2 oct. 2006

"Todos somos espías". Entrevista a John Le Carré

por Jesper Stein Larsen, para "New York Times"

John Le Carré (74), el celebrado autor de 20 novelas, la mayor parte de ellas sobre espionaje internacional, es conocido como un viejo iracundo. Tras dos horas de conversación, queda claro que el autor, famoso por sus relatos sobre las luchas tras bastidores de la Guerra Fría, no está sólo enojado: está furioso por las injusticias que se padecen en los países subdesarrollados, por la guerra contra el terrorismo, por el poder irrestricto de las multinacionales y por la generalizada hipocresía contemporánea.




En los viejos tiempos, era el conflicto entre las superpotencias lo que amenazaba la vida de las personas. Hoy en sus novelas son las multinacionales las que juegan ese rol. ¿Cuál es su mirada a este respecto?

- El poder corporativo ha sido parte de muchos de mis últimos libros, porque tiene el aura de ser algo tan grande, por encima de todo y que abarca tantas cosas, que uno piensa que como individuo no puede hacer nada. El enemigo es indefinible. Son organizaciones gigantes con un pie en Liechtenstein y el otro en las Antillas Holandesas y cuyo directorio se reúne en Inglaterra. Y cuando uno sabe que Tony Blair está más preocupado de la opinión de (el magnate de los medios de comunicación) Rupert Murdoch que de lo que piensan sus electores, uno se preocupa. Veo una erosión del sentido de nación y democracia, exactamente como lo describió Mussolini. Él dijo: “La democracia termina y el fascismo empieza cuando el poder político y el poder corporativo se hacen inseparables”. Se podría agregar a esta lista el poder religioso y el de la prensa. Son los cuatro puntales de la derecha en los Estados Unidos.

Usted usa el thriller, o la novela de espías, no sólo para entretener, sino también para hacer preguntas relevantes.
- La identidad del espía está tan cerca de la naturaleza del individuo que el lector se puede identificar con él. Si en una novela clasificas a un personaje como un espía, el lector estará de tu lado y podrás llevarlo donde quieras. El lector irá contigo donde no esperaba ir, porque todos somos espías. Todos hacemos concesiones y tenemos relaciones por conveniencia. Todos damos vueltas con secretos que no revelamos ni a nuestros seres más queridos, quizás precisamente porque los amamos.

¿Cómo describiría el desarrollo de su literatura desde las novelas de espionaje, durante la Guerra Fría, hasta su nuevo libro, que tiene lugar en África?
- Desde el fin de la Guerra Fría todos mis libros se han desarrollado en el extranjero. Comencé a preocuparme por el postcolonialismo y por Chechenia, que sirvieron para la novela Nuestro Juego (1995). Teniendo en cuenta lo que sé ahora sobre Vladiumir Putin, desearía haberla escrito más tarde. A él se le permite cualquier cosa que le parezca en el Cáucaso, siempre y cuando lo haga con la excusa de la “guerra contra el terrorismo” avalada por Norteamerica. La guerra contra el terror es una guerra muy difícil contra una ideología, pero los Estados Unidos la ha transformado en una guerra territorial.

¿Qué quiere decir con eso?
- El ejemplo más reciente y horrible es lo que vimos en Líbano. Si matas un terrorista y 100 civiles, ¿estás más lejos o más cerca del terror? Si continuamos inflamando las sensibilidades musulmanas, lograremos efectivamente poner a la gente en contra nuestra. Y crearemos el enemigo que merecemos. Estamos hablando de la erradicación del terrorismo. Eso no se logrará en absoluto si se abandonan los principios democráticos. Con la lógica que aplican en este momento los americanos, nosotros deberíamos haber bombardeado Dublín cuando éramos atacados por IRA. Es completamente absurdo.