jueves, noviembre 12, 2009

Pablo y Virginia

por Álvaro Cunqueiro





Fue moda en París leer una novela titulada "Pablo y Virginia", que la escribió uno que me suena que fuese clérigo tonsurado, llamado don Bernardino de Saint-Pierre. El algaribo Elimas, en uno de sus viajes, se la vendió a las niñas de Belvis. Cuando ya don Merlín no moraba en Miranda, donde quedara de casero José del Cairo, acabado de casar, justamente con una de las condesitas, con aquella más rubia de pelo que empreñara del señorito de Belmonte y tuviera un infante que murió al nacer, fui yo una tarde de visita y a pedir permiso para cortar dos sauces que eran de la propiedad de don Merlín, y que no dejaban virar a los carros que iban a pasar en la balsa de Pacios. Estaba apuntado en una libreta por don Merlín, donde formaban todas las propiedades de Miranda con sus lindes, las servidumbres que había, cuánto de monte del iglesario de Doncide, los días de agua en los Cabos y en el Pontigo, para el riego y para el molino, que aquellos dos sauces se llamaban Pablo el uno y Virginia el otro. Esto era sabor de mi amo, parte de su cortesía y sentimiento de su memoria, ponerles nombres de las historias a las cosas, como llamarle a la escopeta Nápoles, al tílburi Faetón, al remolino del Miño donde volcó la lancha del demonio persa Pinto decirle Salamina, y con gracioso amor, cuando iba a Lugo o a Gáula y traía algún regalo de mérito para mi ama doña Ginebra, me mandaba vestirme para que se lo llevase yo en bandeja, y me decía, palmeándome en la espalda:

—Llévale este galano a doña Dulcinea del Toboso.

Y sobre la franca sonrisa se le ponía, al decírmelo, como un fugitivo velo de tristeza. Algo enamorado de ella debió de haber andado siempre. Pero íbamos a que pedí permiso para cortar a Pablo y a Virginia, y ya me lo daba José del Cairo, siendo los sauces de los que llaman llorones, y estando más bien desmedrados, cuando intervino la mujer y dijo que por el triste recuerdo que ella conservaba de aquellos dos enamorados Pablo y la Virginia, cuya novela leyera tantas veces en Belvís y la hiciera llorar, y más aún cuando ella estaba preñada del mayorazgo de Belmonte, que en aquellas desventuras de los amantes hallaba consuelo a la suya, no quería que los sauces fuesen cortados. José del Cairo respondió que como ella quisiese, y tengo para mí que le dio por el gusto porque no sabía olvidar que ella, aunque su mujer, era señora de las muy puestas del castillo de Belvís, que si estuviese como yo casado con una camarera, se riera del lloriqueo, y me dejara cortar los árboles titulados de amantes. ¡Con lo fácil que le salía a José llamarles puterías a las delicadezas y melindres de las mujeres!

Y en bebiendo otro vaso, le pregunté a la condesita de qué trataba la novela de Pablo y Virginia, y ella se echó a llorar, y me dijo que no me la contaba de miedo que con la memoria de aquellos dolores se le retirase la leche, que andaba amamantando al Leonardín, que en verdad estaba muy criado, y lo tuvieran a los dos meses de casorio. Y ahora recuerdo que no dije que la señora condesa se llamaba doña Martina. Se despidió para sus labores, no sin dejarnos escanciada otra jarra de vino.

—Esta novela me la leyó a mí doña Martina cuando la iba a enamorar a Belvís, a escondidas de la guarda del enano, y si tan curioso sigues de su asunto —dijo José del Cairo—, vaciemos esta jarra, mientras hago yo memoria de las filiaciones y los pasos, y veré si medio puedo apuntártela, que a nosotros no hay miedo de que se nos retire la leche, y aunque así fuese, no era mayormente en perjuicio de tercero.

Bebimos en silencio aquella jarra, y aun nos consolamos con otra, y José del Cairo me abrevió la historia de Pablo y Virginia, pidiéndome perdón por las faltas, que era la primera vez qué contaba una historia literata.

