23 ago. 2007

Tardes de cine

por Daniel Alarcón



En ese tiempo no había mucho que hacer. Estaba de paso entre un viaje y otro y no me alcanzaba el tiempo para emprender nada; ni una amistad, ni un empleo, mucho menos un estudio de la clase que fuera. Estaba solo en la ciudad, no conocía a nadie, no tenía dinero, era feo y antisocial, en conclusión, un prospecto de fracaso permanente, por el resto de mis días. Me gustaba escribir, eso sí, algunos poemas de vez en cuando, nada muy del otro mundo, un versito de mala muerte, de amor no correspondido, lo que hace uno a esa edad. También me gustaba beber tequila, pero no tenía mucho aguante; dos o tres vasitos y ya estaba molestando a las meseras o a los vecinos de barra. Siempre me llevé una reprimenda y más de una vez me llevé un par de trompadas en la jeta, como se decía allá en Chile en esos tiempos. Nada serio. La nariz rota, una rasmillada por aquí, un diente menos. Lo usual. Recuerdo una película sobre Bukowski en que salía ebrio a los callejones a recibir un golpe tras otro (según él "peleaba"). Y me parecía lo más decadente que hubiera visto jamás. Y lo cierto es que yo no daba ni para eso. Intentaba escabullirme, evitar las peleas. Me volví rastrero, cobarde. Por eso duré poco yendo a bares. Aunque me gustaba la oscuridad, la penumbra, la soledad y el respeto por el espacio ajeno -sólo roto por sujetos como yo, completamente ajenos a lo que es conocido como "la ebriedad madura"-. Lo mío jamás superó la adolescencia etílica. Beber hasta quedar tirado en cualquier parte, vomitado, sucio, preso a veces, golpeado y humillado, entre otras parsimonias de menores elegancias. Tal vez por eso fue tan fácil sustituír los bares por los cines, eran lugares también ocultos, penumbrosos, solitarios. En cuestión de días mi rutina se había adaptado por completo a la nueva situación. A veces, debo reconocerlo en virtud de la verdad, ¡a quién le importa la verdad!, entraba con un botellín a la sala que sorbía lentamente, conforme a la historia se desarrollaba. Pero entonces la ebriedad era distinta, más reposada y reflexiva, casi de acuerdo al ritmo de lo que estuviera viendo. Porque ésa es la otra cosa, veía desde películas de adolescentes norteamericanos hasta películas del post-estructuralismo ruso. Películas de sesenta minutos, en que todos bailan, hasta películas de cuatro horas, en que nadie habla. Debo aceptar, por segunda vez en esta encuesta, que me sentía más cómodo entreverado en el segundo tipo de ficción, donde el silencio se hace parte de la trama, y cada gesto cobra una importancia vital, cada pestañeo, cada alarde -animal incluso-. Fue así como una tarde entré a un cine, a eso de las seis pm, con mi botella bajo el brazo y un par de cigarrillos de marihuana ya liados -en ocasiones el guardia no entraba a la sala en toda la proyección, ocasión que yo aprovechaba para meterle una par de quemadas a la hierba, iniciando un viaje aún mayor-. Era abril, no puedo recordar el día exacto, pero sería unas dos semanas antes de mi cumpleaños, o sea alrededor del 12 ó 13. Hacía frío pero curiosamente las personas aún vestían ligero. Me quedé un momento junto a la cortina de la sala, intentando acostumbrar mis ojos a la oscuridad. El acomodador andaría en el baño, porque de él ni rastros. Por mí mejor, así me ahorraba las pobres monedas que le daba por su servicio, y le evitaba a él el mal rato al descubrir la cuantía de mis pagos. Tal vez por eso me interné aún no viendo bien. Tocando los respaldos, adivinando los respiros, esperando una escena clara que iluminara aunque fuera por unos segundos la sala. Pero no fue así. Avancé hasta la mitad y emití un tímido "permiso", que no escuché ni yo, pero que sirvió para que algunas piernas se flectaran y me ofrecieran el paso libre. Dí las gracias, como es debido, y me senté en el único asiento libre de esa fila. A mi lado había una adolescente, evidentemente drogada, y a mi otro lado un anciano que sospechosamente mantenía un periódico tabloide sobre sus muslos. Al frente una pareja comenzaba con el viejo juego, y no sé por qué me sentí feliz de aquella situación. Aquel cine siempre estaba vacío -quizás también lo estuviera ese día, pero no lo sabía en aquel momento-, por lo que una adolescente drogada y un anciano masturbatorio sentados ambos justo al lado no podía dejar de llamarme poderosamente la atención. Con todo intenté concentrarme en la película. La pareja se prometía amor eterno y yo bebí mi primer trago de tequila. La muchacha de la derecha me observó de reojo. El anciano ni siquiera se movió. Me eché otro trago, esta vez más largo. Ahora la muchacha me miró descaradamente, me hizo un gesto e indicó la botella entre mis piernas. El anciano siguió en lo suyo. La pareja al frente se encendía más y más. La muchacha comenzó un acercamiento más agresivo. Se apoyó primero en el codal que mediaba entre los dos y luego me tomó la mano, así, sin más. El anciano comenzó