31 ene. 2009

Sacrificado sea tu nombre, por Aníbal Escanciero-Johns







Siento el leve atardecer sobre mis piernas. La temible escarcha del rocío busca el frágil acomodo, entre el fijo infame del pasado, y otros versos olvidados bajo impávidas miradas de pudor, odio y otros bajos sentimientos. La cercena del metal, la hierática pasión bajo una cruz de estambre. El baile y la euforia, reacciones propias de un alma en pena, venida a menos, visitada por la muerte. A luces remitentes, cambio el grado de la orientación. Veintisiete grados suroriente, y el vejamen se prepara a través de algunas sombras sin rumbo preciso. Quisiera aniquilar el tiempo o la existencia, alguna vena hinchada por la sangre de otros, una improbable historia repetida hasta el cansancio... Y los fieles y devotos, mentes débiles, sin espacio al fondo, creyentes del primer remedo historiográfico, se lamentan por los muertos en supuesto, torturados en cantinas de otro puerto. Y sin embargo la verdad está ahí, al alcance de miradas acuciosas. El atardecer demora su reparto, o distribución. Busca el aire levantino, mientras una oscuridad cansada, conocida, cubre el manto de una duda, más pequeña que esta sea. La repetición... La repetición... La repetición... Una gota en el mismo sitio... Hipnosis pública y masiva. La mentira. La destrucción. La limpieza está en el caos. La pureza es aleatoria. La repetición, nuevamente, y ese cardo enorme que nos hiere día a día, sin dejarnos someter... Este es un mensaje no cifrado, pero el resultado será claro solamente en caso de pertenecer al bando de esta orilla. Salud. Bienvenidos. Es la sombra que cobija en el desierto, la manera en que nos protegemos... De tanta escoria convenida, de tanta mentira en vil acuerdo, de tanta sociedad vacía, acostumbrada a recibir su dosis diaria de Occidente...