—Este Pablo que viene titulando la novela, fue desde muy niño grande amigo de mirar la soledad del mar, y se ponía en la ribera a imaginarle caminos con grande melancolía, y los seguía de memoria largo trecho, poniéndoles a su sabor aquí la posada de una isla, más allá el encuentro con un bergantín y una niña diciéndole adiós con el pañuelo, acullá la grande y continua hoguera de un faro en la noche, a la derecha temerosos vientos y esquivos, que ponían las olas por compañeras de las nubes, a la izquierda una flota de gigantes ballenas azules, y finando el viaje siempre encontraba un país inocente, en el que hablaban los animales, no había tuyo ni mío, la más hermosa de las muchachas se enamoraba a primera vista del extranjero recién llegado, y a la puerta de cada casa había un árbol que daba pan y otro que daba vino. Con el Buffon de las Plantas y de los Animales poblaba las islas y los países. Todo este imaginar y memorar, que vienen a ser la misma cosa, se le volvieron desasosiego y acedía: aceda era para Pablo su nación, aceda su familia, acedos el oficio, los amigos, los días y las noches, Tal se inquietó que determinó embarcar en un tres palos que salía por Pascua Florida del puerto que llaman Honfleur, y de donde era aquel que recordarás, almirante titulado, que vino a nuestro amo Merlín a desencantar el tenedor de plata que al comer con él volvía la carne pescado. Decía que era muy hermoso Honfleur con las casas pintadas, y en la planta baja las tabernas, con pequeñas ventanas y los cristales de colores, y la gente fina, tanto que en tan pequeña villa había dos tiendas de guantes, y las tabernas, unas eran para fumadores y otras no. Embarcó Pablo en el tres palos, que se llamaba "La Bella Corentina", y viajaba a las Américas a buscar el paso del Noroeste, que digo yo que por lo que aquí sopla cayendo desde la Corda este capellán de los vientos, debe de ser paso muy venteado y propicio a naufragios. Se despidió Pablo de Francia una mañana soleada, y tuvo por buen augurio la brisa solaz que se puso a empujar el velero a la mar libre. No te cuento el viaje, ni las tempestades, ni recuerdo si Pablo se mareaba. Aconteció que a los cuarenta y dos días de navegación, estando Pablo poniendo a secar sus medias en lo más alto de un palo, le vino a las narices el perfume lejano de una tierra, que era ni más ni menos que el aroma que él, en sus imaginaciones, le regalaba al país inocente que soñaba. El capitán le aseguró que por aquella banda no había tierra en un mes, y los marineros que eran, los más, normandos, se le rieron del olfato; sólo un portugués creía haber oído que por aquella banda estaba pronta Malaca, si se diera con el paso de la Guinea. Pero Pablo seguía recibiendo el perfume, que era una caricia; se ponía en 1a noche a recibirlo, digo yo que como un can se tiende confiando en que la mano del amo va a venirle sabrosa a repasarle el lomo. Y volviéndole aquella pasada inquietud, determinó robar la gamela de a bordo y remar hasta el país inocente, lo que hizo. En su inquietud no se cuidó de bastimentos, y a los dos días de remar ya no le quedaba ni una miga que no hubiese cacheado en los bolsillos, y sólo se alimentaba del perfume del país, que cada vez estaba más espeso y cálido a su alrededor. Pero ya ni sus ansias le bastaban para vivir, y al alba del quinto día desmayóse. Parece que una corriente tomó la gamela y le dio camino hacia tierra, que estaba muy próxima, y fue tan feliz la corriente, que puso a Pablo en un arenal, al tiempo mismo que una niña que llamaban Virginia buscaba en las arenas un pendiente que se le perdiera. Gritó la niña viendo al mocito desmayado, y acudió una comadrona que se llamaba doña Terencia, y le palpó en el pecho la vida, y con un sorbo de ron y agua con azúcar le volvieron a Pablo los sentidos, y lo primero que vio al abrir los ojos fue el rostro de Virginia, que era, aunque muy tirado a moreno, dulcemente hermoso. Fue doña Terencia a llamar al chambelán de la aldea y se quedó Virginia con Pablo, dándole sorbitos de agua con azúcar y palitos de canela para que los chupase, acariciándole la frente y cantándole palabras de aliento. Pablo ya estaba, la verdad sea dicha, enamorado antes de llegar, porque traía los amores en los sueños. Y se me olvidaba decirte, que pues era aquel un país inocente, la Virginia estaba desnuda del todo, y todo lo lindo a la vista. Y decía el señor conde, mi difunto suegro, que gloria haya, que el más del mal que hizo la novela de Pablo y Virginia en París, era que si los hombres en el soñar despiertos y en despeinarse de inquietud imitaban a Pablo, las mujeres andaban imitando a Virginia y se hicieron así fáciles en desnudarse; con lo que no fue extraño que a poco viniera a ser cornudo don Napoleón.