a moverse. Las noticias se elevaban y bajaban, al compás de la pareja que movía sus pertrechos a la vez que la muchacha se movía a ritmo de vals. Bebí otro sorbo, encendí la marihuana, le ofrecí a la muchacha, pero ella no aceptó. El anciano arrugó la frente. Se puso el abrigo sobre las piernas en un gesto francamente obsceno. La mujer en la pantalla gemía como si la desgarraran con ácido sulfúrico. La muchacha escurrió sus manos hasta encontrar mi pantalón. La miré para pedirle una explicación. La miré sin saber qué hacer. No estaba acostumbrado a estas situaciones. Siempre estaba solo. Siempre a metros de distancia de la próxima persona. Y justo esa vez entre un anciano y una adolescente punk, una con no sé qué oscuras intenciones, el otro con intenciones absolutamente claras. La pareja en la pantalla en un sexo interminable. La botella de tequila. El humo de la marihuana. Más tequila. Mi cabeza que comienza a dar vueltas. Más tequila. La muchacha llega a su destino y comienza el ejercicio laudatorio. Gime en voz muy baja, pero aún así lo advierto. Estoy erecto. El anciano al lado se quejumbra entre recuerdos de un pasado victorioso. Nadie es molestado, o quizás todos lo somos. Susan -así se llama la mujer en la pantalla- grita a Peter que no hay nadie afuera, que prosiga. Peter no sé si por esta instrucción de última hora o porque no le importa, jamás baja la velocidad. Susan vuelve a gemir. La pequeña Susan hace lo propio, cada vez más fuerte. Llega hasta abajo, sube. Sabe lo que hace. En otro tiempo le hubiera dado por el culo ahí mismo. En ese entonces el recato superaba mis demás expectativas. Le volví a ofrecer tequila a la pequeña Susan -en mi mente se llamaba así-. El viejo sólo era un pinche viejo y Susan, la primera, la original, gemía como si le estuvieran pagando por hacerlo. Imaginé mi primer beso, en una situación muy parecida. Imaginé mi primera paja, en una situación muy parecida. Imaginé miles de pajas en los cines, en asientos oscuros, terribles, solitarios. Todos sentíamos la masturbación, sólo Susan y Peter lo hacían de verdad. Sentía envidia de ellos. Quería tocar los senos de la pequeña Susan pero no me atrevía para no romper los códigos. Quería tocar su espalda, su vagina, seguramente húmeda o ya mojada. Tomé más tequila, de a sorbos largos. La pequeña Susan acercó su boca al objetivo. La tomé del cuello y la bajé con fuerza. Buscó mi mano con la suya -era una romántica después de todo- y continuó labores. El anciano al parecer ya había concluído, pues guardó el periódico y se preparó para levantarse e irse. La película iba en la mitad, pero él ya había conseguido la meta principal. En un segundo de reflejo -he aprendido con los años que las tetas reflejan más que un coño, al menos en el cine-, me miró y se despidió. No supe entender qué significó aquel guiño. Supongo que fue algo así como desear suerte, pero qué más suerte podía tener yo en mucho tiempo. Era imposible. En los próximos minutos terminé con la botella, que deposité con cuidado en el asiento ya desocupado del anciano. Fumé un poco más de marihuana y a la pequeña Susan la tomé desde su culo, redondo y delineado. En un momento de locura intenté meter la mano por dentro de su pantalón, pero ella misma lo impidió en un rápido avatar. Me tomó la mano y la mantuvo así. Tal vez se asustó, o quizás fue la excitación lo que la llevó al apuro, pero sus mamadas se tornaron más violentas. Me tomó la verga y se la metió hasta la garganta, movió su lengua como una frágil puta quinceañera, me acarició y exhaló un gritito de placer al verme terminar y llenar su boca de unas cuantas cucharadas de mi semen. En dos segundos se limpió, no me miró, se acomodó la ropa, se paró y se fue sin aspavientos. Yo esperaba algún saludo, hasta una cobranza -uno nunca sabe ya a esas alturas, pero de eso nada. Una mamada de los dioses y el adiós. Aún tomaba aliento cuando las luces se encendieron. Era de esos cines con intermedio -qué costumbre bastarda- pero aproveché para ir al baño y orinar, tradición que mantengo desde adolescente, después de eyacular me dan ganas de orinar. No había pasado ni un minuto, pensaba, desde que vi salir a la pequeña Susan rumbo a la salida. Efectivamente, el cine estaba vacío. El guardia estaba sentado en la última fila de asientos. No sé desde hace cuánto. En el mesón pedí una botella de gaseosa. La bebí de un sorbo. Pregunté, por joder, si tenían cerveza helada. Me dijeron que no. Fui hasta el baño. Abrí la puerta. La cerré. Y entonces tuve una visión. La pequeña Susan orinaba en pie, de espaldas. Su actitud era la de siempre, ruda, agresiva, qué me importa lo que digas. Por un segundo pensé que se masturbaba. Que la calentura le era insoportable. No pretendí confirmar ni esto ni aquello. Me salí del baño sin haber orinado. Pedí otra botella de gaseosa, me interné en la sala y busqué otro asiento, esta vez más cerca de la entrada, para ver el final de la película.