7 abr. 2009

La alquimia como ejemplo, por Louis Pauwels






En marzo de 1953 conocí por primera vez a un al­quimista. La cosa ocurrió en el Café Procope, que experimentó en aquella época una breve resurrección. Cuando yo estaba escribiendo mi libro sobre Gurdjieff, un gran poeta preparó aquella entrevista; después volví a ver a menudo a aquel nombre singular, sin penetrar, empero, sus secretos.

Yo tenía ideas primitivas, extraídas de las nociones populares, sobre la alquimia y los alquimistas, y estaba lejos de saber que éstos aún existían. El hombre que se sentaba frente a mí, en la mesa de Voltaire, era joven y elegante. Tenía una sólida instrucción clásica, seguida de estudios de química. En aquel entonces, se ganaba la vida en el comercio y frecuentaba a muchos artistas, así como a algunas gentes de mundo.

No llevo ningún Diario íntimo, pero, en ciertas ocasiones importantes, suelo anotar mis observaciones o mis sentimientos. Aquella noche, al volver a casa, es­cribí lo que sigue:

«¿Qué edad puede tener? Él me ha dicho treinta y cinco años. No lo entiendo. Cabello blanco, rizoso, partido sobre el cráneo como una peluca. Numerosas y profundas arrugas bajo un cutis rosado y en un sem­blante lleno. Pocos ademanes; lentos, mesurados, hábi­les. Sonrisa tranquila y aguda. Ojos risueños, pero que ríen para sí. Todo revela una edad diferente. En su con­versación, ni un quiebro, ni una desviación, ni un fallo en la presencia del espíritu. Este semblante afable y fue­ra del tiempo tiene algo de esfinge. Incomprensible. Y no es sólo una impresión mía. A. B., que, desde hace semanas, le ve casi todos los días, me dice que jamás, ni un segundo, le ha sorprendido en una sola falta de ob­jetividad superior.

Lo que le hace condenar a Gurdjieff:

1.° Quien siente la necesidad de enseñar no vive enteramente su doctrina y no ha llegado a la cima de la iniciación.
2.° En la escuela de Gurdjieff no hay mediación material entre el alumno a quien se ha persuadido de su nada y la energía que debe llegar a poseer para pasar al ser real. Esta energía —esta "voluntad de la voluntad", dice Gurdjieff— debe encontrarla el alumno en sí mis­mo, y sólo en sí mismo. Ahora bien, este paso es par­cialmente falso y sólo puede conducir a la desespera­ción. Esta energía existe fuera del hombre, y se trata de captarla. El católico que comulga: captación espiritual de esta energía. Pero, ¿y los que no tienen fe? Si no se tiene fe, hay que tener fuego: esto es toda la alquimia. Un verdadero fuego. Un fuego material. Todo comien­za, todo llega por el contacto de la materia.
3.° Gurdjieff no vivía solo; siempre estaba rodea­do de otras personas como en un falansterio. "Hay un camino en la soledad, hay ríos en el desierto". No hay camino ni ríos en el hombre que se mezcla con los otros.

Le hago preguntas sobre la alquimia que deben de parecerle tontas. Pero no lo demuestra y responde:

Sólo materia, nada más que contacto con la mate­ria, trabajo con la materia, trabajo manual.
Insiste mucho en esto:

—¿Le gusta la jardinería? Es un buen comien­zo, porque la alquimia puede compararse a la jardinería.
—¿Le gusta la pesca? La alquimia tiene algo de co­mún con la pesca.

Trabajo de mujeres y juego de niños.

No se puede enseñar alquimia. Todas las obras li­terarias que han pasado por los siglos contienen una parte de esta enseñanza. Son el hecho de hombres adul­tos —verdaderamente adultos— que hablaron a los ni­ños, respetando las leyes del conocimiento adulto. En una gran obra, jamás se nota la falta de "los principios". Pero el conocimiento de estos principios y el camino que lleva a estos principios deben permanecer ocultos. Sin embargo, existe un deber de ayuda mutua para los investigadores del primer grado.

A eso de la medianoche, le interrogué sobre Fulcanelli, y él me explicó que Fulcanelli no ha muerto.

—Se puede vivir —me dice— infinitamente más de lo que imagina el hombre que no ha despertado. Y se puede cambiar totalmente de aspecto. Yo lo sé. Mis ojos saben. Sé también que la piedra filosofal es una realidad. Pero se trata de un estado de la materia distin­to del que conocemos. Este estado, como todos los otros estados, es susceptible de mediciones. Los me­dios de trabajo y de medición son sencillos y no requie­ren aparatos complicados: trabajo de mujeres y juego de niños...

