16 sep. 2006

Sharon: la sombra de Pinochet

por Robert Fisk
Traducción: Tania Molina Ramírez, en La Jornada





Sana Sersawi habla cuidadosamente, con voz fuerte pero pausada, mientras recuerda los sucesos caóticos, peligrosos y desesperadamente trágicos que le sobrecogieron hace poco más de 19 años, el 18 de septiembre de 1982. Como una sobreviviente preparada a servir como testigo contra el primer ministro Ariel Sharon, el entonces ministro de Defensa israelí, hace un alto al enfrentarse a los momentos más terribles de su vida. "Los milicianos de las Fuerzas Libanesas nos sacaron de nuestros hogares y nos llevaron a la entrada del campamento donde había sido excavado en la tierra un enorme hoyo. Se les dijo a los hombres que se metieran. Entonces los milicianos le dispararon a un palestino. Las mujeres y los niños habían caminado sobre cuerpos para llegar a este lugar, pero estábamos verdaderamente en shock al ver que este hombre era asesinado frente a nosotros y hubo un estruendo de gritos de las mujeres. Ahí fue cuando escuchamos a los israelíes en los altavoces gritando: 'Dennos los hombres, dennos los hombres'. Pensamos: 'Gracias a Dios, nos van a salvar'". Iba a probarse que era una cruel y falsa esperanza.

Sersawi, con tres meses de embarazo, vio a su esposo de 30 años, Hassan, y a su cuñado egipcio, Faraj el-Sayed Ahmed, parados en la muchedumbre. "Se nos dijo a todos que camináramos hacia la embajada kuwaití, las mujeres y los niños por delante, los hombres detrás. Nos separaron. Había milicianos falangistas y soldados israelíes que caminaban a nuestro lado. Aún podía ver a Hassan y Faraj. Era como un desfile. Había varios cientos de nosotros. Cuando llegamos a la Ciudad Deportiva, los israelíes nos pusieron a nosotras las mujeres en un gran cuarto de concreto y a los hombres los llevaron al otro lado del estadio. Había muchos hombres del campamento y ya no podía ver a mi esposo. Los israelíes nos decían: 'Sentados, sentados'. Eran las 11 de la mañana. Una hora más tarde, nos dijeron que nos fuéramos. Pero nos quedamos afuera, entre los soldados israelíes, esperando a nuestros hombres".

Sana Sersawi esperó en el abrasador sol a que emergieran Hassan y Faraj. "Algunos hombres salieron, ninguno más joven de 40 años, y nos dijeron que fuéramos pacientes, que aún había cientos de hombres adentro. Entonces, como a las 4 de la tarde, un oficial israelí salió. Traía puestos lentes oscuros y dijo en árabe: '¿Qué esperan?'. Dijo que ya no había nadie, que todos se habían ido. Había camiones israelíes saliendo con alquitrán. No podíamos ver el interior. Y había jeeps, tanques y un bulldozer que hacían mucho ruido. Nos quedamos y oscureció, y los israelíes parecía que ya se iban y estábamos muy nerviosas. Pero entonces, cuando los israelíes se fueron, nosotras entramos. Y no había nadie ahí. Nadie. Sólo llevaba tres años casada. Nunca volví a ver a mi marido".

Hace poco un tribunal belga considera un caso que tiene incómodos paralelismos con la actualidad. Una ley promulgada en 1993 permite a las cortes belgas juzgar a extranjeros por crímenes de guerra cometidos en suelo extranjero; una audiencia va a decidir si Ariel Sharon puede o no ser procesado por las masacres de Sabra y Chatila. Y en la preparación del caso emerge impresionante evidencia nueva.

El estadio de pesadilla

Mucha de esta evidencia se centra en el estadio deportivo Camille Chamoun, la "Ciudad Deportiva". A sólo tres kilómetros del aeropuerto de Beirut, el estadio dañado era un lugar natural para mantener a los prisioneros. Había sido un depósito de municiones para la OLP de Yasser Arafat y fue bombardeado una y otra vez por los aviones israelíes durante la toma de Beirut en 1982, así que su gigantesco y destruido interior parecía una dentadura de pesadilla. Los palestinos habían minado su interior cavernoso pero su enorme espacio de almacenamiento subterráneo y los vestidores de los atletas permanecían intactos. Era un punto de referencia conocido por todos los que vivíamos en Beirut. A media mañana, el 18 de septiembre de 1982 -alrededor de la hora en que Sana Sersawi dice que la llevaron al estadio-, vi a cientos de prisioneros palestinos y libaneses -quizá más de mil- sentados en su deprimente y oscuro interior, en cuclillas en el polvo, vigilados por soldados israelíes y por agentes de Shin Beth vestidos de civil, y un grupo de hombres de quienes sospeché que eran colaboradores libaneses. Los hombres estaban sentados en silencio, claramente asustados. Noté que de vez en cuando se llevaban a algunos. Los subían a camiones del ejército israelí o a vehículos falangistas, para llevar a cabo mayores "interrogatorios".

