24 may. 2007

Del inconveniente de haber nacido

por E. M. Cioran



Selección Parte I


*

«Desde que estoy en el mundo», ese desde me parece cargado de un significado tan espantoso, que se torna insoportable.

*

No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento.

*

No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas ‑lo cual vale más que tratar de llenarlas.

*

Nunca estoy a gusto en lo inmediato, sólo me seduce lo que me precede, lo que me aleja de aquí, los innúmeros instantes en que yo no fui: lo no‑nato, en suma.

*

Des-hacer, des-crear, es la única tarea que el hombre puede asignarse si aspira, como todo lo indica, a distinguirse del Creador.

*

Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre.

*

Aspirar, en lo más profundo de uno mismo, a estar tan desposeído, a ser tan lamentable como Dios.

*

Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación.

*

Estoy, por lo general, tan seguro de que todo está desprovisto de consistencia, de fundamento, de justificación, que aquel que osara contradecirme, aunque fuera el hombre que más estimo, me parecería un charlatán o un imbécil.

*

A diferencia de Job, no maldije el día de mi nacimiento; a todos los otros días, en cambio, los he cubierto de anatemas.

*

Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado.

*

A medida que los años pasan, decrece el número de seres con quienes puede uno entenderse. Cuando no haya ya nadie a quien dirigirse, seremos al fin tal y como se era antes de sucumbir en un nombre.

*
Dos tipos de espíritu: diurnos y nocturnos. No tienen el mismo método ni la misma ética. En pleno día uno se vigila; en la oscuridad se dice todo. Las consecuencias saludables o enojosas de lo que piensa le importan poco al que se interroga durante las horas en que los demás se entregan al sueño. Rumia la mala suerte de haber nacido sin preocuparse del daño que puede hacerle a otro, o a sí mismo. Después de medianoche empieza la embriaguez de las verdades perniciosas.

*

Tracios y Bogomiles: no puedo olvidar que he frecuentado los mismos parajes que ellos, ni que unos lloraban por los recién nacidos, y que los otros, para absolver a Dios, hacían responsable a Satanás de la infamia de la Creación.

*

Según la regla de San Benito, si un monje se tornaba orgulloso, o solamente contento de su trabajo, debía apartarse de él y abandonarlo.
He aquí un peligro que no teme el que haya vivido en el apetito de la insatisfacción, en la orgía del remordimiento y del asco.

*

¡Qué suerte la de Nietzsche, haber terminado como terminó: en plena euforia!