18 may. 2008

¿Por qué los occidentales no aprendemos la lección?

por Robert Fisk





Al Qaeda ha derrocado al Partido Popular de José María Aznar con sus trenes bomba en Madrid y ¿qué tiene eso de sorprendente? Durante décadas, Oriente Medio ha destruido a los líderes occidentales que han osado involucrarse en la región.

El apoyo que ofreció Jimmy Carter al Sha quien habló de "el gran amor que su pueblo siente por usted" cuando los ayatolás ya estaban preparando su derrocamiento- acabó perjudicándolo. La revolución iraní y la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán condujo de forma inevitable al deceso político de Carter. No consiguió negociar la salida estadounidense de la situación de asedio y su intento de rescate militar fue un desastre; los mulás rebuscaron literalmente entre los huesos de los soldados estadounidenses muertos después de que sus aviones se estrellaran en el desierto iraní.

Ronald Reagan llevaba menos de una semana en el poder cuando finalizó el asedio de la embajada de Estados Unidos en Teherán, pero sus últimos intentos de garantizar la liberación de los rehenes estadounidenses en Líbano perjudicaron gravemente su mandato. La propuesta del coronel North -enviar armas a Irán y aprovechar los beneficios para sus queridos "contras"- acabó con la integridad de la política estadounidense en Oriente Medio. Sólo tres años antes, el secretario de Estado de Reagan Alexander Haig cayó en la ignominia por su decisión de dar luz verde a la catastrófica invasión israelí de Líbano llevada a cabo por Menachen Begin, que derivó en la matanza de palestinos en los campos de Sabra y Chatila, y el asesinato de 241 estadounidenses en el atentado suicida de 1983 en la base de los marines en Beirut.

George Bush padre creyó que ganaría las elecciones presidenciales tras liberar Kuwait en 1991, pero el apoyo que posteriormente ofreció en la conferencia de Madrid a la paz de Oriente Medio -y la declaración de su secretario de Estado, James Baker, quien afirmó que los israelíes, más que los árabes, no estaban interesados en una paz verdadera- condenó al fracaso su candidatura a la reelección. El lobby judío consideró a Bush padre un problema.

Más tarde, los aspirantes a convertirse en los tres pilares del mundo europeo -los señores Blair, Berlusconi y Aznar- decidieron respaldar a Bush hijo y adentrarse en la ciénaga de Iraq. Ahora, el partido de Aznar ha sido vencido y tanto Bush como Blair temen la posibilidad de perder el poder a causa de sus mentiras, de sus patrañas y de la ilegalidad de la invasión.

Sin embargo, podemos remontarnos a mucho más atrás. Anthony Eden arruinó su mandato como primer ministro -y su propia vida- al unirse a franceses e israelíes en una cínica conspiración para invadir Suez. La debacle de 1956 -cuando los británicos tuvieron que retirarse humillados después de que el presidente Eisenhower amenazase a la libra esterlina- originó un cisma en la política británica que no difería mucho de la actual crisis sobre Iraq. Eden, al igual que Blair, no contó con el apoyo total del país en su aventura, mintió a la Cámara de los Comunes sobre las negociaciones secretas con los israelíes previas a la guerra y padeció la dimisión de uno de los más importantes funcionarios del Estado.

Y ahí no termina todo. En 1948, Gran Bretaña se vio en apuros cuando abandonó el mandato que ostentaba en Palestina desde la Primera Guerra Mundial, y ahora debe asumir la culpa de gran parte del sufrimiento que se ha producido hasta la fecha. También el mandato de Francia en Siria y Líbano, si bien con menos estrépito, terminó de una forma igualmente bochornosa. Su creación artificial, Líbano, se hizo pedazos en la guerra civil de 1975-1990.

La carrera política del mismísimo Winston Churchill quedó truncada durante la Primera Guerra Mundial por su respaldo a los desembarcos de Gallípoli, un fracaso sangriento y mal planificado que no logró derrotar al imperio otomano musulmán. De hecho, algunas de las mayores derrotas militares británicas de todos los tiempos se han sufrido en Oriente Medio: Kabul en 1842, Kut Al Amara en 1915, la caída de Tobruk y Bengasi. Sólo la entrada de Allenby en Jerusalén, en 1917, y la victoria de Montgomery en El Alamein, en 1942, pueden compensar esos dos desastres.

También Francia ha aprendido lecciones aterradoras en el mundo árabe. Las atrocidades de la guerra de independencia de Argelia y la pérdida de un millón y medio de vidas entre 1954 y 1962 privaron a Francia de la joya de sus colonias, persuadieron a sus más hoscos regimientos para que se amotinaran y estuvieron a punto de destruir la carrera política de Charles de Gaulle. Incluso Napoleón encontró atrapado en Egipto después de haber prometido "liberar" al pueblo de El Cairo de la crueldad de los pachás. Ricardo Corazón de León estuvo a punto de perder el trono por lanzarse a las cruzadas de Oriente Medio. Y en otra cruzada murió el rey francés Luis IX.

¿No cabría preguntarse por qué los occidentales no aprendemos la lección y dejamos a esos pueblos en paz? Pues no. Seguimos deseando ir a salvarlos, a liberarlos y a ocupar las tierras musulmanas. Y seguimos preguntándonos por qué ha salido mal.






2004