11 ago. 2018

Anestesiados, de Carlos Almonte





Caídos en la luz de un crepúsculo agitado
sueñas con arcaidos y dementes que
de vez en cuando
realizan gestas imposibles de entender
o realizar.

Acariciar figuras de piedra
un terciopelo que se extiende
sombreros transparentes
o sencillos cuerpos que se desvanecen.

Acariciar la luz de un invierno que se extingue.

Es acariciar una palabra
finalmente una palabra que se extingue
por sí sola.



en Flamenco es un sueño, 2008

Libros La Calabaza del Diablo













6 jul. 2018

La casa de Mingus, de Martín Cinzano



 

 
Explicar algo a alguien es,
en primer lugar, demostrarle que no
puede comprenderlo por sí mismo.
J. Rancière


nos acostumbramos de a poquito a las fórmulas
tener una casa
es una manera ingrata de decirlo
ir a comprar fruta caminar kilómetros
buscando desesperados una botella de ron
o la casa de Mingus
junto a un perro gris como el culo de la vida

ese perro gris
ese perro flaco y gris
siempre traerá un regalo para ti
un pedazo de plástico
la señal de la bancarrota
una postal carcomida
de la casa a la que nunca entraremos

pero nunca te regalará un poema
un poema no
porque un poema es un pésimo regalo
porque un poema es indigno
como una explicación e indigno
de ese perro gris
de ese perro flaco y gris
que se nos ha muerto en Cuernavaca



en Yo ya (G0 Ediciones), 2016










7 feb. 2018

Minimalism (Minimalismo). Reseña de Aníbal Escanciero-Johns




 
Misimalism: A documentary about the important things... es el nombre completo de este documental que narra un punto de visto relacionado con un estilo de vida simple, desprovisto de la mayor parte de las cosas. "Vivir con lo esencial". "Vivir con lo necesario". Son tópicos que repiten, demasiado frecuentemente, estos dos amigos que, de un momento a otro, y cansados del consumismo y de ganar dinero y de tanta infelicidad, deciden ser felices liberándose de prácticamente todos los bienes materiales. De este modo, aseguran, las personas se liberan del estrés, de las preocupaciones, de la infelicidad, en definitiva. Una máxima del tipo: "Si no tienes nada, no puede causarte problemas", o algo así. Recorren el país dando charlas y ganando dinero por la venta de los libros; dinero que, seguramente, no gastarán en nada (para que no les cause problemas). Quizás, solo en gasolina para ir de pueblo en pueblo predicando el evangelio de la desposesión. Porque algo de eso tiene este documental que parece confundir un medio con una finalidad: okey, me deshago de las cosas... ¿y ahora qué? ¿Me dedico a dar el mensaje del Minimalismo de ciudad en ciudad? 

Con todo, el documental logra momentos interesantes, como el concepto Tiny House (ejemplificado gráficamente más abajo), o el de los creadores de Lifeedited, que se relaciona, más que con no tener cosas, con un respeto por el ambiente y por la eficiencia de espacio. El resto de los entrevistados, incluyendo al par protagonista, son más bien del tipo “Yo era así, hasta que vi la luz” (por supuesto, todos han publicado un libro relatando su experiencia). Y es justamente ese aire “canuto” el que vuelve un tanto insoportable la visión de este film, así como la falta de sustancia. Finalmente, ¿por qué es malo tener cosas? Supuestamente porque no las necesitamos, pero... ¿y si las necesitamos? ¿Quién define lo que necesito y lo que no? ¿Necesito realmente una televisión, libros, una radio? O... una vez que nos deshacemos de todo, ¿a qué nos dedicamos? Porque, obviamente, no todos podemos ser predicadores del evangelio Minimalista. La verdad es que uno ve el documental, la vida por la que optaron estos dos sujetos, y no provoca ni la más mínima gana de tener algo de eso: ¿predicar un evangelio desorientado ante un par de tipos desorientados? Thanks, but no thanks. 

Debo ser de los atrapados por el sistema, porque creo que llevar una vida sin bienes y sin propósito me parece igual o más vacía que una vida con bienes y ningún propósito. Es matemática simple. Como matemática fue la decisión de ver este documental hasta el final, ya que alrededor del primer tercio, el mensaje de los entrevistados comienza a repetirse, y hacia cumplida la primera mitad esto aburre de manera descomunal.