Había que beber otra jarra, que ésta era mucha oración seguida para José del Cairo. Lió cigarro con pausa, sacó chispero y chispeó, y tras saborear dos chupadas, se animó a seguir el relato. Contaba contento de lo bien que le salían la historia y el comento. Nunca creí que estuviera tan al tanto del mundo.

—Tardó un algo doña Terencia en venir con el chambelán, y lo pasó Pablo en examinar a la niña Virginia y en terminar de enamorarse, y como llevaba en la bolsa un traje nuevo, que era chambra de encaje y pantalón ceñido de azul terciopelo, y a la cintura faja de seda roja, ayudado por Virginia se levantó, y no vio inconveniente en desnudarse delante de ella y en bañarse antes de vestir la ropa nueva, y aun no se ocultó para hacer aguas menores, por no poner sombra de pecado donde él, por lo que tenía imaginado y por lo que veía, no encontraba más que graciosa y natural inocencia. En esto último me parece que se pasó un poco de confianzudo. Cuando llegaron el chambelán y la Terencia encontraron a los jóvenes cogidos de la mano, mirándose a los ojos. El chambelán inquirió en varias lenguas diversas a Pablo, y era hombre gordo y barbilampiño y llevaba al cuello un collar de cuentas de cacao, y Pablo no halló modo de responder, y el chambelán lo llevó a una cabañaa al lado de una fuente, y lo dejó allí aposentado, al cuidado de Terencia y con abundancia de comida variada. Virginia también quiso quedarse, para calentarle los pies y sacudirle las moscas. Allí fueron, en aquella cabaña, felices días, y Pablo se iba acostumbrando a tener inocencia para andar desnudo, y Terencia ayudaba en los amores de los muchachos, que andaban enseñándose palabras por el bosque y por la playa. Al noveno día volvió el chambelán y traía un mandato del rey del país que le llevasen a Pablo, para darle un vistazo, y estaba el rey a dos días de viaje y Virginia quedó llorando por llevarle el mozo. El rey —y ahora tengo que ir cortando por ponerle fin a la novela—, tenía una hija que le saliera negra, y siendo tan blanco y rubio Pablo, pensó de juntarlos, por si aumentaba la fama de la familia teniendo entre ambos un niño a listas blancas y negras, y en las historias estaba que tuviera el rey un abuelo colorado. Pablo se dejaba hacer, y fácilmente, porque nada entendía. En la cama se vio con la negra, que era muy fina y gentil y reidora. Pasó que vino Virginia y lo encontró de amores nuevos: lloró la niña y escapó a la selva, donde la prendieron unos indios que andaban de caza y la vendieron a un holandés que tenía tienda de pacotilla en una ensenada, donde hacían aguada los del bacalao. Pablo, viendo huir a Virginia, y estando sin guardar, salió en su busca. También lo cazaron los indios, y lo vendieron al rey negro de la Florida, que lo usaba de esclavo para que lo llevase a hombros a las fiestas. El holandés vendió la inocente Virginia,, ablandado por sus lágrimas, a un indio principal que tenía el negocio de cebar mujeres para los reyes de Méjico. No terminaría nunca de contarte cómo siete veces cambió Pablo de dueño, siempre siguiendo las huellas de Virginia, y como ésta casó cuatro veces contra su voluntad, fue robada dos, y la última vez que la vendieron volvió a manos del holandés, y allí en la tienda de pacotilla se puso a morir, y en esto estaba llorando cuando llegó Pablo, que se escapara de un nuevo dueño que tenía, que era grande fumador y se emborrachaba con los habanos. Reconociéronse los amadores, y ya sabía ahora Pablo la lengua de ella, y se dijeron las ternezas del mundo y se perdonaron la peripecia, y Pablo le puso de presente a Virginia lo forzado que fuera a la cama de la negra real, que lo probaba que el niño que tuvieron salió negro como hollín, no habiendo puesto él voluntad ninguna de amor, y nada más que el trabajo de hacerlo. Pero ya era tarde para Virginia, que perdonando murió, dejándole de regalo a Pablo un niño que tuviera del rey de Méjico, y que allí estaba, a los pies del catre, chupando palitos de canela. Esto, recordando a Pablo los que él chupó cuando Virginia lo halló en la playa, lo enterneció, y no lo quiso vender al holandés, que lo pagaba bien, porque le pedían de España un príncipe indio para una función. Me dijo el cura de Xemil, una vez que parrafeamos de esto, que si fue cierta esta historia, el encargo del niño sería para enseñarlo en la Exposición de Barcelona, que trajeron los papeles que va a abrir sus puertas la Reina Cristina.

