27 mar. 2009

Los Pirineos, por Miguel Serrano

Fragmento






El trovador entró a la zaga del caballero, como si fuera su sombra. Mas su historia termina aquí. El mismo lo dice, antes de desaparecer:

-Tu historia de amor no es la nuestra, caballero; es más secreta y más antigua. Es la leyenda de amor sin amor, que se perdiera en el Diluvio. Sólo me es dado vislumbrarla. En nuestras historias no hay un caballero, sino un plebeyo y una reina. Pero tu dama dormida es una reina que viaje a través de las edades y ama a su igual, a un rey.

Así se despidió el trovador. El caballero siguió su camino, conducido por su dama.

En la gran sala cuadrangular del castillo, sentados en torno a una mesa redonda, le recibieron los caballeros defensores de Montsegúr. Cada uno tenía a su lado a una mujer. Su dama cruzó el círculo. El permaneció en pie, esperando. Ella le preguntó:

-Mi dulce amigo, ¿qué ha sucedido a mi corazón?
-Late aquí en mi pecho, señora, con dos golpes a la vez, que van repitiendo tu nombre y el mío. Es un espejo, un reloj de arena, que me dice lo que aún me falta...

Hubo un gesto de aprobación dentro del círculo. Y él pudo ahora entrar allí y sentarse junto a su dama, pasando a formar parte del reducido grupo de caballeros que participarían en la batalla final de Montsegúr.

* * *

Le fue mostrando las celdas, las disposiciones de las torres, los corredores secretos. También le enseñó el recinto en la base del monte, donde guardara por edades el tesoro de los cátaros.

Desde las altas almenas le señalaba las cumbres y los valles. En la luz mortecina del crepúsculo, le explicaba:

-El sol se pone sobre estas cimas que por siglos fueran refugios de hombres puros y de magos. Cuando las grandes aguas desbordadas sumergieron el continente central de los hombres dioses, cuando la tercera luna cayó sobre la tierra, aquí se guardaron las claves salvadas del Diluvio. Ellas van circulando de mundo en mundo. Lo que se ha llamado Grial, es una piedra celeste que cayó sobre nuestro astro, al partirse en mil pedazos la Corona de Luzbel, en su combate estelar. Sólo cuando se junten los pedazos dispersos, Luzbel podrá ser vindicado. Porque él es la Estrella de la Mañana, la Estrella de El-Ella, el guardián de nuestro amor.

La piedra aquí caída, es esencial para reconstruir la Corona. Brilla más que el sol, es fuego helado, es luz blanca. Su contacto une lo disperso, retorna a los comienzos. La encuentran sólo lo que caminan hacia atrás.

También une todo cuanto se ha separado en ti; porque tu eres la Corona despedazada, los astros esparcidos por el firmamento. Ese secreto talismán nos une a ti y a mí en la Estrella de El-Ella. En cada astro del cielo hay un trozo de la Corona rota, y la raza humana tendrá que ir a buscarlo; pero sólo cuando haya encontrado el que en la tierra se guarda podrá tener éxito en su búsqueda cósmica. De mano en mano ha ido el tesoro. Vino de Oriente, salió por la puerta sur de un templo, o de una montaña. En el talismán está grabado el secreto en lengua indescifrable, con signos desconocidos. Cuando Montsegúr caiga y el talismán sea llevado a tierras más lejanas, su vibración, su no revelada historia, transformará el alma de los peregrinos que aún visiten estas ruinas...

La delicada mano, con una pálida mancha entre el anular y el índice, se levante contra el sol del atardecer, para señalarle las distintas cumbres:

-Allá se encuentran las cavernas y la Montaña Negra, donde se prepara a los buscadores. Nos separa de ese otro monte el Lago de la Muerte. Cuando Montsegúr sea consumido por el fuego, el tesoro deberá ser transportado de centro en centro, hasta alcanzar un día la montaña que hay en Venus, su último refugio, donde reconstruiremos, con un trozo terrestre, la Corona, tal como fuera de hermosa antes de romperse...

* * *

Muchas veces recorrió el castillo, desde su base subterránea hasta las almenas más empinadas, pero nunca cruzó la puerta del Norte.

-Conozco ya bien este castillo -dijo-; lo he recorrido muchas veces; me siento un prisionero, como si al ir y venir, me estuviera topando en un punto alto, en una última almena. Antes de la batalla final, pienso que debería cruzar la puerta del Norte y visitar a los Perfectos, para que ellos me preparen. Llévame a cruzar esa puerta...

Ella le siguió hasta el umbral de la puerta Norte del castillo. Y él supo que debería continuar solo.

* * *

Junto al abismo, había un aire seco y transparente. Un pequeño hacinamiento de cabañas entre ralas verduras y piedras. Un rocío de luz morada y una tenue brisa. Aún había nieve en la cima. Avanzó hacia una cabaña al borde del precipicio. No tenía ventanas y su angosta puerta estaba abierta. Una como luz violeta le hizo detenerse en el umbral. Sentado sobre el suelo, con el busto erguido, y las piernas cruzadas; se hallaba el Perfecto. Tenía los ojos abiertos e inexpresivos; una sonrisa, no de la boca, sino de la luz que le envolvía y que él mismo proyectaba, parecía estar insinuándose.

Tal vez no se encontraba allí, porque cuando habló, su voz no se escuchó en sus labios, que permanecían inmóviles, sino un poco hacia el techo de la cabaña:

-Diaus vos benesiga.

Permaneció largo rato en silencio. Le costaba hablar. La lengua y los labios se hacían como de piedra.

-Quiero saber, -dijo al fin- ¿dónde estamos?
-¿No comprendes, viajero -respondió la voz- que visitas una ruina de un castillo destruido hace setecientos años, que todo lo que dentro del castillo has visto no es sino la sombra de algo que fue en la tierra y que ahora se transporta en la luz de un astro? Allí también voy. En verdad, tú has venido en el futuro. Debo admirarme de que hayas podido cruzar los enrevesados planos de la luz. Te has extraviado, o te has transplantado a un tiempo paralelo, donde también existe Montsegúr y se cumple eternamente la historia análoga de su caída; pero con una intensidad diferente. Hay tiempos paralelos, hay planos que no se tocan, aún cuando se entreveren, hay acontecimientos semejantes, simultáneos, como ecos de campanas dentro de universos cerrados y que no se afectan mutuamente. Así, aquello que aconteció en la tierra, ha tenido existencia anterior, o simultánea, en alguna otra concentración de la luz, de un modo parecido, pero a la vez diferente. Allí estamos, entonces, tú y yo, en aquel otro drama de Montsegúr, igual, pero distintos adentro.

Siempre como viniendo de arriba, del techo de la cabaña, quizás desde ese otro tiempo semejante, continuó la voz del perfecto:

-Nos oponíamos al matrimonio y a la fornicación de los cuerpos, porque ellos producen el hijo de la vida; pero no nos oponíamos a la fornicación de la mente, al matrimonio mental, como se practicaban en la ceremonia secreta, en la cámara de la iniciación del castillo. Este fue el no revelado secreto, el tesoro de los cátaros.

* * *

Se cuenta que un poco antes de la caída del Castillo, cuatro caballeros lograron descolgarse desde la cima, valiéndose de un cordón plateado, que resistió firmemente, sin romperse. Llevaban el talismán, el tesoro. Los nombres de tres de ellos se conocen. El del cuatro, no.





en Elella. Libro del amor mágico, 1973