30 mar. 2008

11 / 9, o la rebelión del abusado

por Robert Fisk





No es casualidad que el engendro de violencia ubique a sus más fieles seguidores a un costado de la ley. Ahí, metidos en un mismo saco, encontramos a terroristas, ladrones, rebeldes, pendencieros y un sinnúmero de manifestaciones derivadas de un acuerdo hecho trizas, o tal vez de un abuso sostenido, efectuado sin contrapesos ni posibilidad de escape o variación.

Casos en que el abusado toma un acto de violencia como forma de justicia son innumerables. La mujer golpeada por un marido ebrio durante décadas que termina asesinándolo y pagando culpas que finalmente no merece; o sí, pero el considerar que su acto es una reacción ante el abuso sostenido, es un hecho a menudo pasado por alto.

Así como un pequeño pero significativo -y enormizado- acto, como fue el derribamiento de las Torres Gemelas, en Estados Unidos. Reacción motivada por el dominio absoluto, el abuso reiterado, la intromisión permanente, la invasión, la violación –en todas sus actualizaciones- la manipulación, la usura, el saqueo o derechamente el robo. La última víctima ha sido la nación de Iraq, por citar un ejemplo reciente, en donde en nombre de la justicia (ellos sí tienen el derecho de ocupar dicho término) se invade un país, se lo saquea, se viola a sus mujeres, se humilla a sus ciudadanos, se los somete, se mantiene a un país entero en estado de constante inseguridad. No digamos que Iraq ha ganado algo en esta pasada, sino al contrario, se han llevado su dinero, su petróleo, sus riquezas arqueológicas, su seguridad, su tranquilidad y su dignidad, entre muchas otras cosas.

Antes hechos de abuso, es dable esperar una reacción. Es lógico. Es natural. Es justo. En la imposibilidad de reacción se incuba el odio y el rencor, y en el tiempo este rencor se transforma en ira y rabia, que a la primera ocasión, estalla y aparece en forma de violenta bocanada.

Por esto en muchos lugares del mundo –y me refiero a universitarios, académicos, filósofos, historiadores, músicos, ajedrecistas y otros representantes del mundo dizque pensante- fue celebrado el suceso de las Torres Gemelas como una victoria de los caídos, de los oprimidos, de los abusados. Por eso es que, entre difusos sentimientos, muchos tomaron aquel gesto como un golpe directo al mentón, que si bien no significó en absoluto un knock out, sí al menos mandó a la lona al rastrero Goliat por unos segundos. Pero claro, Goliat se levantó y fue en busca de venganza, con los resultados por todos conocidos.

Aún así, se trata sólo de un acto mínimo, que apenas dura unos segundos –en su ejecución-. Es sólo el goce efímero, ahora viéndolo desde la otredad, o, lo que es lo mismo, desde el equilibrio- de ver a tu constante abusador, enorme, prepotente e inculto, en el suelo, derrotado y humillado. Aunque dure unos minutos. Aunque sea una sola vez.