2 ago. 2008

Propaganda y guerra, por Edward Said





Los medios de comunicación nunca han sido tan influyentes a la hora de determinar el curso de la guerra como durante la Intifada de Al-Aqsa, la cual, por lo que respecta a los medios de comunicación occidentales, se ha convertido principalmente en una batalla de imágenes e ideas. Israel ha vertido ya cientos de millones de dólares en lo que en hebreo se denomina hasbara, o información para el mundo exterior (o sea, propaganda). Esto incluye toda una serie de esfuerzos: comidas y viajes gratuitos para periodistas influyentes; seminarios para estudiantes universitarios judíos, quienes, recluidos en una finca durante una semana, pueden recibir una prima por "defender" a Israel en el campus; bombardeo de congresistas con invitaciones y visitas, panfletos y, lo más importante, dinero para las campañas electivas; dirigiendo (o, si el caso lo requiere, amenazando) a los fotógrafos y escritores de la Intifada actual para que presenten ciertas imágenes y no otras; ciclos de conciertos y conferencias de israelíes eminentes; formación de comentaristas para que hagan frecuentes referencias al Holocausto y al apuro actual de Israel; numerosos anuncios en los periódicos atacando a los árabes y ensalzando a Israel; y más y más cosas. Debido a que mucha gente poderosa en los medios de comunicación y en el mundo editorial son grandes valedores de Israel, la tarea resulta muy fácil.

Aunque éstos son tan sólo unos pocos de entre los muchos dispositivos que emplea todo Estado moderno para perseguir sus objetivos, sea democrático o no, desde los años 1930 y 1940, -(para producir consentimiento y aprobación por parte del consumidor de noticias)-, ningún país y ningún grupo de presión los ha utilizado en mayor medida, de manera tan efectiva y durante tanto tiempo, como Israel en los Estados Unidos.

Orwell denominaba este tipo de desinformación lenguaje de noticias o pensamiento-doble: la intención de encubrir acciones criminales, en especial el asesinato injusto de gente, aplicando un barniz aparente de justificación y razón. El caso de Israel, que siempre ha tenido la intención de silenciar o hacer invisibles a los palestinos mientras se les robaba su tierra, ha sido de hecho una supresión de la verdad, o de buena parte de ella; así como también una falsificación masiva de la historia. Lo que en los últimos meses Israel ha querido probar al mundo con éxito es que es una víctima inocente de la violencia y el terror palestinos, y que los árabes y los musulmanes no tienen otra razón para estar en conflicto con Israel que su irreductible e irracional odio a los judíos. Es decir, más o menos nada. Y lo que ha hecho esta campaña tan efectiva es el duradero complejo de culpabilidad occidental con respecto al antisemitismo. ¿Qué podría ser más efectivo que desplazar esa culpa hacia otra gente, los árabes, y por tanto sentirse no solamente justificados sino positivamente satisfechos de que se hubiese hecho algo bueno por un pueblo tan maldecido y tan damnificado? Defender Israel a toda costa -(aunque se tenga la tierra palestina bajo ocupación militar, se cuente con el poder militar, y se haya estado asesinando e hiriendo a palestinos en razón de cuatro o cinco respecto a uno)- es el objetivo de la propaganda. Eso, más continuar con lo que se venía haciendo, pero pareciendo ser igualmente la víctima.

Sin ninguna duda, sin embargo, el extraordinario éxito de ese esfuerzo nunca visto e inmoral se ha debido en gran parte, no solamente a las campañas, cuidadosamente planificadas y ejecutadas minuciosamente, sino al hecho de que el lado árabe ha sido prácticamente inexistente. Cuando nuestros historiadores miran retrospectivamente hacia los 50 primeros años de la existencia de Israel, una enorme responsabilidad histórica descansa irremediablemente sobre los hombros de los líderes árabes que, de forma criminal, -sí, de forma criminal-, han permitido que tal cosa continúe sin ni siquiera la más mínima respuesta. En lugar de ello se han enfrentado entre sí, o se han recostado sobre la teoría desesperadamente autoindulgente, según la cual, a través del intento de congraciarse con el gobierno americano (incluso convirtiéndose en clientes de los Estados Unidos) asegurarían para sí mismos su permanencia en el poder, sin mirar si los intereses árabes estaban siendo atendidos o no. Esta noción se ha incrustado tan profundamente que incluso el liderazgo palestino la ha suscrito, con el resultado de que, al mismo tiempo que sigue la Intifada, el americano medio no tiene el menor atisbo de la existencia de una historia de sufrimiento y de desposesión palestina al menos tan antigua como el propio Israel. Mientras tanto, los líderes árabes, acuden corriendo a Washington a suplicar la protección de América sin ni siquiera entender que tres generaciones de americanos se han criado con la propaganda israelí y creen que los árabes son terroristas mentirosos y que es un error negociar con ellos, y más aún protegerles.

