12 nov. 2009

Pablo y Virginia, por Álvaro Cunqueiro






Fue moda en París leer una novela titulada "Pablo y Virginia", que la escribió uno que me suena que fuese clérigo tonsurado, llamado don Bernardino de Saint-Pierre. El algaribo Elimas, en uno de sus viajes, se la vendió a las niñas de Belvis. Cuando ya don Merlín no moraba en Miranda, donde quedara de casero José del Cairo, acabado de casar, justamente con una de las condesitas, con aquella más rubia de pelo que empreñara del señorito de Belmonte y tuviera un infante que murió al nacer, fui yo una tarde de visita y a pedir permiso para cortar dos sauces que eran de la propiedad de don Merlín, y que no dejaban virar a los carros que iban a pasar en la balsa de Pacios. Estaba apuntado en una libreta por don Merlín, donde formaban todas las propiedades de Miranda con sus lindes, las servidumbres que había, cuánto de monte del iglesario de Doncide, los días de agua en los Cabos y en el Pontigo, para el riego y para el molino, que aquellos dos sauces se llamaban Pablo el uno y Virginia el otro. Esto era sabor de mi amo, parte de su cortesía y sentimiento de su memoria, ponerles nombres de las historias a las cosas, como llamarle a la escopeta Nápoles, al tílburi Faetón, al remolino del Miño donde volcó la lancha del demonio persa Pinto decirle Salamina, y con gracioso amor, cuando iba a Lugo o a Gáula y traía algún regalo de mérito para mi ama doña Ginebra, me mandaba vestirme para que se lo llevase yo en bandeja, y me decía, palmeándome en la espalda:

—Llévale este galano a doña Dulcinea del Toboso.

Y sobre la franca sonrisa se le ponía, al decírmelo, como un fugitivo velo de tristeza. Algo enamorado de ella debió de haber andado siempre. Pero íbamos a que pedí permiso para cortar a Pablo y a Virginia, y ya me lo daba José del Cairo, siendo los sauces de los que llaman llorones, y estando más bien desmedrados, cuando intervino la mujer y dijo que por el triste recuerdo que ella conservaba de aquellos dos enamorados Pablo y la Virginia, cuya novela leyera tantas veces en Belvís y la hiciera llorar, y más aún cuando ella estaba preñada del mayorazgo de Belmonte, que en aquellas desventuras de los amantes hallaba consuelo a la suya, no quería que los sauces fuesen cortados. José del Cairo respondió que como ella quisiese, y tengo para mí que le dio por el gusto porque no sabía olvidar que ella, aunque su mujer, era señora de las muy puestas del castillo de Belvís, que si estuviese como yo casado con una camarera, se riera del lloriqueo, y me dejara cortar los árboles titulados de amantes. ¡Con lo fácil que le salía a José llamarles puterías a las delicadezas y melindres de las mujeres!

Y en bebiendo otro vaso, le pregunté a la condesita de qué trataba la novela de Pablo y Virginia, y ella se echó a llorar, y me dijo que no me la contaba de miedo que con la memoria de aquellos dolores se le retirase la leche, que andaba amamantando al Leonardín, que en verdad estaba muy criado, y lo tuvieran a los dos meses de casorio. Y ahora recuerdo que no dije que la señora condesa se llamaba doña Martina. Se despidió para sus labores, no sin dejarnos escanciada otra jarra de vino.

—Esta novela me la leyó a mí doña Martina cuando la iba a enamorar a Belvís, a escondidas de la guarda del enano, y si tan curioso sigues de su asunto —dijo José del Cairo—, vaciemos esta jarra, mientras hago yo memoria de las filiaciones y los pasos, y veré si medio puedo apuntártela, que a nosotros no hay miedo de que se nos retire la leche, y aunque así fuese, no era mayormente en perjuicio de tercero.

Bebimos en silencio aquella jarra, y aun nos consolamos con otra, y José del Cairo me abrevió la historia de Pablo y Virginia, pidiéndome perdón por las faltas, que era la primera vez qué contaba una historia literata.

