25 ene. 2007

Simulacro y afuncionalidad

por Umberto Eco



Finalmente es un lenguaje, un otro lenguaje, un meta-lenguaje de funcionalidad específica, un discurso. Algo de inseguridad existe en aquel gesto, una mirada discontinua que busca ser reconocida y admirada. Algo hay de pedancia (demás está recordar que pedancia e inseguridad -muchas veces- caminan de la mano), de búsqueda y de-mostrar un decir común, fuertemente poco original, aunque parezca, a los tibios ojos de un espectador inocuo, lo contrario.

La discusión se hace innecesaria, incluso al verse maniatada y entorpecida por el mismo aspecto de registro. Es como decir: “domino los aspectos, campos y variados corpus semánticos, sintácticos, semiológicos, etc., de la langue”. Es un intento, válido como todo intento, deconstructivo y -a la vez- débilmente constructivo. Al-decir-de-toda-boca, no es más que un fracaso en sí, sintáctico y sin debate.

Teoría y/en/o/por/con Literatura, un híbrido utilizado desde hace siglos, con alguna maestría por algunos, sin embargo lo demás está a la vista. La alta teoría y la alta creación parecen estar condenadas a situarse en caminos paralelos. Como toda-alta-cuestión, ambas parecen condenadas a un destino solitario. Es verdad que algún alto teórico ha sabido explicar su teoría con elegancia y determinio. Sin embargo, y a pesar de lo que digan y a pesar de que se propongan lecturas creativas y hasta literarias acerca de aquel mismo escrito teórico, finalmente el resultado es teoría, sólo teoría, y vale porque sí en su apartado y decorado paradigma.

Así mismo de-ese-modo el alto creador, libre y facineroso, acostumbrado al borde del fracaso, al igual que el teórico eminente (es sabido que los extremos, en algún sector, se acercan peligrosamente), debe conformarse con mirar la construcción teórica desde el otro lado de la senda. Uno observa al otro, el otro estudia al uno, y así adelantan-reverberan más que trechos y debacles.

Aquella forma de escritura, de discurso, aparece más como un juego inocente que otra cosa (de palabras que se anexan, juntan o recortan o despegan y vuelven a pegar). Ciertamente algún dominio de los campos se demuestra (equivalente al grado de conocimiento que el autor posea de los campos), un porcentaje de sentido y otro tanto de dibujo, entramados en diversas proporciones de sintaxis o distribución de todo tipo. Pero además de cierto manejo de los artificios, que en algún momento será pobre, insuficiente y repetido, este tipo de discurso queda corto.

En aquel afán (extraño afán) por describir la lengua, se entrampa (de-pantanos) finalmente en el ámbito significante. No aspira a más-que-nada ni a subir en la escalera (montaña o camión) de la belleza estética que define a los de su misma clase o categoría. Se trata de un discurso rápido, sin pretensiones de no serlo, más que nada efímero, como un vuelo de gaviotas que se pierden tras un horizonte demasiado claro y cercano, para algunos.

Lo otro, la otra parte, el camino de las nubes y ventarrones y tormentas que no acaban de limpiarse, se refleja sin sentido (sin embargo en el significado) en el opuesto. Se figura y prefigura sin contrato ni acuerdos previos de ninguna parte. Como un orgasmo programado de antemano, con amantes febles y agotados, que más quisieran descansar mirando el cielo del invierno, bajo un zaguán y la lluvia de un contrato escrito, que no declara letras sino razones.

Ambos bandos complementan sus labores. Se respetan sólo a veces y sólo a medias. Se recelan. Se desvían por caminos intermedios, a riesgo de creer -ja, ja- en una verdad. Nada más antiguo e increíble que creer en la verdad.

Pero finalmente cada quien decide y éste no es más, uno más, de muchos otros favores e in-favores que proponen una secuencia o lectura menos dramática del texto y la escritura, así como todo concluye alguna vez.

Es cierto. No hay más obviedades. Al menos no por hoy. Al menos no en este encuadre.