Y añade:

—Paciencia, esperanza, trabajo. Y, sea cual fuere el trabajo, jamás se trabaja bastante. Esperanza: en alquimia, la esperanza se funda en la certeza de que existe un fin. Yo no habría empezado —dice— si no me hubiesen demostrado claramente que este fin existe y que es posible alcanzarlo en esta vida».


Tal fue mi primer contacto con la alquimia. Si la hubiese abordado por medio de los libros mágicos, creo que mis investigaciones no habrían ido muy lejos: falta de tiempo, falta de afición a la erudición literaria. Y también falta de vocación: esta vocación que invade al alquimista, cuando éste aún no se tiene por tal, en el momento en que se abre por primera vez un antiguo tratado. Yo no tengo vocación de hacer sino de com­prender; no de realizar, sino de ver. Pienso, como dice mi viejo amigo André Billy, que «comprender es tan hermoso como cantar», aun en el caso de que la com­prensión sea fugaz [1]. Soy un hombre que tiene prisa, como la mayoría de mis contemporáneos. Tuve el con­tacto más moderno que cabe tener con la alquimia: una conversación en una tasca de Saint Germain des Prés. Después, mientras intentaba dar un sentido más com­pleto a lo que me había dicho aquel hombre joven, tro­pecé con Jacques Bergier, que no salía lleno de polvo de una buhardilla llena de libros viejos, sino de los lugares en que se concentra la vida del siglo: los laboratorios y las oficinas de información. Bergier buscaba también alguna cosa por las rutas de la alquimia. Y no era para hacer una peregrinación al pasado. El extraordinario hombrecillo, atiborrado de secretos de la energía ató­mica, había tomado aquel camino como atajo. Volé, agarrado a sus faldones y a una velocidad supersónica, entre los textos venerables concebidos por sabios ena­morados de la lentitud, borrachos de paciencia. Bergier tenía la confianza de algunos de los hombres que, toda­vía hoy, se entregan a la alquimia. Tenía también el oído de los sabios modernos. A su lado, pronto adquirí la certeza de que existe una estrecha relación entre la al­quimia tradicional y la ciencia de vanguardia. Vi que la inteligencia tendía un puente entre dos mundos. Avan­cé por este puente, y vi que aguantaba. Sentí una dicha muy grande y un profundo apaciguamiento. Refugiado desde hacía tiempo en el pensamiento antiprogresista hindú, adepto de Gurdjieff, viendo el mundo de hoy como un principio del Apocalipsis, profundamente desesperanzado y sin esperar más que un triste fin de los tiempos, sin ser lo bastante orgulloso para consi­derarme hombre aparte, he aquí que veía de pronto cómo el porvenir y el pasado se daban la mano. La me­tafísica del alquimista, varias veces milenaria, ocultaba una técnica comprensible o casi comprensible, en el si­glo xx. Las técnicas horripilantes de hoy se abrían so­bre una metafísica casi siempre a la de los tiempos anti­guos. ¡Falsa poesía la de mi vacío! El alma inmortal de los hombres lanzaba la misma luz a ambos lados del puente.

Acabé por creer que los hombres, en un pasado muy remoto, habían descubierto los secretos de la energía y de la materia. Y no sólo por la meditación, sino también por la manipulación. No sólo espiritualmente, sino téc­nicamente. El espíritu moderno, por caminos diferen­tes, por las rutas, desde hacía tiempo repelentes a mis ojos, de la razón pura, de la irreligiosidad, con medios diferentes y que me habían parecido feos, se aprestaba a su vez a descubrir los mismos secretos. Se interrogaba, se entusiasmaba y se inquietaba a un tiempo. Tendía a lo esencial, igual que el espíritu de la alta tradición.

Vi entonces que la oposición entre la «sabiduría» milenaria y la «locura» contemporánea era una inven­ción de la inteligencia, demasiado débil y demasiado lenta, un producto de compensación para el intelectual incapaz de la fuerte aceleración que su época le exige.

Hay varias maneras de tener acceso al conocimien­to esencial. Nuestro tiempo tiene las suyas. Las anti­guas civilizaciones tuvieron las propias. Y no me refie­ro únicamente al conocimiento teórico.

Vi, en fin, que, siendo las técnicas de hoy aparente­mente más poderosas que las de ayer, este conocimien­to esencial que sin duda tenían los alquimistas (y otros sabios, antes que ellos) llegarían a nosotros aún con mayor fuerza, con mayor peso, con más peligros y con más exigencias. Alcanzamos el mismo punto que los antiguos, pero a diferente altura. Más que condenar al espíritu moderno en nombre de la sabiduría de ini­ciación de los antiguos, más que negar esta sabiduría declarando que el conocimiento real comienza con nuestra civilización, convendría admirar, convendría venerar la potencia del espíritu que bajo aspectos dife­rentes, vuelve a pasar por el mismo punto de luz, ele­vándose en espiral. Antes que condenar, repudiar, escoger, convendría amar. El amor lo es todo: reposo y movimiento a la vez.