Desde 1948 los líderes árabes no se han preocupado de contrarrestar la propaganda israelí en los Estados Unidos. Todas las inmensas cantidades de dinero árabe invertidas en el gasto militar (primero en armas soviéticas, luego en las occidentales) se han convertido en nada porque los esfuerzos árabes no han sido apoyados con información ni explicados con una paciente y sistemática organización. El resultado es que literalmente cientos de miles de vidas árabes se han perdido para nada, nada en absoluto. Los ciudadanos de la única superpotencia mundial han sido llevados a creer que cualquier cosa que sean y hagan los árabes habrá de resultar inútil, violenta, fanática y antisemita: Israel es "nuestro" único aliado. Y por eso 92 mil millones de dólares en ayuda desde 1967 han ido incuestionablemente de los contribuyentes estadounidenses al Estado judío. Como dije antes, una total ausencia de planificación y pensamiento con respecto a la arena política y cultural de los Estados Unidos es en gran parte (pero no exclusivamente) responsable de la asombrosa cantidad de tierra y vidas árabes perdidas a causa de Israel (subsidiado por Estados Unidos) desde 1948; un gigantesco crimen político por el que espero que respondan los líderes árabes algún día.

Recuerdo que durante el asedio de Beirut en 1982, una gran organización no gubernamental de destacados hombres de negocios palestinos y eminentes intelectuales se reunieron en Londres para establecer un fondo de ayuda a los palestinos a todos los niveles. Con la OLP entrampada en Beirut e incapaz de hacer gran cosa, se pensó que una movilización de este tipo podría ayudar a ayudarnos a nosotros mismos. También recuerdo que al reunirse fondos rápidamente se decidió, tras muchas discusiones, que prácticamente la mitad del dinero se destinaría para información en Occidente. Se pensó entonces que ya que -(como de costumbre)- los palestinos estaban siendo oprimidos por Israel sin que ni siquiera una sola voz se levantase en el Oeste para apoyar a las víctimas, era imperativo gastarse dinero en anuncios, tiempo en los medios de comunicación, viajes y cosas semejantes, a fin de que se hiciese más difícil el asesinar e incrementar la opresión de los palestinos sin que se tuviese conocimiento de ello y sin que se desencadenasen protestas. Esto era especialmente importante, pensamos, en América, donde el dinero de los contribuyentes se gastaba en financiar las guerras ilegales de Israel, sus asentamientos y sus conquistas. Durante alrededor de dos años se siguió esta política; luego, por razones que nunca he llegado totalmente a comprender, los esfuerzos por ayudar a los palestinos en Estados Unidos finalizaron abruptamente. Cuando pregunté por qué, me dijo un caballero palestino que había amasado una fortuna en el Golfo, que "tirar dinero" en América, era un desperdicio. La filantropía ahora continúa exclusivamente para los territorios ocupados y el Líbano, donde la asociación hace mucho bien, pero muy poco en comparación con los proyectos financiados por la Unión Europea y por numerosas fundaciones americanas.

Algunas semanas atrás el Comité contra la Discriminación Árabe-americano (CDA), de lejos la mayor y más efectiva organización árabe-americana en los Estados Unidos, encargó un sondeo de opinión sobre la percepción actual de los americanos acerca del conflicto palestino-israelí. Se sondeó una amplia y profunda muestra de la población, con unos resultados bastante alarmantes, por no decir descorazonadores. Los israelíes continúan siendo vistos como pioneros de la democracia, a pesar de que ningún líder israelí saliese muy bien parado en la consulta. El 73% de los americanos aprueban la idea de un Estado palestino, un resultado muy sorprendente. La interpretación de tal estadística consiste en que cuando se pregunta a un americano educado, que ve la televisión y lee los periódicos de elite, si se identifica con la lucha palestina por la independencia y la libertad, la respuesta es mayoritariamente sí. Pero si a la misma persona se le pregunta cuál es su idea acerca de los palestinos, la contestación es siempre negativa -violencia y terrorismo. El imaginario que tienen acerca de los palestinos parece ser el de que son incapaces de comprometerse, agresivos y "extranjeros", esto es, no como "nosotros". Incluso cuando se pregunta acerca de los jóvenes que lanzan piedras, de quienes nosotros pensamos que son Davides contra Goliat, la mayoría de los americanos percibe agresión en lugar de heroísmo. Los americanos todavía culpan a los palestinos de la obstrucción del proceso de paz, de Camp David en particular. El bombardero suicida es visto como "inhumano" y es condenado universalmente.

Lo que los americanos piensan de los israelíes no es mucho mejor, pero hay una mucho mayor identificación con ellos en cuanto personas. Lo más perturbador es que casi ninguno de los americanos encuestados sabía nada acerca de la historia palestina, nada sobre 1948, nada en absoluto acerca de los 34 años de ilegal ocupación militar israelí. El principal modelo narrativo que domina el pensamiento americano parece seguir siendo la novela de León Uris, Éxodo. Igualmente alarmante es el hecho de que lo más negativo del sondeo fue lo que los americanos pensaban y decían acerca de Yasser Arafat, su uniforme (visto como innecesariamente "militante"), sus discursos, su presencia.