—Este Pablo que viene titulando la novela, fue desde muy niño grande amigo de mirar la soledad del mar, y se ponía en la ribera a imaginarle caminos con grande melancolía, y los seguía de memoria largo trecho, poniéndoles a su sabor aquí la posada de una isla, más allá el encuentro con un bergantín y una niña diciéndole adiós con el pañuelo, acullá la grande y continua hoguera de un faro en la noche, a la derecha temerosos vientos y esquivos, que ponían las olas por compañeras de las nubes, a la izquierda una flota de gigantes ballenas azules, y finando el viaje siempre encontraba un país inocente, en el que hablaban los animales, no había tuyo ni mío, la más hermosa de las muchachas se enamoraba a primera vista del extranjero recién llegado, y a la puerta de cada casa había un árbol que daba pan y otro que daba vino. Con el Buffon de las Plantas y de los Animales poblaba las islas y los países. Todo este imaginar y memorar, que vienen a ser la misma cosa, se le volvieron desasosiego y acedía: aceda era para Pablo su nación, aceda su familia, acedos el oficio, los amigos, los días y las noches, Tal se inquietó que determinó embarcar en un tres palos que salía por Pascua Florida del puerto que llaman Honfleur, y de donde era aquel que recordarás, almirante titulado, que vino a nuestro amo Merlín a desencantar el tenedor de plata que al comer con él volvía la carne pescado. Decía que era muy hermoso Honfleur con las casas pintadas, y en la planta baja las tabernas, con pequeñas ventanas y los cristales de colores, y la gente fina, tanto que en tan pequeña villa había dos tiendas de guantes, y las tabernas, unas eran para fumadores y otras no. Embarcó Pablo en el tres palos, que se llamaba "La Bella Corentina", y viajaba a las Américas a buscar el paso del Noroeste, que digo yo que por lo que aquí sopla cayendo desde la Corda este capellán de los vientos, debe de ser paso muy venteado y propicio a naufragios. Se despidió Pablo de Francia una mañana soleada, y tuvo por buen augurio la brisa solaz que se puso a empujar el velero a la mar libre. No te cuento el viaje, ni las tempestades, ni recuerdo si Pablo se mareaba. Aconteció que a los cuarenta y dos días de navegación, estando Pablo poniendo a secar sus medias en lo más alto de un palo, le vino a las narices el perfume lejano de una tierra, que era ni más ni menos que el aroma que él, en sus imaginaciones, le regalaba al país inocente que soñaba. El capitán le aseguró que por aquella banda no había tierra en un mes, y los marineros que eran, los más, normandos, se le rieron del olfato; sólo un portugués creía haber oído que por aquella banda estaba pronta Malaca, si se diera con el paso de la Guinea. Pero Pablo seguía recibiendo el perfume, que era una caricia; se ponía en 1a noche a recibirlo, digo yo que como un can se tiende confiando en que la mano del amo va a venirle sabrosa a repasarle el lomo. Y volviéndole aquella pasada inquietud, determinó robar la gamela de a bordo y remar hasta el país inocente, lo que hizo. En su inquietud no se cuidó de bastimentos, y a los dos días de remar ya no le quedaba ni una miga que no hubiese cacheado en los bolsillos, y sólo se alimentaba del perfume del país, que cada vez estaba más espeso y cálido a su alrededor. Pero ya ni sus ansias le bastaban para vivir, y al alba del quinto día desmayóse. Parece que una corriente tomó la gamela y le dio camino hacia tierra, que estaba muy próxima, y fue tan feliz la corriente, que puso a Pablo en un arenal, al tiempo mismo que una niña que llamaban Virginia buscaba en las arenas un pendiente que se le perdiera. Gritó la niña viendo al mocito desmayado, y acudió una comadrona que se llamaba doña Terencia, y le palpó en el pecho la vida, y con un sorbo de ron y agua con azúcar le volvieron a Pablo los sentidos, y lo primero que vio al abrir los ojos fue el rostro de Virginia, que era, aunque muy tirado a moreno, dulcemente hermoso. Fue doña Terencia a llamar al chambelán de la aldea y se quedó Virginia con Pablo, dándole sorbitos de agua con azúcar y palitos de canela para que los chupase, acariciándole la frente y cantándole palabras de aliento. Pablo ya estaba, la verdad sea dicha, enamorado antes de llegar, porque traía los amores en los sueños. Y se me olvidaba decirte, que pues era aquel un país inocente, la Virginia estaba desnuda del todo, y todo lo lindo a la vista. Y decía el señor conde, mi difunto suegro, que gloria haya, que el más del mal que hizo la novela de Pablo y Virginia en París, era que si los hombres en el soñar despiertos y en despeinarse de inquietud imitaban a Pablo, las mujeres andaban imitando a Virginia y se hicieron así fáciles en desnudarse; con lo que no fue extraño que a poco viniera a ser cornudo don Napoleón.

Había que beber otra jarra, que ésta era mucha oración seguida para José del Cairo. Lió cigarro con pausa, sacó chispero y chispeó, y tras saborear dos chupadas, se animó a seguir el relato. Contaba contento de lo bien que le salían la historia y el comento. Nunca creí que estuviera tan al tanto del mundo.