Tampoco dudaba de esto. A unos cientos de metros de ahí, dentro de los campamentos, hasta 600 víctimas de las masacres provenientes de los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila se pudrían en el sol; el hedor de la descomposición llegaba a los prisioneros y a sus captores por igual. Hacía un calor sofocante. Yo y Loren Jenkins del Washington Post y Paul Eedle de Reuters habíamos entrado a las celdas porque los israelíes supusieron -dada nuestra apariencia occidental- que debíamos ser miembros de Shin Beth. Muchos de los prisioneros tenían las cabezas agachadas. Pero los milicianos falangistas aliados de Israel -aún enfurecidos por el asesinato de su líder y presidente electo, Bashir Gemayel, habían sido retirados de los campamentos, finalizada la masacre, y al menos ahora era el ejército israelí el que estaba a cargo. Así que ¿qué podían temer estos hombres?

Reflexionando en el pasado y escuchando a Sana Sersawi hoy, nuestra candidez me da escalofríos. Mis notas de aquella época subsecuentemente escritas en un libro sobre la invasión israelí de 1982 y su guerra con la OLP, contienen algunas pistas ominosas. Encontramos entre los prisioneros a un empleado libanés de Reuters, Abdullah Mattar, y obtuvimos su liberación; Paul se lo llevó abrazado de los hombros. "Nos llevan, de uno en uno, a interrogarnos", me murmuró uno de los prisioneros. Son hombres de Haddad (milicianos de la falange libanesa cristiana). Por lo general devuelven a las personas después del interrogatorio, pero no siempre. A veces la gente no regresa". Entonces un oficial israelí me ordenó que me fuera. "¿Por qué no pueden hablar conmigo los prisioneros?", pregunté. "Pueden hablar si quieren", respondió, "pero no tienen nada que decir".

Todos los israelíes sabían lo que había ocurrido dentro de los campamentos. El olor de los cuerpos era impresionante. Afuera pasó un jeep falangista con la leyenda "policía militar" -si acaso una institución tan exótica podía estar asociada con una pandilla de asesinos-. Algunos equipos de televisión estaban presentes. Uno filmó a los milicianos libaneses cristianos fuera de la Ciudad Deportiva. También filmó a una mujer rogándole a un coronel del ejército israelí llamado Yahya que liberara a su esposo. El coronel ahora ha sido identificado por The Independent. Hoy es general del ejército israelí.

A lo largo de la calle principal, frente al estadio, había una hilera de tanques Merkava israelíes, sus tripulantes sentados sobre las torretas, fumando, mirando cómo se llevaban a los hombres del estadio uno por uno o de dos en dos; a algunos los liberaban, otros eran llevados por hombres del Shin Beth o por los libaneses en overoles kaki. Todos estos soldados sabían lo que había ocurrido dentro de los campamentos. Uno de los tripulantes de un tanque, el teniente Avi Grabovsky -más tarde serviría de testigo ante la comisión israelí Kahan-, hasta había visto cómo asesinaron a varios civiles el día anterior y se le había dicho que "no interfiriera".

Durante los siguientes días nos llegaron informes extraños. Una niña fue sacada de un auto en Damour por los milicianos falangistas y llevada con ellos, a pesar de los ruegos de la niña a un soldado israelí que estaba por ahí. La mujer de limpieza de una libanesa que trabajaba para una cadena de televisión estadounidense se quejó amargamente de que los israelíes habían arrestado a su esposo. Nunca lo volvieron a ver. Había otros vagos rumores de gente "desaparecida". Escribí en mis notas en aquella temporada que "aun después de Chatila, los enemigos "terroristas" de Israel eran aniquilados en Beirut occidental". Pero no había asociado directamente esta oscura convicción con la Ciudad Deportiva. Ni siquiera había reflexionado sobre los temibles precedentes de un estadio deportivo en tiempos de guerra. ¿No había habido un estadio deportivo en Santiago de Chile hacía unos años, repleto de prisioneros después del golpe de Estado de Pinochet, un estadio del cual muchos prisioneros no retornaron?

¿Por qué no se nos ocurrió?

