14 mar. 2009

Matadero, por Georges Bataille






El matadero depende de la religión en el sentido de que los templos en épocas remotas (sin mencionar a los hindúes en nues­tros días), tenían una doble función: servían al mismo tiempo para las plegarias y las matanzas. De donde resultó sin duda alguna (lo podemos juzgar por el aspecto caótico de los mataderos actuales) una perturbadora coincidencia entre los misterios mitológicos y la grandeza lúgubre característica de los lugares donde corre la sangre. Es curioso ver que en Norteamérica se expresa una queja aguda cuando W. B. Seabrook (La isla mágica, 1929) constata que la vida orgiástica ha subsis­tido, pero que ya no se añade a los cócteles la sangre de los sacrifi­cios, y considera insípidas las costumbres actuales. No obstante, en el presente el matadero es maldito y puesto en cuarentena como un barco infectado de cólera. Pero las víctimas de esa maldición no son los matarifes o los animales, sino esa misma buena gente que ha llegado a no poder soportar más que su propia fealdad, una fealdad que responde en efecto a una enfermiza necesidad de lim­pieza, de pequeñez biliosa y de tedio: la maldición (que sólo aterro­riza a quienes la profieren) los obliga a vegetar tan lejos como sea posible de los mataderos, a exilarse por corrección en un mundo amorfo donde ya no existe nada horrible y donde, sufriendo la indeleble obsesión de la ignominia, se ven reducidos a comer queso.




en La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939