10 abr. 2009

Año santo, por José Oliverio Percagnant






En aquella cruz y el llanto blanquecino, mil demonios aguardaban el concierto; sin embargo el rastro de la historia, la verdad o la mentira, el feliz acierto de un martillo, permiten que el rincón lejano, en un destello, una botella, se ubicara, exacta, entumecida, sobre el fiel macizo de las cumbres. No veremos la reunión, al traidor y fariseo, al alma innoble. Cerca del lamento, un temblor de tierra y cielo oscuro. Fajas, guerras, gritos y osadías, bajo un pueblo estigmatario, dionisíaco, enfermo de poder. Una y otra vez, la historia se hace cargo. No hay más que esperar, creer en que el espacio blanco baja un pie vacío hacia el Oriente. Los designios, fe, política... No es más que pasto en ojo ajeno, circo y pan, una avalancha de repeticiones y, además, un pueblo olvidadizo. Falsos sabios que ordenaron protocolos, los caídos, soportando el sucio embargo de la historia, nuevamente historia, y ese henchido ánimo, y victorioso, el de un ejército que se organiza-reorganiza, baja del abismo, alzado en gran córcel.

No es tan fácil el afecto mancillado, niebla y traición, océano encargado de roer, desesperar, y las montañas, hielos, paraísos, que reciben el poder real, un espíritu encarnizado, transparente, ya sin sombra. Sobre el anaquel, señales, flechas, increíbles códigos cifrados, cuentas, listas y serenas indicaciones, reposan a la espera del momento.

El momento cerca está
, se susurra. El momento está por venir, se concluye al revisar el plan maestro. Las voces se apagan al oscurecer el día en los pasillos. En la noche el vuelo nos retorna a nuestra tierra, a nuestra sangre, a nuestra decepción pasada. Así mismo el gran poder que calla, adhiere una esperanza al alma fría. El momento cerca está, se oye el ruido de clarines, el tropel de los caballos y ese ánimo o rumor, que escapa al más lejano entorno, ya en la cima... los abrazos, la oración, nuestra victoria.




en País de fieles, 1947