—¿Y en qué acabó Pablo? —inquirí.
—Se vino para Francia, y traía un bolsillín de oro con el que puso en Honfleur tienda de mapas y anteojos de larga vista, y mandó al principillo al colegio. Y se consoló viendo entrar y salir los navíos y chupando palitos de canela. Y quizá casase de segundas, que un hombre solo mal se apaña.

Me volví a Facios, pues, sin permiso para cortar los sauces llorones. En el invierno del novecientos dos, con la crecida, se fue Virginia río abajo. Se quedó Pablo solo cabe el vado. Pero cuando represaron el río en Lañor, las aguas lo cubrieron.





en Merlín y familia, 1955










martes, noviembre 03, 2009

El maldito del Círculo Polar

por Javier Rodríguez Marcos
El País. España. 11.agosto.2009


Padre de la novela moderna y defensor del nazismo, Noruega celebra su legado en el 150º aniversario de su nacimiento




El sol no se pone nunca del todo en la cubierta del Gamle Salten. De madrugada, el atardecer parece aún interminable. Sin perderse en el horizonte hasta bien entrada la noche, el sol rodea lentamente el barco, lleno estos días de expertos y lectores de Knut Hamsun (1859-1952), premio Nobel de Literatura en 1920 y arrumbado en los estantes de la historia por su simpatía con el régimen nazi durante la invasión de Noruega por el Ejército alemán. El Gamle Salten hace el trayecto entre Bodo y Prestid, 1.500 kilómetros al norte de Oslo, dentro ya del Círculo Polar Ártico. Allí espera Steven Holl, vestido con un traje de color vainilla y tocado con un sombrero panamá. "Ésta es la obra de la que me siento más orgulloso. Mi abuelo era noruego y es como una vuelta al origen", dice el arquitecto estadounidense al pie del edificio que ha construido para el Centro Hamsun.

La presencia de esta torre de madera de cinco plantas en un paraje verde rodeado de montañas cortadas a cuchillo explica la controversia que ha acompañado el proyecto. Holl, famoso en Europa por el museo Quiasma de Helsinki, dice que éste no es más que otro capítulo que añadir a la polémica que ha rodeado siempre la figura de Hamsun, cuyo 150º aniversario se conmemoró el martes pasado. A la torre le faltan cuatro grados para ser perpendicular y su autor la define como "un cuerpo aparentemente inestable", como el novelista que le da nombre.

Noruega llevaba décadas sin saber qué hacer con Hamsun. No sólo es su escritor más famoso después de Ibsen sino que para muchos -de Kafka a Thomas Mann pasando por Henry Miller o Bukowski- también es el padre de la novela moderna. Esa paternidad tiene fecha: 1890, el año en que publicó Hambre, el a veces angustiado y a veces altivo monólogo interior de un hombre que malvive en las calles de una ciudad que no tiene misericordia. Ni con él ni con nadie. La cruda modernidad con punto y comas. Claudio Magris y Paul Auster han sido los apóstoles más recientes del escritor.

Al final de su vida, sentado ya en la cima de la fama, Hamsun celebró la "fuerza" del espíritu de la Alemania nazi, que invadió Noruega durante cinco años. El 7 de mayo de 1945, tiempo después de ofrecer su Nobel a Joseph Goebbels y cuando todos los colaboracionistas se disponían a enjuagar su pasado ante la inminencia de la victoria aliada, él escribió en el Aftenpostens, el periódico más importante del momento, un encendido elogio fúnebre de Hitler, al que había llegado a conocer. "Guerrero de la Humanidad", lo llamaba. El país que lo había llevado a los altares metió a Hamsun en un hospital psiquiátrico y le impuso una multa que lo dejó en la ruina. Su muerte siete años más tarde fue recibida con un incómodo silencio y durante décadas fue, a la vez, un escritor popular y maldito. Nunca dejaron de leerse sus libros, pero pocos reconocían haberlos leído. En España, donde tuvo su momento de gloria en los treinta, su obra forma parte del catálogo de varios sellos. En otoño, Nórdica seguirá ese camino con más novelas y una biografía.

