27 dic. 2006

Tierra baldía

por T. S. Eliot
- Versión Completa-




I. El entierro de los muertos


Abril es el mes más cruel; engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
memorias y anhelos, remueve
raíces perezosas con lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos cubriendo
la tierra con olvidadiza nieve, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, cuando llegó sobre el Starnbergersee
con un chaparrón; nos detuvimos bajo la columnata,
y seguimos luego bajo el sol, dentro del Hofgarten,
y tomamos café, y hablamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deustch.
Y cuando éramos niños, pasando una temporada en casa de mi primo el archiduque,
él me sacó en trineo.
Yo tenía miedo, y me dijo: Marie,
Marie, sujétate bien. Y nos deslizamos cuesta abajo.
En las montañas, allí sí que se siente uno libre.
Leo durante gran parte de la noche y en el invierno parto hacia el sur.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos escombros pétreos? Hijo del hombre,
tú no puedes decirlo, ni adivinarlo, pues tú tan sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate.
El árbol muerto no cobija, el grillo no consuela,
y la reseca piedra no mana agua. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja.
(Ven bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo diferente
de tu sombra que te sigue a zancadas por la mañana
o de tu sombra que al atardecer se levanta para encontrarte;
te mostraré lo que es el miedo en un puñado de polvo.

Frisch wht der Wind
Der Heimat zu,
Mein Irisch Kind,
Wo weilest du?


<><>.
-Mas cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos
tus brazos cargados, y tus cabellos húmedos, no pude
hablar, y los ojos se me anublaron, no estaba en ni
vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando en el corazón de la luz, el silencio.
Od’und leer das Meer.

Madama Sosostris, famosa clarividente,
tenía un mal catarro, sin embargo.
Se la reconoce como la mujer más sabia de Europa,
con una maldita baraja. Aquí, dice ella,
está su carta, el Marino Fenicio que pereció ahogado.
(Los que eran ojos son perlas. ¡Fíjese!)
Aquí está belladona, la Dama de las Rocas,
la dama de las situaciones.
Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí está el comerciante tuerto, y esta carta en blanco
es algo que lleva sobre la espalda,
que no puedo ver. No encuentro al Ahorcado. Tema la muerte por agua.
Veo un tropel de gente, rondando en círculo.
Gracias. Si ve usted a la estimadísima señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que ser tan precavida en estos días!

Ciudad Irreal,
bajo la parda niebla de un amanecer de invierno,
tal multitud fluía sobre el Puente de Londres,
que nunca hubiera yo creído ser tantos los que la muerte arrebatara.
Llevaban todos los ojos clavados
delante de sus pies y exhalaban suspiros...
Cuesta arriba y luego calle King William abajo
hacia donde Santa María Woolnoth guarda las horas
con un sonido grave al final de la novena campanada.
Allí vi a un conocido, y le detuve, llamándole: <¡Stetson!
¡Tú, que estabas conmigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha comenzado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿O la repentina escarcha perturba tu lecho?
Oh, aleja de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
que si no, ¡lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
¡Tú, hypocrite lecteur! –mon semblable, -mon frère! >



II. Una partida de ajedrez

La Silla en que estaba sentada, como un bruñido trono,
relucía sobre el mármol, donde el espejo
soportado por estantes labrados con viñas cargadas de racimos,
desde las cuales un Cupido dorado se asomaba
(otro ocultaba sus ojos bajo el ala),
multiplicaba las llamas de los candelabros de siete brazos
que reflejaban su luz sobre la mesa mientras
el esplendor de sus joyas, desparramadas en rica profusión
en estuches de raso, salió a encontrarla.
En redomas de marfil y vidrio polícromo,
destapadas, acechaban sus raros perfumes sintéticos,
ungüentos, polvos, líquidos –inquietando, confundiendo
y ahogando los sentidos en olor; movidos por el aire
que soplaba de la ventana, ascendían
nutriendo las prolongadas llamas de las velas,
que esparcían sus humos por la laquaria,
y animaban los diseños del artesonado techo.
Enormes leños recogidos de la playa, patinados de cobre,
ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra polícroma,
y en esa luz triste nadaba un delfín tallado.
Sobre la repisa de la chimenea estaba representada
como ventana abierta a escena silvestre
la metamorfosis de Filomena, forzada tan rudamento
por el bárbaro rey; todavía allí el ruiseñor
llenaba todo el desierto con inviolable voz
todavía gritaba, y aún el mundo sigue persiguiendo
<> a oídos sucios.
Y otros tocones marchitos del tiempo
estaban trazados en las paredes; formas llamativas
sobresalían, inclinándose, silenciando el ámbito de la alcoba.
Se oyó un taconeo en la escalera.

