17 nov. 2007

El Mito del Diario de Ana Frank

por Ernst Jünger



El denominado Diario de Ana Frank es uno de los puntos más sensibles de lo que constituye una auténtica industria de la lástima, que gira en torno a la historia del Holocausto. El contraste de la imagen inocente e infantil de la protagonista, frente a sus intrínsecamente perversos captores, ha convertido a esta obra no sólo en un best-seller mundial (con innumerables ediciones, traducciones, teatralizaciones y adaptaciones cinematográficas), sino además en un muro de lamentos, donde toda refutación sobre la veracidad del holocausto es respondida con una bien estudiada campaña de histeria y sensiblería.

El historiador británico David Irving, el profesor de la Universidad de Lyon, Robert Faurisson, y el sueco, Ditlieb Felderer, entre muchos otros, han demostrado la falsedad de los pretendidos manuscritos que se atribuyen a una niña judía llamada Ana Frank, fallecida por una epidemia de tifus en 1944 en el campo de Bergen Belsen.

Según se dice, el comerciante judío Otto Frank, de la ciudad de Frankfurt, huyó junto a su familia en 1933 a la ciudad holandesa de Amsterdam, debido a la llegada de Hitler al poder. Cuando durante la II Guerra Mundial los alemanes ocupan Holanda, los Frank deciden refugiarse en un escondite para salvarse de la persecución nazi. En 1944, toda la familia es arrestada y deportada por la Gestapo, siendo el único sobreviviente Otto Frank, quien es enviado a Auschwitz. Terminada la guerra, Otto Frank retorna a Amsterdam donde le entregan los originales del Diario y publica su primera edición, en 1947.

En un artículo del investigador Enrique Aynat Eknes, encontramos los principales argumentos que aquí citaremos. Destaquemos que este trabajo de Eknes tiene como base el libro de Dietleb Felderer titulado: Anne Frank's Diary, a Hoax (El Diario de Ana Frank, una mentira).


1. Con significativa obstinacion, Otto Frank (fallecido en 1980), siempre se negó a que el manuscrito fuera sometido a un análisis exhaustivo con tal de verificar su autenticidad.

2. En 1980, a consecuencia de un juicio contra Ernst Roemer -un jubilado de setenta y seis años que se atrevió a negar la autenticidad del Diario-, la Caja Alemana de Defensa Legal logró, a pedido del Dr. Rieger, que el Departamento Criminal Federal sometiera a análisis los textos y constató que parte de los mismos habían sido escritos con bolígrafo, invento introducido en 1951, es decir, cuanto menos siete años después de la muerte de Ana Frank.

3. En 1960, la perito calígrafa Minna Becker había dictaminado judicialmente que todos los textos manuscritos del Diario provenían de una sola caligrafía. Por lo tanto, quien hizo el manuscrito puso los agregados con bolígrafo, lo que significa, en conclusión, que Ana Frank no fue la autora del Diario.

4. Una de las pruebas presentadas por David Irving, fue el contraste entre dos documentos, uno conteniendo la caligrafía auténtica de Ana Frank, correspondiente a las cartas enviadas por ella en esa misma época, y otro con las anotaciones del Diario, cuya caligrafía no se corresponde en absoluto con el de la niña.

5. Un folleto de la "Fundacion Ana Frank”, de Amsterdam, afirma que los amigos holandeses de la familia hallaron un cuaderno de ejercicios con tapas de cartón y de pequeño tamaño. El diario sueco "Expressen" del 10 de octubre de 1976, publica una fotografía de Otto Frank sosteniendo un volumen considerable que en nada se parece al cuaderno mencionado. Con relacion al texto en sí mismo, éste es un mar de contradicciones. El historiador Felderer hace algunas observaciones que permiten puntualizar:

6. Resulta poco creible, por decir lo menos, que en un estrecho refugio, en el que permanecieron durante casi dos años, ninguna de las ocho personas que se encontraban en él supieran que Ana Frank redactaba un diario durante ese lapso (junio 1942-agosto 1944). El padre dice que se entera después de retornar de Auschwitz.

