25 ago. 2007

Los señores Burke y Hare, Asesinos

por Marcel Schwob








El señor William Burke ascendió de la condición más baja a una celebridad eterna. Nació en Irlanda y co­menzó como zapatero. Ejerció ese oficio durante mu­chos años en Edimburgo, donde se hizo amigo del señor Hare, en quien ejerció una gran influencia. No cabe duda de que, en la colaboración de los señores Burke y Hare, el poder de inventiva y de síntesis haya perte­necido al señor Burke. Pero sus nombres perduran in­separables en el arte como los de Beaumont y Fletcher. Vivieron juntos, trabajaron juntos y fueron apresados juntos. El señor Hare no protestó nunca contra la po­pularidad que favoreció muy particularmente a la per­sona del señor Burke. Un tan completo desinterés no recibió su recompensa. Fue el señor Burke quien legó su nombre al procedimiento especial que dio celebridad a los dos colaboradores. El monosílabo burke vivirá mucho tiempo todavía en boca de los hombres, cuando ya la persona de Hare se haya desvanecido en el olvido que se abate injustamente sobre los trabajadores obscuros. El señor Burke parece haber puesto en su obra la fantasía maravillosa de la isla verde donde había na­cido. Su alma debió de estar empapada en los relatos del folklore. Hay, en lo que hizo, como un remoto relente de las Mil y una noches. Semejante al califa que deambulaba por los jardines nocturnos de Bagdad, deseó misteriosas aventuras, pues era curioso de relatos desconocidos y de personas extranjeras. Semejante al gran esclavo negro armado con una pesada cimitarra, no encontró ninguna más digna conclusión para su vo­luptuosidad que la muerte de los demás. Pero su origi­nalidad anglosajona consistió en que logró sacar el más grande provecho de las correrías de su imaginación de celta. Cuando su gozo artístico había terminado ¿qué hacía el esclavo negro, decidme, con aquellos a quienes les había cortado la cabeza? Con una barbarie muy árabe, los descuartizaba para conservarlos, salados, en un sótano. ¿Qué provecho sacaba? Ninguno. El señor Burke fue infinitamente superior.


De alguna manera, el señor Hare le sirvió de Dinazarde. Según parece, el poder de invención del señor Burke fue particularmente excitado por la pre­sencia de su amigo. La ilusión de sus sueños les per­mitió valerse de un altillo para alojar allí pomposas visiones. El señor Hare vivía en un cuartito, en el sexto piso de una casa de altos muy poblada de Edimburgo. Un canapé, una gran caja y algunos enseres de tocador sin duda, componían casi todo el mobiliario. En una mesita, una botella de whisky con tres vasos. Era norma que el señor Burke no recibiera sino a una persona a la vez, nunca la misma. Su procedimiento consistía en invitar a un transeúnte desconocido, a la caída de la noche. Deambulaba por las calles para examinar los rostros que despertaban su curiosidad. A veces elegía al azar. Se dirigía al extraño con toda la amabilidad de que hubiera podido hacer gala Harún-al-Raschid. El extraño trepaba los seis pisos hasta el altillo del señor Hare. Se le cedía el canapé; se le daba a beber whisky de Escocia. El señor Burke le preguntaba cuáles eran los incidentes más sorprenden­tes de su existencia. Era un insaciable oyente el señor Burke. El relato era interrumpido siempre por el se­ñor Hare, antes que despuntara el día. La forma de interrupción del señor Hare era invariablemente la mis­ma y muy imperativa. Para interrumpir el relato, el señor Hare acostumbraba ir detrás del canapé y apli­car sus dos manos en la boca del narrador. En el mismo momento, el señor Burke iba a sentarse en el pecho de éste. Los dos, en esa posición, imaginaban, inmóviles, el fin de la historia, que no oían nunca. De esta manera, los señores Burke y Hare acabaron una gran cantidad de historias, de las cuales el mundo no conocerá nada.