A la luz del hogar, bajo el cepillo, los cabellos de ella
fulguraban en puntos lumínicos
encendiéndose en palabras, permaneciendo luego salvajemente quietos.
<>háblame. ¿Por qué nunca hablas? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé lo que piensas. Piensas>.

Me parece que estamos en el callejón de las ratas
donde los muertos perdieron sus huesos.
< ¿Qué ruido es ese?
El viento bajo la puerta.
< ¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento? >
Nada, otra vez nada.
<>sabes nada? ¿No ves nada? ¿No te acuerdas de
nada? >
Recuerdo
que lo que fueron sus ojos ahora son perlas.
< ¿Estás vivo, o no? ¿No hay nada en tu cabeza? >
Pero
O O O O ese Rag shakespereano
es tan elegante,
tan inteligente...
< ¿Qué haré ahora? ¿Qué haré? >
<><>< ¿Qué haremos siempre?
Agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
fatigando nuestros ojos sin párpados y esperando que llamen a la puerta.

Cuando licenciaron del servicio activo al marido de Lil, yo dije-
y no me comí las palabras- le dije sin subterfugios:

Dense prisa por favor que ya es hora.

Ahora Alberto va a regresar, embellécete un poco.
Él querrá saber qué has hecho con aquel dinero que te dio
para arreglarte los dientes. Y que te lo dio de veras, yo estaba allí.
Extráetelos todos, Lil, y cómprate una buena dentadura
dijo, juro que no puedo mirarte cara a cara.
Ni yo tampoco, dije, y piensa en el pobre Alberto.
Ha estado en el ejército cuatro años, quiere divertirse,
y si tú no lo haces, ya habrá otras que lo hagan, dije yo.
Con que hay otras, ¿eh?, dijo ella. Algo de eso, dije.
Entonces ya sé a quién agradecérselo, dijo mirándome de arriba abajo.

Dense prisa por favor que ya es hora.

Si no te gusta trágatelo, dije.
Otras gozarán de lo bueno si tú no puedes.
Pero si Alberto se larga, será tuya la culpa, pues ha habido ya quien te ha prevenido.
Debes avergonzarte, dije, de parecer tan anticuada.
(Ella no tiene más que treinta y un años).
No es culpa mía, dijo, poniendo una cara atribulada,
son esas malditas píldoras que tomé para abortar, dijo.
(Ella había alumbrado ya cinco, y a poco se muere en el parto de Jorge).
El boticario me dijo que no sería nada, pero yo nunca he vuelto a ser la misma.
Eres una verdadera tonta, le dije.
Pues si Alberto no te deja quieta, ese es el resultado, dije.
¿Para qué te casaste si no querías tener hijos?

Dense prisa por favor que ya es hora.

Pues bien, aquel domingo Alberta estaba en casa, tenían jamón curado,
y me invitaron a cenar, para saborear aquel jamoncito caliente.

Dense prisa por favor que ya es hora.

Dense prisa por favor que ya es hora.

Buenas noches, Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches, May.
Adiós, adiós. Buenas noches, buenas noches. Buenas noches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, simpáticas señoras, buenas noches, buenas noches.



III. El sermón de fuego

Se ha roto la tienda de campaña del río: los últimos dedos de las hojas
se agarran y se hunden en la barranca húmeda. El viento
cruza la parda llanura, silenciosamente. Las ninfas se han marchado.
Dulce Támesis, fluye suavemente, hasta que termine mi cantar.
El río no arrastra botellas vacías, papeles de sandwiches,
pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas de cigarros
u otros testimonios de noches estivales. Las ninfas se han marchado.
Y sus amigos, los perezosos herederos de empleados municipales;
se fueron, no han dejado sus nuevas direcciones.
A orillas del Leman me senté y lloré...
Dulce Támesis, fluye suavemente, hasta que termine mi cantar,
dulce Támesis, fluye suavemente, pues no hablaré recia ni luengamente
pero a mi espalda en el viento frío oigo
acudimientos de huesos y risas ahogadas.

Un ratón se deslizó blandamente de entre los matorrales
arrastrando su viscosa barriga por la orilla
mientras yo pescaba en el apacible canal.
En una noche de invierno detrás de la fábrica de gas,
meditando sobre el naufragio de mi hermano rey
y sobre la muerte anterior de mi padre rey.
Blancos cuerpos desnudos sobre la baja tierra húmeda
y huesos abandonados en una fría guardilla de techo bajo,
sacudidos sólo por la pata del ratón, año tras año.
Pero a mi espalda de vez en cuando oigo
bocinas y autos, que llevarán a Sweeney.
En la primavera adonde la señora Porter.
Oh, la luna fulguraba radiantemente sobre la señora Porter
y sobre su hija.
Ellas se lavan los pies con agua gaseosa
Et O ces voix d’enfants, chantant dans la coupole!

