18 dic. 2008

Suicidio, por Félix Cábitat







La tarde gris. Arde en crisis monocordes. El sentido,
el estúpido sentido, se ha esfumado aún una otra vez. La molécula graciosa,
el arte enclítico, la teoría de la decepción... Todo es un montón de liebres
y escremento blando, sobre una pradera en extinción.

El sonido allá lejano,
bajo siete cruces oxidadas por el viento y la sombra...
La noche gris, extrañada, fustigada en el asombro
que provoca el tiempo en el extremo.

Bajo mantas y juguetes fragmentados,
el lodo acuna mis cenizas, las de nuestro pueblo,
las de mis antepasados. Todos ya se han ido.
Los que se quedaron hemos muerto.

No queda seña o rastro. El fuego ha destruido toda posibilidad de escape,
o de llegada externa. Nuestra ciencia, nuestro arte, nuestro espíritu,
al menos, permanecerán más allá de la cortina de visión para todo aquel
que pretenda inocente acceso.

Soy el último de mi pueblo. Soy la llama que se apaga bajo la tormenta.
Es el cruce y la paz lo que me espera. El encuentro con los sabios,
la rueda en otro giro...
Dios.