18 ene. 2009

Alegría aparente, por Christoph Amir Salayyadin





a C. M.




su espantosa sonrisa quiebra el tiempo en dos, una tarde acá, un amanecer pasado... desde lejos la veo venir, me abraza, me roza apenas, y en aquel momento la imagino frente a dioses, tímidos altares y demás requiebros religiosos, entrañablemente espirituales... en un acto repentino, a la vez reflejo, se diría, la imagino desnuda, sobre mí, tocándome las gónadas con cuidado conventual, su lengua cálida sobre la mía, disfrutando el goce círcular, profundo y sin resabios de pecado... los que la conocen cuentan su infelicidad y hastío. dicen que se aburre los viernes por la noche sin saber a dónde ir. me dicen que se espanta al conocer algún muchacho enhiesto, como yo. dicen que su hogar es una escuálida marmita de colores, lujos y debacles posteriores. y entonces, sólo entonces, su cabello me conversa, me susurra, me confirma el hielo de sus labios y de su frágil entrepierna. entonces la domino desde atrás, insertándole un gemido hacia el pequeño grito de placer. y entonces todo se repite, como un guión hecho a la rápida, sus manos no me buscan, ni sus brazos, ni sus frases en armado exótico. la nordia en diálogo remite simpatías, cortesías, menudencias de insípida formalidad. el ancho de caderas bambolea el huerto de un fingido orgasmo. sus pequeños senos, casi inexistentes, se erizan al pensar en mí, en mi portento y dotación. pero todo sigue igual. ella sigue igual. su piel suave inexplorada. su belleza contenida en delgadez obscena. el sumiso protocolo. el saludo al aire, su sonrisa de obituaria en castidad...




en El trabajo de los días, 1983