13 jul. 2009

En el búnker, por Mario Spachiaro







Acceso al aire turbio de la pólvora. Subo la escalera dando gritos de instrucción. Nadie entiende, aunque el respeto y fidelidad, aprieta cada mano en su veneno. Los balazos están cerca. El muro vibra, se retuerce en cada paso de cañones enemigos. Muchas tierras han pasado bajo el hábito de nuestras botas. La señal de cruz dorada. La victoria a medias. La derrota en la evidencia. El suave impacto del recuerdo entre los dioses. Paraísos subterráneos que preparan mi llegada. El hielo y mar austral. El mito que rodea a mis cercanos, a mí mismo. Nadie duda. Nadie experimenta el miedo, tan sólo el placer del compromiso, la alegría y el convencimiento. En la cima, entre nubes ocres, recogí las órdenes. En el subsuelo las seguí hasta la ininteligible consecuencia. Adoquines, lodo, sangre y honor. Es el fuego que se graba en nuestras almas, en nuestros uniformes galanados por la herida y la verdad. Queda el pacto no secreto. No daremos en el gusto y la sonrisa de vulgaridad. De mi lado están los dioses. Allá voy. Allá me entrego. Allá la vida. Allá la muerte. Allá el delirio y nuestros compañeros que dirigen al ejército a la más oscura de las victorias. La ciudad sitiada. El sonido de sirenas y el ataque continúa. No es así. No es el ámbito lo que preocupa, es más bien el tono de otro paradigma congelado que no llega a disolver. El océano, el futuro, la nieve sobre el pie desnudo y un grabado sobre la pared que empieza el fuego, luego el gas abierto y un cadáver paralelo, puesto en posición de rito, alud y despedida.




en Cuentos cruentos de segundas guerras, 1966