Cuando el cuento se detenía definitivamente, junto con el aliento del narrador, los señores Burke y Hare exploraban el misterio. Desvestían al desconocido, ad­miraban sus alhajas, contaban su dinero, leían sus car­tas. Algunas correspondencias no carecieron de inte­rés. Después metían el cuerpo en la gran caja del señor Hare para que se enfriara. Y era entonces cuando el señor Burke mostraba la fuerza práctica de su espíritu.

Era importante que el cadáver estuviese fresco, pero no tibio, para poder utilizar hasta el último residuo del placer de la aventura.

En esos primeros años del siglo, los médicos estu­diaban anatomía con pasión, pero, debido a los prin­cipios de la religión, experimentaban muchas dificul­tades para conseguir sujetos para disecar. El señor Burke, como buen espíritu esclarecido, se había dado cuenta de esta laguna de la ciencia. No se sabe cómo se vinculó con un venerable y sabio profesional, el doctor Knox, que enseñaba en la facultad de Edim­burgo. Bien puede ser que el señor Burke hubiese seguido cursos públicos, aunque por su imaginación debió inclinarse más bien hacia los gustos artísticos. Se sabe con certeza que prometió al doctor Knox ayu­darlo tanto como le fuera posible. Por su parte, el doctor Knox se comprometió a pagarle por sus es­fuerzos. Había una tarifa decreciente según se tratara de cuerpos de jóvenes o cuerpos de ancianos. Estos últimos interesaban poco al doctor Knox. De la mis­ma manera opinaba el señor Burke, debido a que, ge­neralmente, éstos tenían menos imaginación. El doctor Knox se hizo célebre entre todos sus colegas por su saber en anatomía. Los señores Burke y Hare dis­frutaron la vida como diletantes. Corresponde, sin duda, ubicar en esta época el período clásico de sus existencias.

Porque el genio omnipotente del señor Burke pronto lo arrastró más allá de las normas y reglas de una tragedia en la cual había siempre un relato y un con­fidente. El señor Burke evolucionó completamente solo (sería pueril invocar la influencia del señor Hare) hacia una especie de romanticismo. El decorado del altillo del señor Hare ya no le bastaba, e inventó el procedimiento nocturno en la niebla. Los numerosos imitadores del señor Burke han empañado un poco la originalidad de su estilo. Pero he aquí la verdadera tradición del maestro.

La fecunda imaginación del señor Burke se había cansado de los relatos eternamente parecidos de la experiencia humana. El resultado no había respondido nunca a su esperanza. Y acabó por interesarse tan sólo por el aspecto real, siempre variado para él, de la muerte. Localizó todo el drama en el desenlace. La calidad de los actores dejó de importarle. Los tomó al azar. El accesorio único del teatro del señor Burke fue una máscara de tela embebida en pez. El señor Burke salía las noches de bruma con su máscara en la mano. Lo acompañaba el señor Hare. El señor Bur­ke esperaba al primer pasante, caminaba delante de él y después, volviéndose, le aplicaba la máscara de pez en la cara, repentinamente y sólidamente. En se­guida los señores Burke y Hare se apoderaban, cada uno por su lado de los brazos del actor. La máscara de tela empapada en pez deparaba la simplificación genial de sofocar los gritos y la respiración al mismo tiempo. Además, era trágico. La bruma esfumaba los gestos del actor. Algunos parecían representar a un borracho. Cuando la escena terminaba, los señores Burke y Hare tomaban un cab y desvalijaban al per­sonaje; el señor Hare se encargaba de la ropa y el señor Burke subía un cadáver fresco y limpio a lo del doctor Knox.

Y aquí, disintiendo con todos los biógrafos, aban­donaré a los señores Burke y Hare en medio de su aureola de gloria. ¿Por qué destruir un tan hermoso efecto artístico llevándolo lánguidamente hasta el final de su carrera, revelando sus flaquezas y sus decep­ciones? No hay que verlos de otra manera como no sea con su máscara en la mano deambulando en las noches de niebla. Porque el final de sus vidas fue vulgar y parecido a muchos otros. Parece que uno de ellos fue colgado y que el doctor Knox tuvo que dejar la facultad de Edimburgo. El señor Burke no dejó otras obras.




Ejecución de Mr. Burke