7 jun. 2008

Thalaba, el destructor

por Robert Southey, 1774-1843





¡Una noche de tinieblas y tormenta!
Dentro de la cripta
Thalaba depositó al anciano,
para protegerle de la lluvia.

¡Una noche de tormenta!
El viento barría el cielo sin luna,
y gemía entre las columnas de los sepulcros;
y en las pausas de su barrer
oían el caer de la espesa lluvia
sobre el monumento.

En silencio, sobre la tumba de Oneiza,
su padre y su esposo se hastiaban.
El almacín desde el minarete
cantó la medianoche.

"¡Ahora, ahora!", gritó Thalaba;
y sobre la cripta de la tumba
se esparció un pálido resplandor,
como los reflejos de áureo fuego;
y en esta espantosa luz Oneiza apareció ante ellos.

Era ella... Sus mismas facciones,
alteradas por la muerte;
lívidas mejillas, azulados labios;
pero en sus ojos aparecía
un brillo más terrible
que toda la horridez de la muerte.

"¿Vives aún, infeliz?",
preguntó con apagada voz a Thalaba.
"¿Debo abandonar cada noche mi tumba
para decirte, en vano,
que Dios te ha abandonado?".

"¡No es ella! -exclamó el anciano-
¡es un espectro, nada más que un espectro!".
Y, dirigiéndose al joven que empuñaba la lanza, expulsó:
"¡Arrójasela tú mismo, arrójala!", gritó Thalaba,
y, desprovisto de toda fuerza,
clavó sus ojos en la estremecedora forma.

"¡Sí, arrójala!", gritó una voz cuyo tono
inundó súbitamente su alma con enorme alivio,
como cuando la lluvia en el desierto
de la muerte le libró.

Pero, obediente a esa conocida voz,
fijó sus ojos en aquello,
cuando Moath, firme de corazón
efectuó el lanzamiento:
a través del cadáver del vampiro voló la lanza,
cayó,
y gimiendo por el dolor de la herida
su diabólico morador huyó.

Una azulada luz cayó sobre ellos,
e inundados de gloria, ante sus ojos,
el espíritu de Oneiza descansó.