11 jun. 2006

Confesiones de un terrorista

por John Le Carré
Publicado en "El País", Madrid, España, y en http://www.opendemocracy.net/



Estados Unidos ha entrado en uno de sus periodos de locura histórica: peor que el macartismo, peor que la bahía de Cochinos y, a largo plazo, potencialmente más desastroso que la guerra de Vietnam. La reacción al 11-S ha ido más allá de lo que Osama hubiera esperado en sus sueños más siniestros. Como en la época de McCarthy, los derechos y libertades nacionales, que han hecho de EEUU la envidia del mundo, están siendo erosionados de forma sistemática. La persecución de residentes extranjeros en EEUU sigue a buen ritmo. Los residentes "no permanentes" de sexo masculino y origen norcoreano, o de Oriente Próximo, desaparecen en cárceles secretas, tras acusaciones secretas, por la palabra secreta de los jueces. Palestinos que residen en Estados Unidos (a quienes antes se consideraba ciudadanos sin Estado, y por tanto no deportables) están siendo entregados a Israel para ser "reasentados" en Gaza y en Cisjordania, lugares que quizá no hayan pisado jamás.

Ningún Gobierno norteamericano ha mantenido nunca sus cartas tan pegadas al pecho. Si los servicios de inteligencia no saben nada, ése será el secreto mejor guardado de todos. Recuerden que se trata de las mismas organizaciones que nos mostraron el mayor fracaso en la historia de la inteligencia: el 11-S. La guerra estaba planeada años antes de que atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible. Sin Osama, la junta de Bush seguiría intentando explicar asuntos tan peliagudos como la forma en que logró salir elegida; Enron; sus desvergonzados favores a quienes son ya demasiado ricos; su desprecio irresponsable por los pobres del mundo, por la ecología, y por un sinnúmero de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá también tendrían que explicarnos por qué apoyan a Israel en su desprecio continuado por las resoluciones de la ONU.

Pero, “oportunamente”, Osama barrió todo eso bajo la alfombra. Los Bush cabalgan de nuevo. Se dice que el 88% de los norteamericanos quería la guerra antes de comenzarla. El presupuesto de Defensa de EE UU había aumentado en 60.000 millones de dólares, hasta alcanzar alrededor de los 360.000 millones de dólares. De las fábricas estaba saliendo una espléndida nueva generación de armas nucleares americanas, preparadas para responder igualmente a las armas nucleares, químicas y biológicas en manos de los “Estados irresponsables”. Así que todos podemos respirar tranquilos.

EEUU no sólo decide unilateralmente quién puede y quién no puede poseer estas armas, también se reserva el derecho unilateral de utilizar sin escrúpulos sus propias armas nucleares cuando y donde quiera, siempre que considere amenazados sus intereses, los de sus amigos o sus aliados. ¿Quiénes exactamente van a ser estos amigos y aliados en los próximos años? Será, como siempre en política, algo parecido a un acertijo. Uno se hace buenos amigos y aliados, así que los arma hasta los dientes. Entonces un día ya no son ni amigos ni aliados, así que se les manda una bomba nuclear.

Merece la pena recordar aquí cuántas horas de profunda reflexión empleó el Gabinete de EEUU en decidir si debía atacar Afganistán con armas nucleares en los días siguientes al 11-S. Afortunadamente para todos nosotros, pero particularmente para los afganos, cuya complicidad en el 11-S fue mucho menor que la de Pakistán, decidieron arreglárselas con sólo 25.000 toneladas de las llamadas “cortamargaritas” convencionales, que, según todos los testimonios, producen, en cualquier caso, tanta destrucción como una bomba nuclear pequeña. Pero la próxima vez será de verdad.

Un asunto mucho menos claro es cuál es exactamente la guerra que el 88% de los norteamericanos piensa que está apoyando. ¿Una guerra que durará cuánto, por favor? ¿A qué precio en vidas de estadounidenses? ¿A qué precio para el bolsillo del contribuyente norteamericano? ¿A qué precio (porque la mayor parte de este 88% son gente profundamente decente y humanitaria) en vidas de iraquíes? Ahora ya probablemente sea un secreto de Estado, pero la Tormenta del Desierto costó a Irak al menos el doble de las vidas que perdió EEUU en toda la guerra de Vietnam.

El modo en que Bush y su junta consiguieron desviar la ira de EEUU contra Osama Bin Laden hacia Sadam Husein es uno de los grandes trucos de prestidigitación en relaciones públicas de la historia. Pero les salió bien. Una encuesta reciente dice que uno de cada dos estadounidenses cree ahora que Sadam fue responsable del ataque al World Trade Center.