7. La necesidad de silencio en el refugio, para no llamar la atención y evitar ser capturados (nota del 23.3.43), se contrasta con las descripciones de las "riñas terroríficas" (2.9.42), "peleas escandalosas", "gritos y alaridos, golpes e insultos que habría ni que imaginarlos" (29.10.43), así como las practicas de danza de Ana cada noche (12.1.44).

8. Es curioso, según el Diario, que los Frank para escapar a la persecución hayan elegido las mismas oficinas y el mismo almacén de Otto Frank para esconderse (9.7.42).

9. Son reveladoras, nos dice E. Aynat, las fuertes y maduras tendencias sexuales de esta niña de trece años: "Recuerdo que cuando he dormido con una amiga, he sentido el fuerte deseo de besarla (...) No he podido dejar de ser terriblemente inquisitiva sobre su cuerpo. Le pregunté, si como prueba de nuestra amistad, podíamos acariciarnos mutuamente los senos, pero rehusó (...) Llego al éxtasis cada vez que veo la figura desnuda de una mujer, como una Venus, por ejemplo. Me afecta de tal modo que me es difícil impedir que me caigan las lágrimas. Si por lo menos tuviera una amiga". (5.1.44).

10. Según una entrevista a Otto Frank en 1956, las persianas siempre estuvieron bajas y las ventanas nunca se abrieron, pero Ana afirma que mirar el cielo era "mejor que las píldoras Valeria y el bromo" (15.6.44) contra la ansiedad y la depresión.

11. Así también, queda en evidencia el mediocre objetivo de este Diario: su germanofobia manifiesta: "Serán permitidas todas las lenguas civilizadas, excepto el alemán" (17.11.42). "Los alemanes son las bestias más crueles que han pisado la faz de la tierra" (19.11.42).


Desearíamos cerrar esta nota -que ha ilustrado los principales detalles de este ardid publicitario- con las certeras palabras del británico Richard Harwood, quien a propósito del Diario dijo lo siguiente:

"Es justo reconocer que las consideraciones que exponemos son hasta cierto punto ociosas. En efecto, no importa demasiado que el Diario sea falso o verdadero. Los eventuales sufrimientos de una niña judía de doce años no son más significativos por el hecho de que haya, o no, escrito un diario, que los sufrimientos tanto o más terribles de otros niños judíos; o que las desgracias de los infinitamente más numerosos niños alemanes, italianos, japoneses, polacos o de otras nacionalidades que han sufrido horriblemente, despedazados o quemados vivos, mutilados o inválidos por toda la vida a causa de los bombardeos aliados a ciudades abiertas; abandonados en medio del caos por la muerte o desaparición de sus padres; violados o corrompidos por la barbarie de las tropas enemigas. O de los niños palestinos torturados, violados, quemados, castrados, inhabilitados genéticamente o derechamente asesinados por Israel".

De todos estos innumerables casos horrendos nadie habla. No hay best-sellers, no hay dramatizaciones, no hay 40 ediciones, no hay cine, ni teatro, ni radio ni televisión. La falsedad del mito de Ana Frank va mucho más allá, es muchísimo más profundo que la eventual falsificación del texto. Reside en la unilateralidad y en la recurrencia infinita del tema. Una especie de Bolero de Ravel de la propaganda, una perfecta aplicación política del viejo tema de la niña inocente atrapada por la maldad, pero que triunfa aún después de la muerte.

Así, el mito de Ana Frank, por la fuerza de su impacto sobre la sensibilidad colectiva, se convierte no sólo en símbolo de la “inocente” nación perseguida, sino más aún y contra todas las reglas de la lógica, en prueba indiscutible de la maldad intrínseca, irredimible, de los perseguidores.