15 abr. 2008

Una modesta proposición

por Jonathan Swift






Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e im­portunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de tra­bajar por su honesto sustento, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando pa­ra sus infantes desvalidos que, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Preten­diente en España, o se venden en la Barbada.

Creo que todos los partidos están de acuerdo con que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas, o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjui­cio adicional muy grande; por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del Estado, merecería tanto agradecimiento del pú­blico como para tener instalada su estatua como un protector de la Nación.

Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño salu­dable y bien criado constituye, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y comerciable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un guisado.

Por lo tanto, propongo humildemente a la consi­deración del público que de los ciento veinte mil niños ya anotados, veinte mil sean reservados para la reproducción; de ellos, sólo una cuarta parte serán machos, lo que ya es más de lo que permi­timos a las ovejas, los vacunos y los puercos. Mi razón consiste en que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy venerada por nuestros rústicos: en consecuencia, un macho será suficiente para servir a cuatro hem­bras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las per­sonas de calidad y fortuna del reino, aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosa­mente durante el último mes, a fin de ponerlos re­gordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño hará dos fuentes en una comida para los ami­gos, y cuando la familia cene sola, el cuarto delan­tero o trasero constituirá un plato razonable. Y hervido y sazonado con un poco de pimienta o de sal, resultará muy bueno hasta el cuarto día, es­pecialmente en invierno.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será, por lo tanto, muy adecuado para terrate­nientes, que como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores títulos sobre los hijos.

Carne de niño habrá todo el año, pero más abun­dantemente en marzo, y un poco antes y después: porque nos informa un grave autor, eminente mé­dico francés, que siendo el pescado una dieta pro­lífica, en los países católicos romanos nacen mu­chos más niños nueve meses des­pués de Cuaresma que en cualquier otra estación. En consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más atiborrados que de costumbre, porque los niños papistas exis­ten por lo menos en proporción de tres a uno en este reino. Eso traerá otra ventaja colateral, al dis­minuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de cría de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los ca­bañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos. Y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como ya he dicho, sacará cua­tro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el caballero aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios, y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de tra­bajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo con­fesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo, cuya piel, artificiosamente preparada, constituirá admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros delicados.

En nuestra ciudad de Dublin, los mataderos pa­ra este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes; podemos estar seguros de que carniceros no faltarán, aunque más bien recomien­do comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Algunas personas de espíritu pesimista están muy preocupadas por la gran cantidad de gente pobre que está vieja, enferma o inválida, y me han pe­dido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gra­voso. Pero este asunto no me aflige para nada, porque es muy sabido que esa gente se está mu­riendo y pudriendo cada día de frío y de hambre, de inmundicia y de piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora: no pueden conseguir tra­bajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; de este modo, el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.

Suponiendo que mil familias de esta ciudad fue­ran compradoras habituales de carne de niño, ade­más de otras que llevarían para las fiestas, espe­cialmente casamientos y bautismos, calculo que en Dublin se colocarían anualmente cerca de veinte mil reses, y en el resto del reino (donde probable­mente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.

No se me ocurre ningún reparo que pueda opo­nerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco sin reserva, y fue mi principal motivo para ofrecerla al mundo.

Yo declaro, con toda la sinceridad de mi cora­zón, que no tengo el menor interés personal en es­forzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que procurar el bien de mi patria desarrollando nuestro comercio, cui­dando de los niños, aliviando al pobre y dando al­gún placer al rico. No tengo hijos por los que pue­da proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fe­cunda.