Tuit tuit tuit
Yag yag yag yag yag yag
forzada tan rudamente,
Terco,

ciudad Irreal,
bajo la parda niebla de un mediodía invernal.
El señor Eugenides, comerciante de Esmirna,
sin afeitar con un bolsillo lleno de pasas
T. a. g. Londres: documentos a la vista,
me invitó en francés demótico,
a almorzar en el Hotel Cannon Street
y a pasarme el fin de semana en el Metropole.

A la hora violeta, cuando alzamos del escritorio los ojos y las espaldas,
cuando la máquina humana aguarda
como un taxímetro que espera vibrando,
yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
viejo con arrugadas tetas de mujer, puedo ver
a la hora violeta, a esa hora de la tarde que nos empuja
hacia el hogar y el mar envía al marinero a su casa,
y la mecanógrafa, para tomar el té de la tarde, levanta la mesa del desayuno, enciende
su estufa, y saca alimentos en conserva.
Fuera de su ventana peligrosamente puestas a secar están
sus combinaciones, tocadas por los postreros rayos del sol.
Sobre el diván (que por la noche le sirve de cama) están amontonadas
medias, chinelas, enaguas y sostenes.
Yo, Tiresias, viejo de ubres arrugadas
vi la escena, y predije el resto-
Yo también aguardaba la esperada visita.
El, joven carbunculoso, llega
secretario de un agente de una pequeña casa mercantil, de mirada altanera,
uno de esos bribones sobre quien el descaro se asienta
como una chistera sobre un millonario de Bradford.
La hora es propicia, y tal como él imaginó,
la cena ha concluido, ella está aburrida y cansada,
él trata de excitarla con caricias
que aunque irreprochables no son deseadas.
Congestionado y decidido, él la asalta en seguida;
sus manos exploradoras no encuentran resistencia;
su vanidad no necesita respuesta,
y hasta se alegra de su indiferencia.
(Y yo, Tiresias, he tolerado todo
lo ocurrido en este mismo diván o lecho;
o, que estuve sentado bajo los muros de Tebas
y anduve entre lo más bajo de los muertos).
Le otorga un beso patronizante y final,
y baja a tientas por la escalera obscura...

Ella se vuelve y se mira en el espejo
sin preocuparse de su amante recién marchado;
su cerebro consigue formular un pensamiento borroso:
<>.
Cuando una mujer hermosa comete tales locuras y
vuelve a pasearse por su cuarto, sola,
se alisa los cabellos con mano automática
y pone un disco en el gramófono.

<>,
y a lo largo del Strand, calle Reina Victoria arriba.
Oh, ciudad, ciudad, a veces puedo escuchar
cerca de un bar de la Lower Thames Street,
el agradable lamento de una mandolina
y el murmullo y la charla que sale del interior
donde los vendedores de pescado descansan al mediodía; donde los muros
de Magnus Mártir guardan
inexplicable esplendor de Iónica blancura y oro.

El río suda
aceite y brea.
Los lanchones se van
con la cambiante marea.
Velas rojas
anchas,
a sotavento, se mecen sobre los mástiles.
Los lanchones
sumergen maderos a la deriva.
Navegando hacia Greenwich,
más allá de Isle of Dogs.

Weialala leia
Wallala leialala

Elizabeth y Leicester
remando.
La popa era
dorado casco
rojo y oro.
La estela juguetona
inundó de ondas las orillas
el viento del sudoeste
cargó agua abajo
las campanadas
de las torres blancas.

Weialala leia
Wallala leialala

<>Highbury me vió nacer. Richmond y Kew
me echaron a perder. Al pasar por Richmond alcé las rodillas
acostada boca arriba en el fondo de una estrecha canoa >.

<>bajo mis pies. Después de lo ocurrido
él lloró. Me prometió .
Yo no dije nada. ¿Para qué guardarle rencor?
<>No puedo coordinar
nada con nada.
Las uñas rotas de manos sucias.
Mi gente, humilde gente, no espera
nada >.

la la

Luego vine a Cartago
abrasando, abrasando, abrasando, abrasando.
Oh, Señor Tú, me estás desplumando.
Oh, Señor Tú, desplumas

abrasando.



IV. Muerte por agua

Flebas el Fenicio, muerto ha una quincena,
olvidó el grito de las gaviotas, y el hondo mar de leva
y las ganancias y las pérdidas.
Una corriente submarina
recogió sus huesos en susurro. Pasó las etapas
de su edad y juventud mientras flotaba y se hundía
entrando en el remolino.
Gentilicio o judío-
Oh, tú, que volteas la rueda del timón y miras a barlovento,
acuérdate de Flebas, que una vez fue bello y robusto como tú.



