1 feb. 2008

Entrevista a André Breton

París, 23 de septiembre, 1959




Usted piensa, según su expresión, que Antonin Artaud había «pasado del otro lado». ¿Podría precisar lo que entiende por ello?
Ante todo, establezcamos como axioma que la poesía, a partir de un cierto nivel, se burla absolutamente de la salud mental del poeta: su más alto privilegio consiste en extender su imperio mucho más allá de los límites determinados por la razón humana. Para la poesía, los únicos escollos serían la banalidad y el consentimiento universal. Desde Rimbaud y Lautreamont sabemos que los más bellos cantos son a menudo, los más extraviados. «Aurelia» de Nerval, los «Poemas de la Locura» de Hölderlin, las telas de la época de Arlés de Van Gogh, son aquellas que estimamos como lo más alto de sus obras. Muy lejos de aprisionarlos en sus compartimentos, es como si el «delirio» las hubiese desatado, como si por un puente aéreo ellos hubiesen entrado en comunicación fulgurante con nosotros. Del mismo modo, sería sacrificar a un prejuicio de otra edad querer defender a Antonin Artaud de todo extravío del espíritu que, habiéndole sido imputado por error, le habría sustraído la libertad y lo hubiese expuesto a las peores crueldades, bajo pretexto de curarlo. En el nivel más inmediato, entre el hombre y la sociedad en que vive, hay tácitamente un contrato que le prohibe ciertos comportamientos exteriores bajo pena de ver cerrarse sobre sí las puertas del asilo (o de la prisión). Es innegable que el comportamiento de Artaud en el barco que lo traía de Irlanda en 1937 fue de esos. Lo que yo llamo pasar del «otro lado» es perder de vista, bajo un impulso irresistible, esas prohibiciones y las sanciones a las que uno se expone por transgredirlas.

Cuando usted volvió a ver a Artaud después de Rodez, ¿En qué estado se encontraba? ¿Estaba sano otra vez?
Después de Rodez, ciertamente, quedaban huellas en su noble rostro de las pruebas sufridas y nada era más conmovedor que el estrago de sus rasgos. Al hablar con él, uno lo veía obedecer a las mismas solicitaciones que en su juventud, aportar a ellas el mismo brío que, a pesar de todo, sabía aún impregnarse de alegría (escucho todavía su risa inalterada): nada en él había ensombrecido los dones del espíritu y del corazón. De ahí a decir que estaba «sano» en el sentido pleno del término, es un paso que no puedo franquear; digamos que el delirio, que lo invadía algunos años antes, estaba en 1946 netamente limitado. No había ocasión de traicionarse si algunos puntos de fricción eran evitados. Uno no lo lograba siempre. Artaud estaba persuadido, por ejemplo, que en su desembarco en El Havre, de retorno de Irlanda, una verdadera revuelta había estallado (para impedir ciertas revelaciones que él debía hacer) y que yo había sido muerto al acudir a socorrerlo. Que él pudiera con frecuencia hacer alusión a ello en sus cartas o en sus conversaciones conmigo, muestra bastante que el mundo para él, ya no admitía las coordenadas habituales. Yo me cuidaba de contradecirle y pasaba pronto a otra cosa. Sin embargo, llegó el día -era una mañana, conversábamos solos en la terraza de «Les Deux-Magots»- en que él me intimó, en nombre de todo aquello que podía unirnos, a desconcertar a los que discutían la autenticidad de semejante hecho. Me fue forzoso responderle, en términos apropiados (de manera de contradecirlo lo menos posible), que sobre ese punto, mis recuerdos no corroboraban los suyos. Me miró con desesperación, las lágrimas le vinieron a los ojos. Transcurrieron algunos segundos interminables... Su deducción fue que las potencias ocultas de las cuales él se había atraído la cólera, habían logrado engañar mi memoria. No se habló más del asunto, pero cuando nos volvimos a ver más tarde, sin duda yo había decaído a sus ojos.

Pero está la obra de Artaud. ¿Cómo ha podido llevarla a cabo? ¿Es la obra de un loco o la de un hombre lúcido? ¿Puede de algún modo definir el carácter y el alcance de esa obra?
La enfermedad de Artaud no fue de aquellas que entrañan, en un sentido psiquiátrico, un déficit intelectual. Es un error demasiado expandido creer que en semejante caso la ideación está comprometida a fondo y que todos los territorios que dependen de ella están alterados. Nada es tan simple. En cuanto a Artaud, hay grandes extravíos de juicio acerca de los fines últimos, extremas violencias espumeando en un total desenfreno verbal manifestando una tensión interna de la especie más punzante ante la cual nada impedirá que nosotros seamos estremecidos durante mucho tiempo. En el estado actual de nuestros conocimientos, demasiado ambicioso sería querer explicar por qué efecto de conjuración «en espejo», Artaud, poco antes de morir, ha podido realizar la obra hiperlúcida, la obra maestra indiscutible que es su «Van Gogh». El grito de Artaud -como aquel de Eduard Münch- parte «de las cavernas del ser». Para siempre la juventud reconocerá como suya esa bandera calcinada.