13 jul. 2008

Invocación al Ausente, por Luis Pacho






No tenía caso quedarse

Los cerros eran barrotes alejando los sueños.
Las heladas entumeciendo las manos
en la madrugada.
Los cielos con escasas aves
y las calles anegándose de miedo.

En la puerta del bus
le dije que el mar ahuyentaría su piel de granizo
y que las lluvias no tardarían en descubrir
sus ojos de animal rupestre.

¿Pero el mar tenía corazón?

¿Barcos con noticias familiares?

Un día al final del invierno
escribió que el clima y la presión le sentaban bien
y que las estrellas no caían a pesar
del grito de los niños
o las explosiones en la noche.
Y sin embargo su destino
no era varar la soledad en un puerto lejano
ni conversar a la intemperie
con algunos pelícanos y guanayes
a quienes no entendía nada.

A pesar de eso,
nosotros sabíamos que en cualquier momento
asomaría por el camino de la quebrada
con una mujer blanca
y unos niños parecidos a las nubes.