6 mar. 2007

Una puta y la mirada...

por Boris Vian


A la madre de todas las putas...







La vieja puta enferma deja el vaso,
cuela su sangre
y desparrama encuentros y semillas.

La voz de su garganta gime en torno a falsedades,
justifica, inquiere,
bebe el semen del engendro
en sucias copas de champagne.

Grita,
llora,
mueve sus caderas con velocidad creciente,
el círculo hace un giro,
cada vez menor,
el giro perforado sangra desde todos lados;
su ano congestiona en torno a tibias erecciones
no retiene el líquido;
no se esconde tras el mueble de la esquina,
no le cobra a los más jóvenes,
aunque ya su público compone un vagabundo
y otro vejestorio andante,
caballero andante premunido en lanzas y estocadas,
caballero medieval,
cruza continentes con tal de sólo verla
antes que muera

En la miseria, ardor, color opaco;
en el dolor, canción de melodía triste,
la que esta noche eleva al cielo una voz sin luna.

Me repliego abajo,
la confundo,
la penetro a sabiendas del contagio
que vendrá,
y la mirada ardiente que no entibia,
y esos muslos arrugados por la sombra eterna,
y su espacio negro de entrepierna
cumple el fiel castigo de matar,
de asesinar, lentamente,
bajo la lluvia del invierno al sur,

como si supiéramos de todo esto,
como si ella hablara alguna vez con la verdad,
como si nos importara.