—Tardó un algo doña Terencia en venir con el chambelán, y lo pasó Pablo en examinar a la niña Virginia y en terminar de enamorarse, y como llevaba en la bolsa un traje nuevo, que era chambra de encaje y pantalón ceñido de azul terciopelo, y a la cintura faja de seda roja, ayudado por Virginia se levantó, y no vio inconveniente en desnudarse delante de ella y en bañarse antes de vestir la ropa nueva, y aun no se ocultó para hacer aguas menores, por no poner sombra de pecado donde él, por lo que tenía imaginado y por lo que veía, no encontraba más que graciosa y natural inocencia. En esto último me parece que se pasó un poco de confianzudo. Cuando llegaron el chambelán y la Terencia encontraron a los jóvenes cogidos de la mano, mirándose a los ojos. El chambelán inquirió en varias lenguas diversas a Pablo, y era hombre gordo y barbilampiño y llevaba al cuello un collar de cuentas de cacao, y Pablo no halló modo de responder, y el chambelán lo llevó a una cabañaa al lado de una fuente, y lo dejó allí aposentado, al cuidado de Terencia y con abundancia de comida variada. Virginia también quiso quedarse, para calentarle los pies y sacudirle las moscas. Allí fueron, en aquella cabaña, felices días, y Pablo se iba acostumbrando a tener inocencia para andar desnudo, y Terencia ayudaba en los amores de los muchachos, que andaban enseñándose palabras por el bosque y por la playa. Al noveno día volvió el chambelán y traía un mandato del rey del país que le llevasen a Pablo, para darle un vistazo, y estaba el rey a dos días de viaje y Virginia quedó llorando por llevarle el mozo. El rey —y ahora tengo que ir cortando por ponerle fin a la novela—, tenía una hija que le saliera negra, y siendo tan blanco y rubio Pablo, pensó de juntarlos, por si aumentaba la fama de la familia teniendo entre ambos un niño a listas blancas y negras, y en las historias estaba que tuviera el rey un abuelo colorado. Pablo se dejaba hacer, y fácilmente, porque nada entendía. En la cama se vio con la negra, que era muy fina y gentil y reidora. Pasó que vino Virginia y lo encontró de amores nuevos: lloró la niña y escapó a la selva, donde la prendieron unos indios que andaban de caza y la vendieron a un holandés que tenía tienda de pacotilla en una ensenada, donde hacían aguada los del bacalao. Pablo, viendo huir a Virginia, y estando sin guardar, salió en su busca. También lo cazaron los indios, y lo vendieron al rey negro de la Florida, que lo usaba de esclavo para que lo llevase a hombros a las fiestas. El holandés vendió la inocente Virginia,, ablandado por sus lágrimas, a un indio principal que tenía el negocio de cebar mujeres para los reyes de Méjico. No terminaría nunca de contarte cómo siete veces cambió Pablo de dueño, siempre siguiendo las huellas de Virginia, y como ésta casó cuatro veces contra su voluntad, fue robada dos, y la última vez que la vendieron volvió a manos del holandés, y allí en la tienda de pacotilla se puso a morir, y en esto estaba llorando cuando llegó Pablo, que se escapara de un nuevo dueño que tenía, que era grande fumador y se emborrachaba con los habanos. Reconociéronse los amadores, y ya sabía ahora Pablo la lengua de ella, y se dijeron las ternezas del mundo y se perdonaron la peripecia, y Pablo le puso de presente a Virginia lo forzado que fuera a la cama de la negra real, que lo probaba que el niño que tuvieron salió negro como hollín, no habiendo puesto él voluntad ninguna de amor, y nada más que el trabajo de hacerlo. Pero ya era tarde para Virginia, que perdonando murió, dejándole de regalo a Pablo un niño que tuviera del rey de Méjico, y que allí estaba, a los pies del catre, chupando palitos de canela. Esto, recordando a Pablo los que él chupó cuando Virginia lo halló en la playa, lo enterneció, y no lo quiso vender al holandés, que lo pagaba bien, porque le pedían de España un príncipe indio para una función. Me dijo el cura de Xemil, una vez que parrafeamos de esto, que si fue cierta esta historia, el encargo del niño sería para enseñarlo en la Exposición de Barcelona, que trajeron los papeles que va a abrir sus puertas la Reina Cristina.

—¿Y en qué acabó Pablo? —inquirí.
—Se vino para Francia, y traía un bolsillín de oro con el que puso en Honfleur tienda de mapas y anteojos de larga vista, y mandó al principillo al colegio. Y se consoló viendo entrar y salir los navíos y chupando palitos de canela. Y quizá casase de segundas, que un hombre solo mal se apaña.

Me volví a Facios, pues, sin permiso para cortar los sauces llorones. En el invierno del novecientos dos, con la crecida, se fue Virginia río abajo. Se quedó Pablo solo cabe el vado. Pero cuando represaron el río en Lañor, las aguas lo cubrieron.





en Merlín y familia, 1955