En definitiva, entonces, la conclusión es que los palestinos no son vistos ni en los términos de una historia que les es propia, ni en los términos de una imagen humana con la cual la gente pudiese fácilmente identificarse. Tan exitosa ha sido la propaganda israelí que parecería que los palestinos realmente tienen pocas, si es que alguna, connotaciones positivas. Se encuentran casi totalmente deshumanizados.

Cincuenta años de propaganda israelí sin oposición en América nos ha llevado a un punto en el cual, debido a que no resistimos ni contestamos esas terribles malinterpretaciones de ninguna manera significativa a través de imágenes y mensajes propios, estamos perdiendo miles de vidas y de acres de tierra sin turbar ninguna conciencia. El corresponsal del Independent, Phil Reeves, escribió apasionadamente el 27 de agosto que los palestinos están muriendo o siendo aplastados por Israel mientras el mundo observa en silencio.

Es entonces tarea de los árabes y los palestinos de cualquier sitio el romper ese silencio, de forma racional, organizada y efectiva, no mediante disparos de pistola ni mediante lamentos o quejidos. Dios sabe que tenemos razones para hacer lo antedicho, pero la fría lógica es necesaria en estos momentos. En la mente americana, no existen de ningún modo analogías con la lucha de liberación en Sudáfrica o con el horrible destino de los nativos americanos. Debemos hacer esas analogías sobre todo para humanizarnos a nosotros mismos y así revertir el cínico y feo proceso a través del cual, columnistas americanos como Charles Krauthammer y George Will, incitan audazmente a más asesinatos y bombardeos de palestinos; una sugerencia que no se atreverían a hacer respecto a ninguna otra gente. ¿Por qué aceptamos pasivamente el destino de las moscas y mosquitos, el de ser asesinados displicentemente con el apoyo de América cada vez que el criminal de guerra Sharon decide borrar del mapa a unos cuántos más de nosotros?

A este respecto me alegré cuando me enteré por el presidente de la CDA, Ziad Asali, de que su organización está a punto de embarcarse en una campaña de información pública sin precedentes en los medios de comunicación, para reajustar la balanza y presentar a los palestinos como seres humanos -¿no es increíble la ironía de semejante necesidad?- como mujeres que son profesoras y doctoras así como madres, como hombres que trabajan la tierra y que son ingenieros nucleares, como gente que ha soportado años y años de ocupación militar y que aún continúan combatiéndola. (Incidentalmente, un asombroso resultado del sondeo es que menos del tres o cuatro por ciento de la muestra tenía la menor idea de que hubiese habido una ocupación israelí en primer lugar. Así pues, incluso el principal hecho de la existencia palestina ha sido oscurecido por la propaganda israelí). Este esfuerzo no se ha realizado nunca antes en los Estados Unidos: han sido 50 años de silencio que está a punto de romperse.

A pesar de ser modesta, la próxima campaña de la CDA es un gran paso adelante, considerando que el mundo árabe parece encontrarse en un estado de parálisis política y moral, que sus líderes tienen que cargar con sus compromisos tanto con Israel como, lo que es más importante, con los Estados Unidos, que sus gentes son mantenidas en estado de ansiedad y represión. Al igual que ellos y sus valientes camaradas libaneses hicieron en 1982, cuando 19.000 fueron asesinados por el poder militar israelí, los palestinos de Gaza y de la franja Oeste están muriendo no solamente a causa de que Israel tiene el poder para hacerlo con impunidad, sino porque por primera vez en la historia moderna, la alianza activa entre la propaganda en el Oeste y la fuerza militar desplegada por Israel y sus defensores, ha permitido financiar el castigo colectivo e ininterrumpido de los palestinos con dólares del erario público americano, 5 mil millones de dólares que anualmente van a parar a Israel. Los medios de comunicación muestran a los palestinos sin historia y sin humanidad, como gente agresiva, violenta y lanza-piedras; lo que ha posibilitado que el descerebrado pero políticamente astuto George Bush culpara a los palestinos de la violencia. La nueva campaña de la CDA se lanza para restaurar su historia y su humanidad, para mostrarlos (como siempre han sido) en cuanto gente "como nosotros", luchando por el derecho a vivir en libertad, por sacar adelante a sus niños, por morir en paz. Una vez que los indicios de esta historia penetren la conciencia americana, la verdad podrá, así lo espero, empezar a disipar la enorme nube de propaganda maligna con la cual Israel ha cubierto la realidad. Puesto que está claro que la campaña mediática sólo puede llegar hasta cierto punto, la esperanza reside en que los árabe-americanos se sientan lo suficientemente autorizados como para entrar en la batalla política en los Estados Unidos, para tratar de romper, modificar o desgastar, el vínculo que une la política de los Estados Unidos tan estrechamente a Israel. Y entonces podremos tener esperanza de nuevo.