No le recomendaría este documental a nadie, salvo que esté endeudado y sea comprador compulsivo (quizás ni siquiera a él).



Calificaciones
Rotten tomatoes: 3,3/5
IMDB: 6,7/10
Nuestra calificación: 3,1/7




Minimalism
(Minimalismo)
Director: Matt D’Avella, 2016
78 minutos





25 ene. 2018

Peter and the Farm (Pedro y la granja). Reseña de Philip Kundera




 
La historia comienza de mañana, un camino arbolado, vegetación abundante y un clima fresco. Vemos la vida de un campesino (Peter Durring) eso ya lo sabemos desde el título, la rutina de soledad, silencio y tranquilidad. De pronto, su afable fisonomía (de carácter errático y, finalmente, mucho menos afable), irrumpe en la escena para dar gritos estertóricos con los que llama a las ovejas.

Es un paisaje idílico, suaves praderas, animales (ovejas, cerdos, vacas, un perro), una vida solitaria, un anciano gruñón que acepta compartir su vida, su día a día, en el que vemos muertes de animales, borracheras y amenazas de suicidio. En Mile Hill Farm (así se llama la granja del anciano) se reúne el ánimo delimitado de un documental también certero. Sin ningún aspaviento retórico, se muestra una historia mínima, que nos envuelve entre la belleza de las imágenes, la crudeza y verdad de éstas y la intensidad de vida del anciano. Hay momentos notables, como la muerte de un coyote, la historia de su mano menos hábil o su relato de cómo y dónde fueron concebidos cada uno de sus hijos.

Sin entrar en mayores detalles, solo diremos que el documental engancha desde un comienzo, se deja ver tranquilamente y llega a emocionarnos, e, incluso, a conmocionarnos. Otorga, en silencio, mayor satisfacción que otros relatos con historias de interés masivo o con mayores efectismos. Acá el asunto es real y se nota.

Definitivamente recomendable.


Calificaciones

7,1/10 (Rotten Tomatoes)

7,4/10 (IMDB)

Nuestra calificación: 6,1/7,0



Peter and the Farm

(Pedro y la granja)

Director: Tony Stone, 2016

91 minutos







1 dic. 2017

Yo ya, de Franklin Goycoolea





Yo ya, yo ya, decía Jaspers
al depositar las cartas en la mesa
La mesa está puesta
La estrella en tu esperanza
Tu reina de copas está latente
y la tentación
y la caída

El amor no es una caída
es un revoloteo inmenso
sobre un abismo que se aísla

Más allá de la tentación
de las cunetas
de los caminos
Se transforma en un conquistador
de todos los tesoros: Zaratustra



en ¡Flash!, G0 Ediciones 2017

Fotografía: Franklin Goycoolea







17 nov. 2017

Los ríos de la vida, de Clemente Riedemann





Por las líneas de tu mano fluyen los ríos de la vida. Llegan lanchones cargados con ciruelas hasta tu corazón. En su vuelo, las bandurrias te dirán: dulces pudieran ser tus días si volvieses a sentir amor.



en Una casa junto al río (Antología), 2016
Descontexto Editores











27 ene. 2017

Aulin, de Rosabetty Muñoz




 
Les sirvo mis menudencias
mientras me arrebatan tiernamente
            el país que he habitado tanto.
Nada, ni mis dolores me dejan conservar.
Me someto apegada al amor.
Y qué clase de amor es éste.
La hermosura me vuelve indefensa.
El miedo es una suave neblina
            en la que desaparezco.



en Hijos, 1991






27 sep. 2016

El Testamento: Una antiópera, de Augusto de Campos







En el confuso capítulo final de su Pequeña historia de la música, Mário de Andrade —parece que no supo de la existencia del poeta Ezra Pound— lo coloca, entre otros compositores, bajo la rúbrica del experimentalismo instrumental: “En los tríos, cuartetos, quintetos también apareció un nuevo florecimiento muy interesante, empleando las más inusuales y curiosas agrupaciones solistas (Kurt Weill, Falla, Ezra Pound, Anton Webern)”.

