2 abr. 2009

Las armas absolutas, por Louis Pauwels y Jacques Bergier






En un artículo muy extraño, pero que, al parecer, reflejaba la opinión de muchos intelectuales franceses, Jean Paul Sartre negaba pura y simplemente a la bom­ba «H» el derecho a la existencia. La existencia, en la teo­ría de este filósofo, precede a la esencia. Pero se le pre­senta un fenómeno cuya esencia no le interesa, y niega su existencia. ¡Singular contradicción! «La bomba "H" —escribía Jean Paul Sartre— está contra la Historia». ¿Cómo puede estar «contra la Historia» un hecho de civilización? ¿Qué es la Historia? Para Sartre, es el mo­vimiento que debe necesariamente conducir a las masas al poder. ¿Qué es la bomba «H»? Una reserva de poder manejable por algunos hombres. Una sociedad muy restringida de sabios, de técnicos, de políticos, puede decidir la suerte de la Humanidad. Para que la Historia tenga el sentido que le hemos asignado, suprimamos la bomba «H». Igual veíamos el progresismo social exi­giendo la detención del progreso. Una sociología naci­da en el siglo XIX reclamaba el retorno a su época de ori­gen. Entiéndase bien: nosotros no tratamos de aprobar la fabricación de armas de destrucción, ni de ir contra la sed de justicia que anima lo que hay de más puro en las sociedades humanas. Se trata de examinar las cosas des­de un punto de vista diferente.

1.° Es cierto que las armas absolutas hacen pesar sobre la Humanidad una amenaza espantosa. Pero mientras estén en pocas manos, no serán utilizadas. La sociedad humana moderna sólo sobrevive porque son muy pocos los hombres de quienes depende la decisión.

2.° Estas armas absolutas sólo pueden ir desarro­llándose. En la búsqueda operacional de vanguardia, el tabique entre el bien y el mal es cada vez más delgado. Todo descubrimiento al nivel de las estructuras esen­ciales es a la vez positivo y negativo. Por otra parte, las técnicas, al perfeccionarse, no se hacen más pesadas: por el contrario, se simplifican. Se sirven de fuerzas que van acercándose a las elementales. El número de opera­ciones se reduce; se aligera el equipo. Al final, la llave de las fuerzas universales cabrá en la palma de la mano. Un niño podrá forjarla y manejarla. Cuanto más se avance hacia la simplificación-potencia, tanto más ha­brá que ocultarla, levantar barreras, para asegurar la continuidad de la vida.

3.° Esta ocultación se realiza, por otra parte, sola al pasar el verdadero poder a manos de los hombres sabios. Éstos tienen un lenguaje y unas formas de pensamiento que les son propias. No es una barrera artificial. El verbo es diferente porque el espíritu se encuentra situado a otro nivel. Los hombres de ciencia han con­vencido a los poseedores de que poseerían más, a los gobernantes de que gobernarían más, si acudían a ellos. Y rápidamente han conquistado un lugar por encima de la riqueza y del poder. ¿Cómo? En primer lugar, intro­duciendo en todas partes una complejidad infinita. La idea que quiere ser directriz complica hasta el extremo el sistema que quiere destruir, para llevarle al suyo sin posibilidad de reacción defensiva, de la misma manera que la araña envuelve a su presa. Los hombres llamados «de poder», poseedores y gobernantes, no son más que intermediarios en una época que es a su vez interme­diaria.

4.° Mientras las armas absolutas se multiplican, la guerra cambia de rostro. Se desarrolla un combate inin­terrumpido en forma de guerrillas, de revoluciones pa­latinas, de celadas, de quintas columnas, de artículos, de libros y de discursos. La guerra revolucionaria rem­plaza a la guerra a secas. Este cambio de las formas de la guerra corresponde a un cambio de los fines de la Hu­manidad. Las guerras se habían hecho para «tener». La guerra revolucionaria se ha hecho para «ser». Antaño, la Humanidad se destrozaba para partirse la tierra y go­zar en ella; para que algunos se repartiesen los bienes de la tierra y gozaran de ellos. Ahora, a través del incesan­te combate que evoca la danza de los insectos que se tientan mutuamente las antenas, todo transcurre como si la Humanidad buscara la unión, la agrupación, la unidad para cambiar la Tierra. El deseo de gozar ha sido sustituido por la voluntad de hacer. Los hombres de ciencia, al perfeccionar también las armas psicológi­cas, no son extraños a este profundo cambio. La guerra revolucionaria corresponde al nacimiento de un espíri­tu nuevo: el espíritu obrero, el espíritu de los obreros de la Tierra. En este sentido, la Historia es un movi­miento mesiánico de las masas. Este movimiento coin­cide con la concentración del saber. Ésta es la fase que atravesamos en la aventura de una hominización cre­ciente, de una asunción continua del espíritu.