11 sep. 2006

11 de septiembre de 1973 en Chile

por TyCol



Los recuerdos de aquel día se confunden en mi cabeza. Era muy pequeño, tenía cinco años, y en mi sistema “normal” de mundo se instalarían, a los pocos días, los militares en las esquinas, los carabineros arriba de los techos, el sonido de los tanques y, de vez en cuando, el ruido, melodioso e inocente, del fuego cruzado entre simpatizantes de la izquierda y el poder armado de la Junta Militar chilena.

En casa habíamos desarmado las camas. Los catres y somieres permanecían en alto junto a las ventanas. Mis padres demostraban preocupación por las raciones de comida y en la televisión veíamos un nuevo Chile, con implicancias infinitas, que sólo entenderíamos, a medias, decenas de años más tarde.

El comunismo se batía en retirada, a la fuerza; el socialismo, con el discurso hippie de igualdad y derechos, también lo hacía. El fascismo militar de Pinochet prometía orden y paz a cualquier costo: asesinatos sin justicia, toques de queda, expulsiones, relegaciones, exilios, torturas, control de prensa, control editorial, control de la información en general y un millón de etcéteras.

Aquel tiempo, para un niño proveniente de un hogar de clase media, como era el mío, despreocupado de tecnicismos partidistas, transcurrió en la normalidad que imponía aquel sistema. Aquello era lo normal porque, en la horrible práctica, jamás conocimos otro sistema. Ver militares en las esquinas, oír los tanques en la noche y observar noticias desde un único prisma, no podía molestarnos, no “debía” molestarnos.

Tuvieron que pasar los años suficientes como para que el país sintiera la energía necesaria, después de aquel golpe de knock out del once de septiembre, y emergieran tímidos reclamos, principalmente desde el ámbito sindical y universitario, con el objetivo de recuperar la democracia. 1986, el año decisivo, fue el año en que se lograron acuerdos importantes; los partidos, organizados hasta donde se les permitía, proponían diseños de gobierno democrático, y los estudiantes, como siempre ausentes de los sitios de real poder, salieron a las calles, pararon y tomaron sus universidades y colegios, protestaron a voz en cuello, fueron perseguidos, torturados, quemados y asesinados.

El ambiente no daba para más. Algunos chilenos volvían, y el canto, transformado en llanto y en proclama, elevó sus voces hasta que el volumen se hizo insoportable.

Hasta llegar al plebiscito, una simple raya sobre un “sí” (a la permanencia de Pinochet) o un “no” (a la permanencia de Pinochet), que delimitaría el devenir de nuestra patria. Durante la campaña había visto miles de peleas, a combos, a palos, a gritos histéricos de señoras de La Dehesa, a garabato limpio. La discusión hervía, también la violencia, la tensión y la emoción.

Aquel 5 de octubre el sol extendió su manto de luz y calor sobre todo Chile. Yo iba acompañado de mi padre (quien seguramente votó “sí”), y durante la fila que duró más de cuatro horas (nuestra inexperiencia ciudadana se plasmaba incluso en aquellos gestos), conversamos de fútbol (ambos éramos hinchas fervientes del Colo Colo), de las empanadas que llevaríamos para el almuerzo, del helado, de las siguientes vacaciones y de mis estudios, entre otras cosas. Evitábamos hablar de política. Sabíamos que nuestros bandos eran contrarios, como sabíamos que éramos familia y que el amor que nos unía haría imposible cualquier posible discusión. Pero lo evitábamos. Había miedo. Había tensión y nerviosismo. Pero también había miedo. A las generaciones posteriores, o a quien no vivió aquel tiempo directamente, podrá parecerle exagerado, quizás, pero a mí me parecía lo más lógico. Había miedo.

Esa noche me daría una de las imágenes más fuertes, simbólicas y extrañas que he visto en toda mi vida. Pinochet había sido derrotado y salía de La Moneda con un aspecto de tristeza en su frío rostro. Esa imagen cambió mi vida, así lo siento ahora. La reflexión que me provocó aquella imagen fue mucho más allá de mi comprensión en aquel momento. Algunos sintieron pena, otros alegría, otros clamaron por venganza, otros por justicia. El comunismo radical sintió la estocada (“nos quedamos sin motivaciones”), al igual que los anarquistas, siempre en contra, de lo que sea, pero en contra.

Tal vez por eso sigo en contra, porque soy un anarquista. Tal vez sea porque el sueño de la democracia (aquel arco iris de bellas canciones que nos prometieron, algo así como “los doce juegos”) no cumplió con las expectativas. La libertad no era para tanto, la corrupción seguía siendo la misma y el arreglo de bigotes entre cúpulas y clases dominantes (fueran de derechas o de izquierdas) dejaban fuera al pueblo, como antes, como siempre. Aún así, la democracia daba para celebrar. Y lo hicimos. Encima de las micros agitando banderas gigantes, la champaña desbordó las calles, como también el baile, la sonrisa y los abrazos. Habíamos triunfado, habíamos recuperado la democracia, y nosotros habíamos aportado con el grano de arena que llenó la carretilla. Éramos libres otra vez.

El resumen impide mayor referencia y homenaje a los caídos. A Mario Martínez, a Carmen Gloria Quintana, a Rodrigo Rojas Denegri, a tantos otros que no por ser no mencionados ahora están fuera de nuestros corazones y agradecimientos. Su valentía, nuestra valentía, hizo de Chile un lugar más libre (aunque no totalmente), más limpio (aunque no totalmente), y más seguro (aunque la delincuencia azote ahora a mis compatriotas como nunca ocurrió en la dictadura).

Un abrazo para ellos, para nosotros mismos, que podemos respirar el tibio aire de la democracia; que podemos salir a la calle y ver a los militares con menos miedo que antes, abrir libros, periódicos y revistas y encontrar noticias que hablan contra el gobierno. Somos un pueblo unido que hasta hoy termina de encontrarse.

Terminar con un viva Chile sería exagerado y recurrente, pero en la distancia, y sobre todo en esta fecha que reúne al 11 y al 18, el sentimiento patrio me hace lloriquear, extrañar a los amigos, el palmoteo en la espalda, un gol del Colo, la marraqueta, el pebre, el aroma de San Diego, la familia... Con que me despido como debe ser, con el alma en llamas y esa pena del extrañamiento que no cesa y que me hace decidir que algún día volveré. Junto a Lihn, a Carmen Gloria, a Salvador, a Mario, a Pablo que murió a los pocos días, a Miguel, a la otra Carmen y a todos los demás.... ¡Viva Chile mierda!