No deja de ser paradójico que el autor de The cantos, ignorado por nuestros modernistas, en gran parte por la impregnación francesa del movimiento, haya sido incluido, como músico, en las enumeraciones caóticas del siempre prolijo Mário de Andadre, travestido de musicólogo. Músico, no obstante, fue Ezra Pound, aunque un músico sui generis, que sólo comenzó a ser valorado recientemente.

Mário no aclara la fuente de su información; todo indica que fue tomada de lo que se rumoreaba. Pero se presume que habían llegado a sus manos noticias de la ópera Le testament, de Pound, de la que algunas partes fueron presentadas en 1926, en la Salle Pleyel, en París.

El interés de Ezra Pound por la música apareció desde temprano, cuando estudiaba poesía provenzal. En 1913, colaboró con William Morse Rummel (pianista alemán, nieto del inventor del telégrafo y consumado interprete de Debussy, a cuyo círculo pertenecía) en la edición de las partituras de las canciones trovadorescas, donde destacan las dos que descubrió de Arnaut Daniel entre los manuscritos del siglo XII de la Biblioteca Ambrosiana en Milán. Él se preocupaba por el balance entre palabra y melodía —motz el son—, que había alcanzado la perfección en la práctica de los poetas-músicos de Provenza. Más tarde, en 1920, cooperaría con la pianista norteamericana Agnes Bedford en la edición musical de cinco canciones occitanas, que traduciría “con palabras adaptadas de Chaucer”. Se interesó también por el trabajo de Arnold Dolmetsch, un especialista en música antigua, que se dedicaba a su interpretación y a la reconstrucción de clavicémbalos (Pound lo conoció en 1914 y le compró un clavicordio).

De 1917 a 1921, lo encontramos en los periódicos londinenses firmando, bajo el seudónimo de William Atheling, contundentes críticas musicales que proclamaban a Beethoven “el rosbif cotidiano de la música” y promovían el resurgimiento de la música de la Edad Media y del Renacimiento, con énfasis en los provenzales y en la edad de oro de la música isabelina: “la era de Lawes y Campion”. En la década de los treinta, organizaría singulares conciertos en Rapallo, desempeñando un papel relevante, al lado de la violinista Olga Rudge, en la recuperación de la obras de Vivaldi.

En 1923, Pound conoció a George Antheil en París, y comenzó a patrocinar el trabajo del joven pianista y compositor norteamericano, y escribió un libro sobre él: Antheil y el Tratado de Armonía (1924). Influido por Stravinski y el “ruidismo” futurista, Antheil empezaba a crear composiciones de carácter acentuadamente rítmico y percusivo —the machine music, que culminaría en Ballet mécanique (1924-1925). La obra había sido prevista para dieciséis pianos mecánicos y ruidos de avión. El estreno, 1926, en el Théâtre des Champs-Elysées, debido a dificultades técnicas, sólo fue presentado con ocho pianos, pero con una gran variedad de instrumentos de percusión y dos hélices de avión. “Esa obra —escribió Pound, entonces— saca definitivamente a la música de las salas de concierto”. Pero después del escándalo de la première neoyorkina, 1927, el compositor tomó otros rumbos. El bad boy de la música —como él mismo se autonombró— acabaría, melancólicamente, componiendo música convencional para películas, en Hollywood.

Diez días después del estreno de Ballet mécanique, se llevó a cabo la presentación de una insólita composición musical que el poeta Ezra Pound había terminado en 1923: la “ópera” Le testament, una versión reducida para tenor y bajo, acompañados de violín, piano y un enorme corno medieval que sólo tocaba dos notas. El estreno fue en la famosa Salle Pleyel, el 29 de junio de 1926, para un público que incluía a Joyce, Eliot y Cocteau. Olga Rudge, en el violín, Antheil (que colaboró en la orquestación y editó la pieza en 1923), en el piano. El músico norteamericano Virgil Thomson (que Pound consideraba un “enemigo”, por su cercanía a Gertrude Stein, y que en 1928 compondría también, con textos de ella, una ópera nada ortodoxa: Four saints in three acts) asistió a la première y, más tarde, hizo una declaración que impresionó por su desdén y precisión: “No era, propiamente, la música de un músico, sino, tal vez, la más bella música de un poeta desde Thomas Campion… y su sonido se quedó en mi memoria”. Básicamente, es un montaje de baladas de Villon (ampliadas con una canción de Williaume li Viniers, trovador provenzal del siglo XIII), con narración intercalada, la “ópera” de Pound —como habían observado Ned Rorem (en Música y gente) y R. Murray Schafer, responsable de una de sus presentaciones posteriores—, es más propiamente un chant-fable, en la tradición medieval, que evoca Jeu de Robin et Marion del trouvère Adam de La Halle (1240-1286), una especie de teatro cantado, precursor de la ópera cómica, expresado a través de una sucesión de arias o canciones.

