19 ago. 2009

In corpore maledictus, por Martin Caffels





No soy el absurdo enclave. La visión de ayer, de hoy y del futuro. Implico. Duermo sin soñar. Me transformo en señales de caminos. No indico el paso. No autorizo detenciones, cruces o seguridad. A un costado expulso el vómito color naranja. No me detengo. Sigo a gran velocidad, mas no avanzo. No llegaré a ninguna parte, pues no sé a dónde me dirijo. La premisa es primordial. Un cadáver al espejo. Hacia atrás una fila de camiones descargados. Un anciano vuela hacia la costa. Su barba, su expresión, el saludo de mentón y últimas palabras: "I keep the secret". El índice sobre los labios. La desaparición. Una nube de moscas, abejas y demás insectos. El sonido de acordeón. El baile de hace años. La visión cansada. El cuerpo exhausto. El accidente y posterior reaparición. Ya no soy. No permanezco. Ya no voy. Ya no regreso. No avanzo. No escucho más que el rumor de olas fidedignas, adosadas a un espanto de carácter demencial. Aunque el término resuene en el recuerdo menos evidente. La nieve. El desierto. La sangre. Pócimas indígenas de olor amargo. Una pobre cruz y un nombre borrado por el viento, por la arena, por saqueadores sin pudor, o sin dinero. Asolando catedrales de plegaria infame. Infinitos vericuetos en el subterráneo. Altavoces en volumen máximo. El discurso fascista se repite, como un rezo negro, inexplicado. La ciudad en llamas bajo las sirenas. El bombardeo. La huida. La derrota y, sin embargo, por debajo el curso de la historia sigue idéntico a lo estipulado. La apariencia sirve a mayorías. Las endulza. Las invoca y adormece. Es perfecto. Es como debe ser. No silencio. No grito. No hablo más. El antiguo Tao explica lo siguiente: "Un ave muerta como carga única. Su vuelo indica al Norte".




en Historias de la historia, 1966