17 ago. 2008

Letras de color blanco, por Mahmud Sobh























Para tratar de la literatura árabe, habrá que explicar lo que los árabes han venido entendiendo por adab. El sentido etimológico del término es muy variado y amplio: buena educación, urbanidad, buenos modales, docencia, bagaje cultural, cultura humanística, miscelánea y literatura. Advertimos también que con el nombre de árabe -o si se prefiere, calificativo- se engloban millones de gentes, y en muy diferentes espacios y tiempos, que en esta lengua, la árabe, se expresaban -aún muchos se siguen expresando-. Pero algunos de ellos eran, en buena manera, hijos de otras lenguas y culturas; otros sentimientos y pensamientos, que después cruzándose y fundiéndose se manifestaban -todavía se manifiestan- en Al Arabiyya. La lengua árabe llegó -en cierta medida- a sustituir al griego y al latín, al persa y al turco, y a otras lenguas de las llamadas semitas, como un idioma de comunicación e intercambio cultural y comercial a lo largo de la Edad Media y a lo ancho del Mediterráneo, llamado por los árabes el Mar Blanco, porque refleja las otras seis culturas de este Mare Nostrum. La cultura árabe es más bien una síntesis de estas seis culturas (igual que el color blanco que es una fusión de los otros seis colores del arco iris): la cananea -que incluye la fenicia-, la aramea -que incluye la siriaca-, la mesopotámica -que incluye la sumaria-, la griega -que incluye la helenística-, la latina -que incluye la romance- y la bizantina -que incluye la ortodoxa-. Además, la mediterraneidad era el eje principal de los califas omeyas de Damasco y el marco geopolítico en que se movían, llevando su estandarte de color blanco -sustituyendo el color verde del Islam- como señal de comprensión y respeto mutuo, de tolerancia y de convivencia por toda la cuenca mediterránea, fuese en Damasco, su orilla del levante; en Al Qayrawán de Túnez, su orilla del sur, o en Córdoba de Al Andalus, su orilla del poniente.

Precisamente aquí, en Al Andalus -que quiere decir, probablemente, el paraíso-, esta cultura árabe alcanzó su máximo esplendor. Como muestra de esta magnífica literatura andalusí y con el fin de entender lo que venimos diciendo, tan sólo mencionaremos aquí tres autores hispanoárabes.

Ben Jafaya de Alcira (1058- 1138): "¡Oh, gente de Al Andalus!, ¡qué dichosa y bienaventurada!: / agua abundante y sombra extendida, ¡cuánto río y arboleda! / Irrumpo yo en llantos derramando lágrimas tras lágrimas, / mientras se derrumba mi entereza, y exclamo con voz afónica: / ¿Alguna vez, acaso, retornaré a la querida tierra de mi Alcira / a calmar mis angustias y a sosegar mi lecho, mi alma trágica; / y a vagar por sus valles contemplando cómo hacen abluciones / las laderas de cerros como rocío y se disipa la noche mágica? / Aquí estoy aguzando la vista en este cielo por ver, tal vez, / el resplandor de un relámpago que proceda de mi tierra chica". (Véase nuestro libro trilingüe Ibn Jafaya de Alzira. Ayuntamiento de Valencia, 1986).

Ben Zaydun de Córdoba (1003-1075): "Aspiro la fragancia que me llega de mi ciudad / y me hace recordar la juventud y la amistad. / Al deslumbrar el relámpago brillando en intensidad, / invito a mis ojos verter sus lágrimas por ansiedad. / ¿Poseo, acaso, alguna lágrima que por quien amo derramo? / ¿Hay en ti, acaso, esperanza para mí, ¡oh, Córdoba lozana!? / ¿Un corazón que arde en tu ausencia, tendrá fuente sana? / ¿Pueden volver tus noches deliciosas en la Sierra Morena? / La hermosura era tu vista, y tu canto, música que suena: / Tan tierno en ti, el regazo de la vida, ¡cuánto, madre, te amo!". (Véase nuestro libro bilingüe de este gran poeta cordobés que está editando Cátedra para conmemorar el milenario de su nacimiento).

Y Ben Tufayl (1106-1185), autor de la novela conocida en el mundo occidental como Phiolosophos autodidactus, que fue traducida al hebreo por mano anónima, sobre la que Moisés de Narbona hizo un Comentario, en hebreo (1349); al latín, por Pico de Mirandola, y por E. Pocoke, en Oxford, que editó el texto árabe acompañado de su traducción latina. Al español fue traducida tres veces. La primera a partir del texto árabe en una edición no crítica, como señaló en su momento Miguel Asín Palacios, por Francisco Pons Boigues: El filósofo autodidacto de Abentofáil..., con prólogo de M. Menéndez Pelayo.

Esta gran novela literaria, filosófica y mística, produjo gran polémica entre los estudiosos por la semejanza que tiene con el Criticón, de Baltasar Gracián, sobre todo en los primeros capítulos. Nuestro maestro Emilio García Gómez creía que la fuente común de ambas es el Cuento de ídolo del rey y su hija, relacionado con Alejandro Magno. Sin embargo, lo más importante de esta obra, dejando aparte el excelente estilo literario y la estructura novelística, es el contenido, o mejor dicho, el objetivo final.

A nuestro entender, Ben Tufayl pretendía con esta novela y con la larga y profunda introducción que la ilustró, reconciliar la razón con el corazón, las dos tendencias enfrentadas. Es decir, la pura razón, la especulación filosófica, no puede llegar a la verdad absoluta, tampoco la intuición mística es suficiente para conocer la divinidad. De aquí surge la necesidad de la fusión (y no la simple mezcla) entre la filosofía y la religión; entre la ciencia y la intuición, entre el sentido común (Al Fitra, en expresión del profeta Mohamed: "El Islam, Din Al Fitra", es decir: "El Islam es la religión del sentido común") y la lógica de Aristóteles, entre la racionalidad de Averroes de Córdoba y la espiritualidad de Ben Arabi de Murcia o la vitalidad de Avempace de Zaragoza (que es síntesis de las dos tendencias opuestas y que Ben Tufayl menciona en su prólogo y considera al genial zaragozano como maestro suyo).















Hace falta, por tanto, un "filósofo autodidacta", y es necesaria esta novela sobre Hayy ben Yaqzán, que representa Al Fitra, la natura; y el sentido común, y es, a la vez reconciliación entre la cristiandad: "Jesús, hijo de Dios, y el Islam: Jesús, espíritu de Dios", ya que: Hayy es hijo de la naturaleza que es Dios vigilante eternamente. Asal, que representa la racionalidad; y Salamán, que representa la vitalidad pragmática; sin embargo, no tópico como la de Asal o natural como la de Hayy, tres nombres inventados por Avicena (980-1037).

El filósofo autodidacta es síntesis de la vitalidad existencialista de Avempace, la racionalidad lógica de Averroes y la espiritualidad mística de Ben Arabi. Es la primera novela del realismo mágico, como Cien años de soledad de Gabriel García Márquez es la última, a nuestro criterio.