19 feb. 2009

Safo observa las cenizas, por Aciro Lumenics





El relámpago se ha ido, sobre el mar de vidrio
que denosta su tristeza. Safo busca entre las ruinas,
esa voz amable que le entrega el alma cada tarde;
esas hojas tristes, inquietas,

bajo el agua de la Atlántida,
surgen cuatro rayos rumbo al cielo;

seres en millares, que repliegan una próxima encarnación
de superiores.

El agua se recoge hacia la orilla,
permitiendo el vuelo plácido,
aunque nostálgico,
de quien flota en el pasado, en la imaginación de mitos,
aligerado por la bruma de los dioses,
de la luz, de la antigua inteligencia.

Los gritos vienen de la superficie,
en donde los mortales se reclaman
ese don que les fue negado.

Los improperios, la senectud, el vuelo en ras;
los animales ebrios,
la sangre entre las cornisas,
la perfección decae
por aquella imprecisión...

Es hora de partir, se repite sin hablar,
es hora de empezar en otro sitio...

Desde una colina observa Safo,
sus anteriores,
su amada lira,
su compañera...
Nada queda más que sombras
de una civilización entumecida.

Ni el vuelo de los ángeles,
ni los sabios enterrados hasta el cuello,
ni la música que viene del profundo abismo,
ni su cuerpo, aún intacto, suave,
desnudo como hieles,
ni el tiempo que vendrá.

Safo decide inclinarse al blanco,
aspirar al superior vacío,
al Om de las aves y las piedras,
del tiempo que regresa,
de la poesía sin registro...

Y se queda,
permanece en el silencio,
en la quietud,
en la inacción, mientras los vuelos ya se pierden,
mientras los días y las noches pasan,
mientras la delgadez la transparenta,
mientras su canto se oye en el futuro,
allá, muy lejos,
junto a los glaciares, a los hielos, a los fríos;

y su voz reclama, para nadie,
el inclinado verso,

su boca se reúne con las piedras,
ya no muere,
más bien revive cada vez que alguien la elige
entre las demás

y la lanza al río, al lago o al mar...





en Desastres, mitos y demás reencarnaciones, 1961