V. Lo que dijo el trueno

Tras la roja luz de las antorchas sobre rostros sudorosos
tras el helado silencio en los jardines
tras la agonía en lugares pétreos
gritería y lloro,
prisión y palacio y reverberación
de trueno primaveral sobre distantes montes.
Aquel que antes vivía ha muerto ya.
Nosotros que vivíamos antes estamos ahora muriendo
con un poco de paciencia.

Aquí no hay agua, sólo roca,
roca y no agua, y el camino arenoso.
El camino sube serpenteando las montañas,
que son montañas de roca sin agua.
Si hubiese agua nos detendríamos a beber.
Entre las rocas no puede uno ni pararse ni pensar.
El sudor es seco y los pies sobre la arena
si sólo hubiera agua entre las rocas
muerta montaña, boca de cariosos dientes que no puede escupir.
Aquí no puede uno ni pararse, ni acostarse, ni sentarse.
No hay ni silencio siquiera en las montañas
sino el seco estéril trueno sin lluvia.
No hay soledad siquiera en las montañas,
sino ceñudos rostros rojos que gruñen entre dientes
desde los umbrales de casas de tierra apisonada.
Si hubiese agua,
y no roca,
si hubiese roca
y también agua,
y agua,
un manantial,
un pozo entre las rocas,
si sólo se oyera rumor de agua
no la cigarra
ni la hierba seca cantando
sino rumor de agua sobre roca
allí donde canta el zorzal entre los pinos
drip drop drip drop drop drop drop,
pero no hay agua.
¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado?
Cuento: sólo somos dos, tú y yo, juntos.
Pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino
siempre hay otra persona que camina a tu lado
deslizándose en su capa parda, con caperuza,
no sé si es hombre o mujer.
- ¿Pero quién es ese que va a tu lado?
¿Qué ruido es ese que vibra alto en el aire,
susurro de maternal lamentación?
¿Qué hordas encapuchadas son esas que hormiguean
por llanuras sin fin, tropezando en tierra resquebrajada,
sólo anilladas por el raso horizonte?
¿Qué ciudad es esa sobre las montañas,
chasquidos y reformas y explosiones en el aire violeta,
torres que se derrumban?
¿Jerusalén, Atenas, Alejandría,
Viena, Londres?
Irreal

una mujer se soltó la luenga cabellera negra
y extrajo susurradora música al tañer esas cuerdas.
Y murciélagos de caras infantiles silbaban en la luz violeta,
y batían sus alas,
y se escurrieron cabeza abajo por el negruzco muro,
y de torres inversas en el aire
salían toques de reminiscentes campanas, que guardaban las horas,
y cánticos de cisternas vacuas y agotados aljibes.

En esta corrupta cavidad de las montañas,
bajo el lánguido claror de la luna, la hierba canta
sobre las tumbas derruídas, en torno a la capilla.
Allí está la desierta capilla, solitario hogar del viento.
No tiene ventanas, y la puerta se mece en sus goznes,
huesos secos a nadie hacen daño.
Sólo un gallo se alzaba en la cumbrera.
Qui, qui riquí qui qui riquí.
bajo el relámpago. Luego, una brisa húmeda
trayendo lluvia.
Ganga estaba hundido, y las débiles hojas
aguardaban la lluvia, mientras los nubarrones
se amontonaban en la distancia, sobre Himavant.
Los matorrales se agacharon, encorvados en silencio.
Entonces habló el trueno

da

Datta: ¿qué hemos dado?
Amigo, la sangre se me agolpa en el corazón.
Al pensar que es por el tremendo atrevimiento de entregarse un momento
que un siglo de prudencia no nos podrá hacer retractar
por eso y eso sólo es por lo que hemos existido,
cosa que no ha de hallarse en nuestros obituarios
ni en las memorias tejidas por la benéfica araña,
ni bajo los sellos que el flaco procurador romperá
en nuestras alcobas vacías.

da

Dayadhvam: He oído la llave
voltear en la cerradura una vez y sólo una vez.
Pensamos en una llave, cada cual en su prisión.
Pensando en una llave, cada cual afirma la existencia de una prisión.
Al anochecer sóloo, rumores etéreos
reviven por un momento un Coriolano roto.

Da

Damyata: El barco obedeció
alegremente, a la mano hábil con vela y remo.
Sereno estaba el mar, tu corazón podría haber respondido
alegremente, a la invitación, obediente palpitando
a las manos diestras.
Yo me senté en la orilla
a pescar, con la llanura árida a mi espalda.
¿Debo al menos poner mis asuntos al día?
El Puente de Londres se está cayendo, cayendo, cayendo.

Poi s’ascose nel foco che gli afina
quando fiam ceu chelidon
–Oh, golondrina, golondrina.
Le Prince d’Auitaine a la tour abolie.
Estos fragmentos he amontonado sobre mi tumba
Why then Ile fit you. Hieronymo’s mad againe.
Datta. Dayadhvam. Damyata.

Shantih shantih shantih