7 ene. 2008

Una oscura muerte y tres anillos

por Enrique Gómez-Zapata




Una oscura muerte
brilla en el espejo, la entibia y trizadura
una pierna en el costado.
Busca el tímido atavío,
entre rosas negras o amarillas;
tumba el sueño,
ya no siembra el código y envío,
ya no canta o ríe,
aunque se haya ido.
Nadie clamará su cuerpo,
o lo que de él queda,
ni esa pierna mal cortada, por los nervios,
ni ese ojo que aparece y cae desde el techo
en dirección al norte.
No me vengas con quebrantos,
grita-grito-gritan.
No te vengo más que en pólvora y cenizas,
me responden, les respondo,
le sincero.
No hay más muerte que ese anillo envuelto en sombras,
mientras el ajado prometido
jala del gatillo.
No hay más muerte bajo las estrellas
que esos dos que enfrentan celos y desdichas entre sí,
con la suerte dicha entre balazos,
echada por entre paréntesis hacia el fango.
Nadie queda para celebrar,
sólo una mirada triste hacia el roquerío,
donde se abalanzan
los involucrados sin saberlo.
Nadie queda más que este vacío y cruel silencio,
una piel suave amoratada,
un registro dulce de aquel canto que termina en llanto,
un amor que ya se extingue,
desde todos lados,
desde el fin y del inicio,
desde nunca y el olvido,
desde el fondo de una gran mentira
y de aquel vals que entre todos no bailamos,
sino que anestesiamos otra vez,
hasta perdernos esa noche,
para siempre...