Pero la opinión pública norteamericana no sólo está siendo engañada. Está siendo amenazada, acosada, reprendida y mantenida en un permanente estado de ignorancia y de miedo y, consecuentemente, de dependencia de sus líderes. Esta neurosis cuidadosamente orquestada debería, con un poco de suerte, llevar cómodamente a Bush y a sus compañeros de conspiración hasta las siguientes elecciones. Como un Mesías fascista y obstinado, el señor Bush ha dicho que los que no están con él, están contra él. O, lo que es peor (ver su discurso del 3 de enero del 2003), están con el enemigo. Cosa rara por decir lo menos, porque yo estoy completamente en contra de Bush, pero me encantaría ver la caída de Sadam -sólo que no según los términos de Bush y tampoco según sus métodos-. Y menos bajo una bandera de tan escandalosa hipocresía. Un colonialismo norteamericano al viejo estilo está extendiendo sus alas de hierro sobre todos nosotros. Hay más americanos impasibles infiltrándose en pueblos que nada sospechan de los que había en el momento más tenso de la guerra fría. La gazmoñería religiosa con la que van a enviar a las tropas estadounidenses al frente quizá sea el aspecto más nauseabundo de esta surrealista guerra. Bush tiene a Dios agarrado por el cuello. Y Dios tiene opiniones políticas muy particulares.

1. Dios eligió a EEUU para salvar al mundo de la manera que más convenga a EEUU.

2. Dios eligió a Israel como nexo de la política norteamericana en Oriente Próximo. Y quien quiera poner en duda esta idea: a) es un antisemita, b) es un antiamericano, c) está con el enemigo y d) es un terrorista.

Dios también tiene conexiones aterradoras. En EEUU, donde todos los hombres son iguales a sus ojos, aunque no a los ojos de los demás, la familia Bush contiene un presidente, un ex presidente, un ex jefe de la CIA, el gobernador de Florida y el ex gobernador de Tejas. Bush senior tiene algunas buenas guerras en su haber, y una reputación bien merecida por saber mostrar la ira de EEUU a los Estados clientes que desobedecen. ¿Quieren más datos?

- George W. Bush. 1978-84: alto ejecutivo de Arbusto-Bush Exploration, una compañía de petróleo; 1986-1990: alto ejecutivo de la compañía de petróleo Harken.

- Dick Cheney. 1995-2000: presidente ejecutivo de la compañía de petróleo Halliburton.

- Condolezza Rice. 1991-2000: alta ejecutiva de la compañía de petróleo Chevron, que bautizó un petrolero con su nombre.

Y la lista sigue.

Sin embargo, ninguna de estas vinculaciones insignificantes afecta a la integridad del trabajo de Dios. Aquí estamos hablando de valores honestos. En 1993, mientras el ex presidente George Bush hacía una visita de cortesía al siempre democrático reino de Kuwait para que le dieran las gracias por liberar al país, alguien intentó matarlo. La CIA cree que ese "alguien" era Sadam. De ahí que Bush junior exclamara: "Ese hombre intentó matar a mi papá". Pero esta guerra no es personal. Es necesaria. Se trata del trabajo de Dios. Se trata de llevar la libertad y la democracia al pueblo iraquí, pobre y oprimido.

Para ser aceptado como miembro del equipo de Bush hay que creer en el Bien Absoluto y en el Mal Absoluto, y Bush, con un montón de ayuda de sus amigos, de su familia y de Dios, está ahí para ayudarnos a distinguir lo uno de lo otro. Creo que quizá yo sea Malo por escribir esto, pero tendré que averiguarlo.

Lo que Bush no nos dirá es la verdad acerca de por qué vamos a la guerra. Lo que está en juego no es un eje del mal, sino petróleo, dinero y las vidas de la gente. La tragedia de Sadam es estar sentado sobre el segundo yacimiento de petróleo más grande del mundo. La de su vecino Irán es poseer las reservas de gas natural más grandes del mundo. Bush quiere ambas, y quien le ayude a conseguirlas recibirá una parte del pastel. Y quien no le ayude, no la recibirá. Primero Irak y luego Irán, aunque en este último caso sospecho que las cosas serán más complicadas. Basta recordar el orgullo Persa, el tesón y arrojo, para comprender que aquel avance puede tener derivaciones realmente peligrosas y de niveles que es mejor ni imaginar, por ahora.

Si Sadam no tuviera petróleo, podría torturar y asesinar a placer a sus ciudadanos, a EEUU le daría lo mismo. Otros líderes lo hacen todos los días. Sospecho que en realidad Bagdad no representa ningún peligro cercano y real para sus vecinos, y tampoco para EEUU o Gran Bretaña. Las armas de destrucción masiva de Sadam, si es que todavía las tiene, serán menudencias comparadas con lo que Israel o EEUU podrían desplegar en cinco minutos. Lo que está en juego no es una amenaza militar o terrorista inminente, sino el imperativo económico del crecimiento estadounidense. Lo que está en juego es la necesidad de EEUU de demostrar su enorme poder militar a Europa y a Rusia y a China y a la pobrecita loca de Corea del Norte, así como a Oriente Próximo.

El tufo a santurronería religiosa que hay en el aire en EEUU recuerda a los peores momentos del Imperio Británico. El manto de lord Curzon no queda bien sobre los hombros de los columnistas conservadores de moda en Washington. Estamos en esta guerra para asegurar la hoja de parra de nuestra relación especial con EEUU, para hacernos con nuestro trozo del pastel del petróleo y porque, después de todos los apretones de mano públicos en Washington y en Camp David, Blair tiene que dar la cara en el altar, y otras cosas más privadas en lugares más discretos, supongo.

El pasado viernes, un amigo mío estadounidense fue a un supermercado en California con una pegatina en el coche que decía: "La paz también es patriótica". Cuando terminó de hacer la compra, la pegatina había desaparecido.