La “ópera” de Pound fue revivida por la BBC, en 1931 y 1962, y en el Festival de Spoletto, en 1965, siempre de forma abreviada. Sólo en 1971 se produjo su versión íntegra, bajo la dirección de Robert Hughes, de la Universidad de California, Berkeley. Un año después, se hizo también la primera grabación de la obra. En el comentario del cuadernillo, Hughes enfatiza la originalidad del concepto instrumental poundeano: él había llegado a una especie de klangfarbenmelodie (melodía-de-timbres) independiente a la de Webern. La orquestación completa abarca un bizarro grupo de instrumentos para diecisiete ejecutantes, con una percusión variable, que incluye huesos secos, lijas y un silbato percusivo de curioso efecto. Y la partitura permite libertades inusuales, como exigir que los ejecutantes de la Balada de la Gorda Margot —un cantor (whiskey bass) y dos trombones— la interpreten como si estuvieran borrachos, tropezando en disonancias bitonales, entre hipos y eructos.

Además de esa “ópera”, Pound dejó otra, Cavalcanti (1931), aún no reconstruida, y piezas menores para violín, algunas de ellas interpretadas, en esa época, por Olga Rudge. Ezra Pound and music. The complete criticism, un volumen de más de quinientas páginas, reúne los escritos de Pound sobre música, organizado por R. Murray Schafer, fue publicado en 1977. Y Murray promete un segundo volumen, dedicado sólo a las composiciones.

El LP de Le Testament sorprendió a la crítica. En The New York Times, el 25 de abril de 1973, John Rockwell lo saludó con un breve pero entusiasta artículo: “Opera with music by Ezra Pound proves fascinating”. En él, resaltaba “lo que hace a la ópera tan idiosincrática es la instrumentación. Está llena de sonidos exóticos (por ejemplo, la flauta nasalizada) y distribuciones fragmentarias, puntillistas, de diversos instrumentos en una única línea”. Ya en un comentario de 1924, Antheil advertía, comparando la obra del poeta-compositor con la pintura naif de Rousseau: “su música parece que no tiene ninguna conexión con los últimos 300 o 400 años”.

El interés alrededor de esa “obra de arte única e inclasificable” (M. Schafer), Le testament, fue reavivado en el Festival de Holanda, de 1980, donde fue presentada como “una ópera que no es ópera”, junto a las novedades de vanguardia, como el drama musical Licht, de Stockhausen, del que se presentaron algunos fragmentos.

En esa fecha, Le Testament fue dirigida por Reinbert de Leeuw, figura importante del escenario musical holandés. Nacido en 1938, Leeuw es, además de compositor y director, autor de un libro sobre Charles Ives y tiene un acervo de grabaciones muy significativo, del que, hasta nosotros, brasileños, ya tuvimos una muestra, a través de dos discos, Erik Satie.

[…]

