2 ago. 2007

Adolfo Bioy Casares, la brevedad y la hondura

por Hernando Valencia Goelkel


Después de haber estado tantos años como a la sombra de Jorge Luis Borges ‑su amigo de toda la vida, con quien entre otras cosas urdió el ciclo del investigador H. Bustos Domecq‑, Adolfo Bioy Casares ha estado recibiendo la atención que merece un autor en cuya bibliografía se cuentan obras como La invención de Morel e Historia de la guerra del cerdo, para mencionar sólo dos de sus novelas. Y para no hablar de sus cuentos; salvo que se impone una pregunta: ¿El nuevo libro de Bioy, Un campeón desparejo, debe clasificarse como cuento o como novela?

Los editores se abstienen de darle rótulo alguno al breve libro. Con razón: no se trata sólo de una astucia comercial ‑se supone que la novela atrae más lectores que el cuento‑ sino de una vaguedad intrínseca al relato mismo. Por lo demás, sólo el autor puede intercalar sus obras dentro de una de esas categorías. El responsable del libro es quien debe decidir si se trata de un cuento largo, de una nouvelle, de una novela breve. La metamorfosis, de Franz Kafka ‑una obra que tiene lejanas y curiosas resonancias de El campeón descentrado‑, es indistintamente novela o cuento, al arbitrio del editor o del comentador.

El campeón recuerda a Kafka porque algunas de sus situaciones ‑especialmente el espléndido final‑ tienen un aire kafkiano, como lo tiene también el protagonista, un taxista («taximetrero») de Buenos Aires llamado Luis Ángel Morales. Bioy lo retrata como empedernidamente convencional en la conducta, en los valores ‑el respeto de Morales por la mujer es tan propio de ciertas actitudes de clase como lo es la violación de Valentina, el grande y verdadero amor, se supone, del taxista. Morales resulta, es verdad, un tanto anacrónico, pero quizás ese anacronismo es también un toque de realidad.

Un buen día Morales sale de la opacidad de sus actividades cotidianas para ingresar al terreno de la ciencia ficción. Dos hombres, «el profesor Nemo y su ayudante Apes», como se identifican juliovernescamente, lo invitan a beber una pócima compuesta de jugo con sabor a frambuesa mezclado con un polvo que sabía a «limadura de fierro». Pero la bebida es mágica: confiere un vigor físico (y, de rebote, parapsicológico) excepcional; Morales se transforma. Tiene las inclinaciones y la voluntad de un paladín de gesta pero con un cuerpo poco apto para el combate. Cuando se convierte en un coloso, para hacerle honor a su nombre de Luis Angel, en memoria del boxeador Firpo, el taxista se dedica a proezas de caballería.

Pero el efecto del brebaje se acaba y Luis Ángel vuelve a ser el sujeto esmirriado. Y es entonces cuando realiza la hazaña más destacada: ya en su estado habitual, a fuerza de puro valor logra el rescate de Valentina ‑estaba misteriosamente secuestrada pese a los escasos recursos de su familia‑. El elemento paródico que Bioy introduce cuidadosamente en el relato, aquí se hace casi evidente: es la transformación del héroe gracias a las virtudes maravillosas del amor. Verdad es que, libre Valentina, Morales no se porta como un caballero; en esto resuena también el lugar común que diferenciaba el entusiasmo sexual del «verdadero» amor.

Lo que tiene de espléndido el estilo de Bioy consiste en la concisión, por una parte; y por otra, en su alejamiento, en esa voz del narrador que narra estas peripecias como si fueran un suceso remoto, vagamente interesante en cuanto el episodio del jarabe es ciertamente insólito, abrumadoramente trivial en cuanto son triviales Luis Ángel y los demás personajes. Elegante indiferencia en el tono; y, más al fondo, se atisba una oculta, esfumada compasión.




enero 17 de 1994