuales, recordar a este mundo básicamente desmemoriado y ahistórico, que se dedica a condensar las noticias en segmentos de 17 minutos, la historia, y la gente que ha sufrido y las viejas reclamaciones morales que hacen las comunidades cuando son agraviadas. Recordárselo. Y ahora que ha habido una supuesta paz en marcha desde septiembre de 1993, es virtualmente imposible decir nada crítico de ella. Así que me encuentro al margen antes de la supuesta paz y después de la supuesta paz.

¿De modo que la misma gente que te acusaba de ser el profesor del terror, el perro faldero de Arafat, que te enviaba cartas de odio, te acusa ahora de no apoyar a Arafat?
En algunos casos, sí. Yo habría pensado que los que se oponían a mí en términos extremos -como, ya sabes, profesor del terror, etcétera- se oponen a la idea misma de Palestina, y ahora ven a Rabin como el traidor, no a mí. A mí ya me tienen clasificado, yo soy un terrorista, yo quiero matar a todos los judíos y todo lo demás. No, no es eso, es la comunidad con la que más he tenido que ver en el pasado, concretamente la comunidad liberal, la que sentía ligeramente lo que estaba pasando, la que estaba ligeramente horrorizada por la ocupación -ya sabes, por qué no se les da una oportunidad a estos pobres palestinos-; ahora éstos son los que están tremendamente decepcionados conmigo y dicen que soy un enemigo de la paz, que en realidad soy un fundamentalista islámico, que me opongo desde el extremismo, que lo rechazo todo. Y es muy, muy difícil en el actual clima político declarar cualquier cosa que no encaje con este supuesto proceso de paz.

¿Y eres bastante pesimista sobre este proceso?
Creo que pesimista no es la palabra adecuada. Porque a largo plazo tengo algo de fe en que como pueblo saldremos de todo esto. Pero me preocupa extremadamente lo que tenemos todavía por delante. Espero equivocarme, pero sencillamente, a juzgar por las apariencias, y sabiendo lo que sé sobre nosotros mismos, nuestros líderes, la realidad sobre el terreno... No debes olvidar que gente como Arafat y sus inmediatos lugartenientes no han estado nunca en los territorios ocupados. Han estado negociando sobre una topografía de la que apenas saben nada. (...) La realidad sobre el terreno es tal que nosotros hemos aceptado, hemos firmado en la línea de puntos, algo que en la práctica garantiza la ocupación israelí para el futuro inmediato. (...) Gaza, de la que los israelíes estaban ansiosos de librarse, ha sido en gran parte desocupada por las tropas, y los palestinos están encantados con esto, y por supuesto deberíamos estarlo. Pero es necesario recordar el hecho de que aún conservan el cincuenta por ciento de Gaza, las tropas están todavía allí, sólo que en un nuevo despliegue. Jericó es un punto diminuto en Cisjordania, está separada de Gaza por unos noventa kilómetros, todos controlados por Israel. Jericó, el área total sobre la que la OLP va a conseguir una autonomía limitada, es, digamos, como de unos sesenta kilómetros cuadrados, con una población de entre diez mil y doce mil personas. Y si puedes hacer con eso un Estado, es que puedes hacer caballos con las mariposas. Es igual de probable. La principal idea es intentar decir, por pura fanfarronería en mi opinión, que tenemos un Estado, y seguir presionando a los israelíes -quienes no van a poder cumplir con todas las condiciones del acuerdo que han hecho con los palestinos- para que acaben renunciando. Pero esto no funciona así. Estamos tratando con una sociedad organizada, estamos tratando con una economía moderna, con una gran potencia militar, con recursos tecnológicos, con el poder de Estados Unidos, que respalda a Israel. En comparación con lo que, creo, en el mejor de los casos, será una repetición de la situación en Beirut. En la que tenemos unas pocas oficinas de la OLP, una apariencia de autonomía, pero no una liberación, una independencia, y una serie de diez u once pequeños cantones en Cisjordania, todos controlados por los israelíes, donde se permitirá vivir a los palestinos como nativos en bantustanes.