Harlekijn-Philips, de Holanda, editó un LP (9500 927) con la grabación en vivo de la producción de Leeuw. Así, pude cotejar los dos únicos registros discográficos de la ópera de Pound. La conclusión a la que llegué es que las dos lecturas, de cierto modo, se complementan, ofreciéndonos una oportunidad rara de convivir íntimamente con las ideas musicales del poeta y con su bella y extraña creación. Es imposible no estar de acuerdo con las objeciones de Freeman. Realmente, a pesar de todo el cuidado de la dirección de Leeuw, la vociferación declamatoria es perturbadora, ensombrece el texto y el acompañamiento en uno de los momentos más punzantes de la pieza, la “Balada a Nuestra Señora”, donde la madre de Villon intercede por el hijo, condenado a muerte. Leeuw —como anota Freeman— pretende que su versión sea “irreligiosa”, pero la verdad es que el texto no tiene esa característica. Oída en la grabación de Hughes, la “Balada” parece encontrar el tono verdadero, la voz emerge gravemente de un severo acompañamiento de tres contrabajos tocando con estremecimiento, un violoncelo, campanas y carillones. Por otro lado —y como el propio crítico lo reconoce— en otros momentos la lectura de Leeuw es enriquecedora. Es el caso del texto provenzal y, particularmente, de la “Balada de los ahorcados”, donde el coro homofónico es trabajado con cuidado control de pausas y sílabas, e impresionantes alternancias de dinámica por el septeto holandés, alcanzando una admirable limpidez enunciativa y logrando un gran impacto dramático —al final, son los muertos, los ahorcados, quienes nos dirigen la palabra— sin apelar a una retórica emocional. En los dos discos es posible detectar algunos defectos de pronunciación de los intérpretes de la ópera, cantada en francés medieval y provenzal, y, aquí y allá, claudican la fusión de motz el son. Nada de eso, sin embargo, empaña la belleza de la grabación: una mezcla inédita de futurismo y arcaísmo musicales revitalizados por un extraordinario tratamiento prosódico.

Disculpe el lector el carácter informativo-descriptivo que acabó teniendo este artículo, más aún cuando no hay ninguna posibilidad de conseguir los discos en Brasil. Es difícil, hasta impracticable, aún la importación, además de onerosa. Por desgracia no nos queda otra alternativa. Uno de los síntomas de la miseria intelectual a la que fue orillado este país, entre otras miserias, es la dificultad creciente para estar o mantenerse culturalmente informado. La música —y me refiero en particular a la culta o erudita— es una de las áreas más desprotegidas y más severamente castigadas por la desinformación y el exabrupto de los medios de comunicación. Se puede incluso confirmar, sin exagerar, que Brasil es uno de los países más atrasados del mundo en materia de información musical. Basta decir que, este año, en el centenario del nacimiento de dos genios, dos personalidades fundamentales de la música contemporánea —Anton Webern y Edgard Varèse—, las nuevas disqueras insisten en la desatención y/o ignorancia habituales al no ofrecer ninguna obra de esos autores, de los que, hasta hoy en Brasil, sólo se presentaron dos composiciones con sello nacional: “Ionisation” (1933), de Varèse —poco más de cuatro minutos—, apareció en los años cincuenta, en un LP-test de alta fidelidad, Breaking the sound barrier, Vol. 1. Percussion (Audio-100.102), y “Variaciones para piano”, op. 27 (1937), de Webern —menos de seis minutos—, gracias a la iniciativa de la pianista Clara Sverner, que la incluye en el excelente disco que grabó para la compañía London (LLB 1102-S) en 1974. Sobre Webern, su grandeza planea por encima de innobles y retrógradas tentativas de vilipendio, escribió Boulez, en 1961: “Webern permanece en el umbral de la música nueva: todos los compositores que no experimentaron profundamente y no comprendieron la ineluctable necesidad de Webern son perfectamente inútiles”.

Como se ve, a pesar de esos diez minutos, la nuestra continúa siendo sólo una pequeña historia de la música.


en Revista Crítica, septiembre 2013

(Traducción de Rogelio Castillo)






16 ago. 2016

Era pacífico y peligroso, por Arturo Pérez-Reverte







No pretendo compartir mi dolor, ni nada de eso. Le habría parecido un ejercicio cursi. Una mariconada. Sólo aprovecho esta página para dedicarle el homenaje que merecía. Que le habría gustado tener cuando palmara. Murió hace unos días, a los cincuenta y nueve tacos, tras un derrame cerebral que lo tuvo un mes con el pie en el estribo. Pepe Perona, maestro de Gramática. No firmaba de otro modo. También era catedrático de Gramática Histórica de la Universidad de Murcia, pero eso le importaba menos. Era un maldito esnob. A algunos de ustedes les suena, supongo, porque durante quince años asomó en estos artículos, de vez en cuando, en su calidad de miembro de la selecta hermandad de arponeros de Nantucket, entre humo de tabaco y ginebra azul. También fue personaje de una novela mía: Néstor Perona, maestro cartógrafo. Hasta en el cine salió un pavo haciendo de él. Bastante bien, por cierto. Ahora se ha muerto, el muy cabrón, dejándome aullando como un lobo triste. Buscando alguien en quien vengarlo, y vengarme.

