13 nov. 2006

La maldita puta Alice

por John Cheever




Envuelto en sábanas negras, me siento sobre una terraza que da de frente al mar.
Bebo mi cuarto martini de la mañana y me preparo a descender entre las rocas.
Cubro mi cabeza entre pañuelos mientras Peter canta y baila como si estuviera en medio
de una fiesta de final de año.
El pequeño Peter danza dando vueltas, como hacen algunos bailarines turcos,
como si estuviera en trance o rezara a algún dios ebrio.
Sin mirar recuerda esa mañana en que nos dimos de trompadas por Alice,
"la maldita puta", agrega
como si la rabia no hubiera descendido un ápice en más de treinta años.
La maldita puta Alice, canta inventando melodías y coreografías
que nadie entiende más que él mismo.
"Qué mamadas daba esa gran puta", comenzaba Peter ya a gritar.
Sin embargo ante mi silencio pareció controlar sus ímpetus,
además le recorde a su esposa, un poco más allá, jugando con sus cinco hijos,
dos de ella con un golfista negro de florida, y los tres siguientes con el buen Pit.
Hijos blancos éstos, más oscuros los primeros,
hijos hombres todos, como un equipo de baloncesto.

"Siempre amé a esa puta, incluso cuando fue tu novia", continuó Peter,
bailando esta vez desde el pequeño muro de un metro de altura
que separaba la terraza de nuestra casa de vacaciones de las rocas y del mar.
Cuántas veces nos bajamos por ahí, a escondidas de nuestros padres.
Cuántas veces nos rompimos las rodillas, muslos, manos, cara;
y después inventamos alguna excusa estúpida.
En esa edad en que uno cree que las mentiras hacen bien, o al menos no hacen mal.
Cuántas veces nos pusimos a llorar el uno frente al otro,
como si estuviéramos guardando algún secreto medieval,
como si nuestra amistad pesara aún más que ser familia.

"Puta, puta, qué maldita puta", entonaba Pit, ya completamente ebrio,
sin camisa y con los pantalones mostrando hasta la mitad del culo.
Los pies descalzos, aumentando el volumen de la grabadora.
"Ven, ven, baila conmigo". "Vamos a la playa, bajemos por la cara oeste",
recordó nuestras ascensos y descensos, como si nosotros fuéramos una misma persona,
la misma, más que siameses, uno al interior del otro.
Peter y Lorre: hermanos angustiados;
ebrios; ya casados, cuarentones y aburridos de casi todo:
de la esposa, de los hijos, del alcohol, de los amigos, del recuerdo de Alice.

"Vamos Pit, alcánzame", le grito ya bajando entre las rocas,
con el sol al frente y las furiosas olas reventando a sólo metros de mis pies.
"Creo que me quedo", me contesta Pit, "es muy peligroso ir allá",
"tú ya sabes, tengo una familia que cuidar", me reprende, como si yo fuera aquel
a quien la esposa lo reprime, o aquellos cinco hijos,
de los cuales tres no tienen que ver conmigo, aunque son mis hijos,
los de Pit más bien.

"Vamos Pit, no seas cobardón", lo asuzo, como entreverado en otro tiempo,
como si quisiera verlos una vez al mes, o al año.
Y me dejo ir, por la brisa y el alcohol, en un perfecto vuelo hacia las nubes
que termina entre gritos y sollozos, de los niños negros, infelices ya sin padre,
de los niños blancos, más pequeños e inseguros,
de Alice que, cuidadosa, se acerca al borde del acantilado,
del buenPit, que ya no baila, más que una extraña melodía, mezcla de ebriedad
y de nostalgia... "Ven conmigo hacia las nubes,
hacia el océano tranquilo, que nos mece con sus olas, con su olvido".