4 sep. 2008

Navidad en Portoroz, por Thomas Barnard







canto infeliz la muerte y traición, la puta entuerta coja en brazos de un amante calvo, supone suspira gime depone traspone traspasa y coge, cuatro voces que están muertas en el callejón, más allá, en la alcantarilla, funde el oro en tazas verdes, mientras la barrida embate el culo de unos cuantos. fuente, fuente, verde, pan, migaja el vuelo de avestruz tabique el roble. el viento rompe una ventana, el vidrio cae, todos nos cortamos, la secuencia lógica y la sangre de tus pies, la marca de la bestia, un horrible número sin demarcación en ascuas. no regresa el velo ni la virgen, blanca pura inmaculada, ya no piensa en sexo cada hora, sólo el hambre que la sacia, en esa playa, en esa arena, a la que vuelve una vez más, en la que bota el tímido y sombrío de sus nalgas blancas ancas, mangas de feroces telas. las gaviotas de Lubjiana. sus manos se penetran. ya no existe un beso ni abandono. la marea no ha subido y sin embargo nos ahogamos, cada uno y por sí solos, para siempre, en el eterno.