Café, tabaco y silencio, hoy prohibidos, decía. Y libros. Miles de ellos. Sabía griego, latín. Su tesis doctoral se tituló Influencia de Nietzsche y Schopenhauer en la generación del 98. Lo sabía todo sobre Nebrija, sobre quien publicó una importante edición crítica. También tuvo la sangre fría de sacar In silentium, libro con todas las hojas en blanco. Lo tengo en mi biblioteca. «No leáis, que no merece la pena —decía—. Así, al menos, habrá menos chicles pegados en el suelo de los museos y las bibliotecas». Le encantaba dar por saco a tontos, mediocres y canallas con ese desprecio refinado e inteligente, desprovisto de piedad, que era su marca del Zorro. «El peor cáncer de este tiempo es que las masas hayan aprendido a leer», escribía. «Así, la inteligencia se ha puesto a su servicio y se ha degradado». Poseía una perspicacia apocalíptica y una cultura extraordinaria, que ponía a disposición de sus amigos como quien pone sobre la mesa un paquete de cigarrillos, un buen vino y unos cuantos vasos. Misántropo, malhumorado, gruñón, nunca tuvo el menor respeto por el género humano. Sólo por su familia y sus pocos amigos, a los que escogía deliberadamente. E infeliz quien no pasara el examen. A veces, en alguna cena, yo tenía que saltar casi por encima de la mesa para trincarlo por el cuello cuando le daba por escupir dialécticamente a alguien. Despreciando era letal. Implacable. La mejor definición que conozco es del periodista Antonio Arco, que lo conocía bien: «Era pacífico y peligroso».

Me hizo feliz a menudo, acompañándome en momentos importantes de mi vida como escritor. Venía con el resto de la peña y se sumaba a comidas, a cenas, a copas hasta las tantas. Leal como un arponero intrépido. Yo lo admiraba, como todos, sin condiciones ni límites. Pertenecía a una casta superior. El día que consiguió su cátedra, el profesor Belmonte y yo cerramos una discoteca y le organizamos una fiesta invitando a todos los jóvenes de su facultad. Y quemamos Murcia. Entre mis mejores recuerdos se cuenta una noche en la que él y Alberto Montaner —otro monstruo extraordinario—, catedrático de la Universidad de Zaragoza, discutieron en el café Gijón de Madrid, adoptando uno el punto de vista dominico y otro el jesuita —podían haber intercambiado papeles sin despeinarse—, en un duelo irónico, brillantísimo, que nos tuvo a los amigos fascinados durante horas. Y es legendaria la anécdota de cuando una alumna fue a pedirle a Pepe Perona que dirigiera su tesis de licenciatura, y él dijo: «De acuerdo. Empezará usted yendo a la biblioteca del Vaticano, a Florencia y a Bolonia para prepararse. Le procuraré el modo de hacerlo». Ella respondió: «No creo que mi novio me deje». Y entonces el maestro de Gramática, indicándole la puerta, zanjó: «Pues que le dirija la tesis su novio, señorita».

La ausencia de su sonrisa divertida y fatigada, sin esperanza, deja en mi vida un agujero del tamaño de un disparo de postas. Nunca olvidaré su mueca escéptica de sabio educado en la altivez del suicidio, que sabe cómo y dónde termina todo. «La cultura se ha ido a la mierda —solía decir—. Occidente ha desaparecido». Adivinaba la venganza cíclica de la Historia en este cochambroso mundo viejo, impotente, ya sólo capaz de parodiarse a sí mismo, estrangulado por políticos iletrados y masas de turismo analfabeto. «Es un error promover la lectura del Quijote en las escuelas —escribió una vez—. ¿Quién librará a los alumnos de las depresiones promovidas por la lectura y su meditación?». Lo peor de todo es que, muriéndose a destiempo, el maestro de Gramática revienta nuestro plan de asistir juntos a las últimas horas de esta caduca y moribunda Europa: acodados en la ventana de una biblioteca, copa de vino y cigarrillo a mano, viendo a la gente correr aterrada por las calles mientras los bárbaros violan a respetables matronas, saquean la ciudad y arde Roma.



en Cuando éramos honrados mercenarios, 2009