23 nov. 2008

Energía en las alturas, por Philip Kundera





El frío es insoportable. Muros de hielo se han formado alrededor, formando una estrella, en donde cada putna forma a su vez otra estrella al interior. Podría ser que el tiempo, el ciclo, haya fragmentado otros recursos, una voz vacía. Sin embargo el trino de los hielos al partirse crean una melodía irrepetible. Hasta acá han llegado dioses, profetas y mahires. Todos a la vez y por separado. Se siente el temblor, la penumbra, la enseñanza... Es un recuerdo terrible y honorable, también inquietante, miles de sombras, tal vez decenas de miles, quizás incluso más, rodean esta especie de fortín o medianía, en donde el alma se repite y se reparte entre miles de pequeñas partículas luminosas que habitan el espacio como luciérnagas. Espíritus que, a su vez, vuelan, flotan y penetran en el centro en donde se reúnen. Los dioses vuelven a ser jóvenes, a pesar de que ya el decirlo es una atopía; vuelan entremezclándose de poder y sueño.

Han transcurrido semanas y el frío persiste. Cansado el tiempo nos expulsa montaña abajo, mientras el sonido de instrumentos ya vedados, acompañan el trayecto hacia un punto ciego en el que nos esperan familiares y compañeros de armas. La fiesta continúa, adoran al becerro, se relamen en promiscuidades, calamidades y desastres, pisoteando nuestras éticas y pequeñas reflexiones. La mayor parte siempre adora la vulgaridad, no importando el tiempo, época, era, tribu o etnia. Sólo un puñado es reservorio, secreto a veces, teñidos de hermetismo -o al menos de imposibilidad de diálogo, por lo tanto, hermético naturalmente- de la historia y eventual contacto con sabios, héroes y profetas.

Cuatro dioses acompañan y despiden el descenso. Nos observan, entre la esperanza y el hastío, deseando nuestra suerte y la de nuestros pueblos. Hasta pronto, creen decir, en su lengua desprovista de sonidos y señales, más que luces y esferas breves que rebotan, y reposan, nuestro ánimo y sabor acorde. Pronto habremos llegado. Pronto estaremos entre los nuestros. Pronto brindaremos con el vino y con la sangre. Pronto dormiremos adormecidos por el irremediable curso vital de lo que nos rodea.
Es así, desde y hasta siempre. Buenos días. Buenas noches. Hasta siempre. Adiós.




en Señales que indican el vacío, 1956