Vamos a someterles los resultados de nuestras in­vestigaciones sobre la alquimia. No se trata, desde lue­go, más que de esbozos. Para aportar a este tema una contribución realmente positiva, necesitaríamos diez o veinte años sin hacer otra cosa, y, posiblemente, facul­tades que no tenemos. Sin embargo, lo que hemos hecho y la manera de hacerlo dan a este pequeño trabajo un as­pecto diferente al de las obras hasta ahora consagradas a la alquimia. Encontrarán en él pocas declaraciones so­bre la historia y la filosofía de esta ciencia tradicional, pero sí algunas luces sobre los lazos inesperados entre los sueños de los viejos «filósofos químicos» y las reali­dades de la física actual. Mejor será que declaremos en­seguida nuestro propósito:

La alquimia, a nuestro entender, podría ser uno de los más importantes residuos de una ciencia, de una técnica y de una filosofía pertenecientes a una civiliza­ción desaparecida. Lo que hemos descubierto en la al­quimia, a la luz del saber contemporáneo, no nos invita a pensar que una técnica tan sutil, complicada y precisa, puede ser producto de una «revelación divina» caída del cielo. Y no es que rechacemos toda idea de revela­ción. Pero jamás hemos visto, al estudiar los santos y los grandes místicos, que Dios hable a los hombres em­pleando el lenguaje de la técnica: «Coloca tu crisol bajo la luz polarizada, hijo mío. Limpia las escorias con agua tridestilada».

Tampoco creemos que la técnica alquimista haya podido desarrollarse a tientas, a base de ínfimos trucos de ignorantes o de fantasías de maníacos del crisol, has­ta llegar a lo que bien puede llamarse una desintegra­ción atómica. Más bien nos inclinamos a creer que en la alquimia existen restos de una ciencia desaparecida, di­fíciles de comprender y de utilizar, a falta de texto. Partiendo de estos residuos, forzosamente tuvo que haber tanteo, pero en una dirección determinada. Hubo tam­bién abundancia de interpretaciones técnicas, morales, religiosas. Hubo, en fin, para los detentadores de aque­llos restos; la imperiosa necesidad de guardar el secreto.

Pensamos que nuestra civilización, al alcanzar un saber que es tal vez el mismo de otra civilización prece­dente, pero en otras condiciones y con otro estado de es­píritu, debería tener el mayor interés en interrogar en se­rio a la antigüedad para acelerar su propia progresión.

Por último, pensamos esto: el alquimista, al final de su «trabajo» sobre la materia advierte, según la leyenda, que se opera en él mismo una especie de transmutación. Lo que ocurre en su crisol, ocurre también en su con­ciencia o en su alma. Hay un cambio de estado. Todos los textos tradicionales insisten en ello y evocan el mo­mento en que se cumple la «Gran Obra» y en que el al­quimista se convierte en «hombre despierto». Nos pa­rece que estos viejos textos describen de esta manera el término de todo conocimiento real de las leyes de la materia y de la energía, comprendido el conocimiento técnico. Nuestra civilización se precipita hacia la ob­tención de tal conocimiento. No nos parece absurdo pensar que los hombres están llamados, en un porvenir relativamente próximo, a «cambiar de estado», como el alquimista legendario, a sufrir alguna transmutación. A menos que nuestra civilización no perezca por entero antes de alcanzar el fin, como acaso han desaparecido otras civilizaciones. Pero aun así, en nuestro último se­gundo de lucidez, no debemos desesperar, sino pensar que, si la aventura del espíritu se repite, es cada vez en un grado más alto de la espiral. Lo único que haríamos sería dejar a otros milenios el trabajo de llevar esta aventura hasta su punto final, hasta el centro inmóvil, y desapareceríamos llenos de esperanza.






[1] En su cárcel de Reading, Oscar Wilde descubre que la dis­tracción del espíritu es el crimen fundamental, que la atención extre­ma revela el acuerdo perfecto entre todos los acontecimientos de una vida, pero sin duda también, en un plano más vasto, el acuerdo perfecto entre todos los elementos y todos los movimientos de la Creación, la armonía de todas las cosas. Y exclama: «Todo lo que es comprendido está bien». Es ésta la frase más bella que conozco.




en El retorno de los brujos, 1960