Entre los testimonios recopilados por los abogados que buscan acusar a Ariel Sharon de haber cometido crímenes de guerra está el de Wadha al-Sabeq. Ella declaró que el viernes 17 de septiembre, mientras la masacre aún tenía lugar (lo que no sabía) dentro de Sabra y Chatila, estaba en su hogar con su familia en Bir Hassan, justo frente a los campamentos. "Los vecinos llegaron y dijeron que los israelíes querían comprobar nuestras tarjetas de identificación así que bajamos y vimos a israelíes y Fuerzas Libanesas (falangistas) en la calle. Los hombres estaban separados de los mujeres". Esta separación -con su terrible sombra de separaciones similares en Srebrenica durante la guerra bosnia- era una característica común de estos arrestos masivos. "Se nos dijo que fuéramos a la Ciudad Deportiva. Los hombres permanecieron donde estaban". Entre los hombres se contaban los dos hijos de Wadha, Mohamed de 19 años y Ali de 16, y su hermano Mohamed. "Fuimos a la Ciudad Deportiva, como nos dijeron los israelíes; nunca volví a ver a mis hijos, o a mi hermano".

Los supervivientes cuentan historias angustiosamente similares. Bahija Zrein dice que un guardia israelí le ordenó ir a la Ciudad Deportiva y se llevaron a los hombres que estaban con ella, incluyendo a su hermano de 22 años. Algunos milicianos -observados por israelíes- lo subieron a un auto, con los ojos vendados, dice ella. "Así es como desapareció -señala en su testimonio oficial-, y no lo he vuelto a ver".

Fue tan sólo unos días después que nosotros los periodistas comenzamos a notar discrepancias en las cifras de los muertos. Mientras que hasta 600 cuerpos fueron encontrados dentro de Sabra y Chatila, mil 800 civiles fueron reportados como "desaparecidos". Supusimos -qué fácil es suponer en una guerra- que los mataron en el transcurso de los tres días entre el 16 de septiembre de 1982 y la retirada de los asesinos falangistas el 18, y que sus cuerpos habían sido enterrados de manera secreta fuera del campamento. Debajo del campo de golf, sospechábamos. La idea de que muchos de estos jóvenes habían sido asesinados fuera de los campamentos o después del 18, que las matanzas aún tenían lugar mientras recorríamos los campamentos, nunca se nos ocurrió.

¿Por qué no se nos ocurrió en aquel entonces? Al año siguiente la comisión israelí Kahan publicó su informe, condenando a Sharon pero finalizando su investigación de la atrocidad cometida el 18 de septiembre con sólo un renglón de insinuación -no explicada- de que varios cientos de personas pueden haber "desaparecido" alrededor de esta época. La comisión Kahan no entrevistó a ningún superviviente palestino pero se le permitió ser la narradora de la historia. La idea de que los israelíes continuaron entregando prisioneros a sus aliados milicianos hambrientos de sangre nunca se nos ocurrió. Los palestinos de Sabra y Chatila ahora están aportando evidencias de que esto fue exactamente lo que ocurrió. Un hombre, Abdel Nasser Alameh, cree que su hermano fue entregado a la falange en la mañana del 18 de septiembre. Una mujer palestina cristiana llamada Milaneh Boutros grabó cómo un camión lleno de mujeres y niños fue conducido desde los campamentos al pueblo cristiano de Bikfaya, el hogar del recién asesinado presidente electo cristiano, Bashir Gemayel, donde una dolida mujer cristiana ordenó la ejecución de un niño de 13 años en el camión. Le dispararon. El camión debió haber cruzado al menos cuatro retenes israelíes en su camino a Bikfaya. Y, que me salve el cielo, ahora me doy cuenta de que hasta conocí a la mujer que ordenó la ejecución del niño.

Antes de que la matanza dentro de los campamentos hubiera terminado, Shahira Abu Rudeina dice que la llevaron a la Ciudad Deportiva donde, en uno de los centros de retención subterráneos, vio a un hombre retrasado mental -observado por soldados israelíes- enterrando cuerpos en una fosa. Se podría rechazar su evidencia, si no fuera porque también expresó su gratitud a un soldado israelí -dentro del campamento de Chatila, contra toda la evidencia provista por los israelíes- que impidió el asesinato de sus hijas por la falange.

Mucho después de la guerra, las ruinas de la Ciudad Deportiva fueron derrumbadas y se construyó un nuevo estadio de mármol en su lugar, en parte por los británicos. Ahí cantó Pavarotti. Pero el testimonio de lo que puede haber debajo de sus cimientos -y sus aterradoras implicaciones- puede dar a Ariel Sharon más razón para temer una acusación.






Ilustración: Paco Arnau