Entretanto, Noruega ha empezado a saldar sus cuentas con el Hamsun escritor sin negar las miserias del hombre. Ante los temores de algunos familiares de supervivientes y de varias asociaciones judías de que las conmemoraciones de este año se tradujeran en comprensión hacia la postura del novelista durante la II Guerra Mundial, el Gobierno noruego salió al paso con un comunicado en el que subrayaba que se trataba de celebrar los "logros literarios" de Hamsun al tiempo que recordaba que sus "simpatías nazis" ocupaban un lugar destacado en la gran exposición que se le dedicó en Oslo a principios de año.

Al pintor Karl Erik Harr, que ha consagrado su vida a ilustrar la obra del narrador y que impulsó en 1982 las Jornadas Hamsun que se celebran cada año la primera semana de agosto, no le gusta el nuevo edificio de Prestid -"alguien tiene que decirlo"-, pero cree que la rehabilitación definitiva del "cronista de las tierras del norte" es un acto de justicia.










martes, octubre 27, 2009

Judío ultraortodoxo lanzó gas a una mujer que caminaba por una vereda de hombres

Cooperativa.cl. 27.octubre.2009





Un judío ultra ortodoxo fue detenido y quedó bajo arresto domiciliario por haber rociado con gas lacrimógeno a una mujer que caminaba por una vereda sólo para hombres en el barrio Mea Shearim de Jerusalén.

Se trata de Yoel Kraus, perteneciente a la secta fundamentalista judía denominada Eda Haredit, que fue arrestado el pasado domingo después de que la mujer atacada denunciara los hechos a la policía, informó este martes el diario Haaretz. El suceso ocurrió hace dos semanas, durante la festividad judía de los Tabernáculos o "Sukot", cuando la mujer "osó" caminar por una acera empleada "sólo por hombres", después de que desoyera las demandas de Kraus para que se marchara de allí.

Según un acuerdo policial, el sujeto deberá permanecer en arresto domiciliario durante cinco días fuera de Jerusalén y no será autorizado a regresar a la ciudad durante otras dos semanas. Además tendrá prohibido participar en protestas o actos públicos durante un mes.

Los líderes ultra ortodoxos residentes en Mea Shearim decidieron hace tres años que para preservar las estrictas reglas de recato de la comunidad, hombres y mujeres debían caminar por veredas diferentes de la calle.










domingo, octubre 04, 2009

Canto XLV. Con usura

por Ezra Pound






Con usura el hombre no puede tener casa de buena piedra
con cada canto de liso corte y acomodo
para que el dibujo les cubra la cara,
con usura
no hay para el hombre paraísos pintados en los muros de su iglesia
harpes et luz
o donde las vírgenes reciban anuncios
y resplandores broten de la incisión,
con usura
no puede ver el hombre Gonzaga a sus herederos
y sus concubinas
ninguna pintura es hecha para durar ni para vivir con ella
sino para venderse y pronto
con usura, pecado contra natura,
es tu pan de harapos viejos
es tu pan seco como papel,
sin trigo de montaña ni harina fuerte
con usura la línea se hace gruesa
con usura no hay clara demarcación
y ningún hombre puede hallar sitio para su morada.
El tallador de piedra es alejado de su piedra,
el tejedor alejado de su telar
CON USURA
no llega lana al mercado
la oveja nada vale con usura
Usura es un ántrax, usura
mella la aguja en las manos de la doncella
y detiene la pericia del que hila. Pietro Lombardo
no vino por usura
Duccio no vino por usura
ni Pier della Francesca; Zuan Bellin' no por usura
ni pintóse "La Calunnia".
Angélico no vino por usura; no vino Ambrogio Praedis,
No vino iglesia de piedra pulida firmada:
Adamo me fecit.
No por usura St.Trophime
No pur usura Saint Hilaire,
Usura oxida el cincel
Oxida el oficio y al artesano
Roe los hilos del telar
Ninguna aprende a bordar oro en su dibujo;
El azur tiene llagas por usura;
el carmesí sin bordar se queda
La esmeralda no encuentra su Memling
Usura asesina al niño en las entrañas
Impide al joven cortejar a su amada
Ha traído parálisis al lecho, yace
entre la novia y su marido.
CONTRA NATURAM
Han traído putas para Eleusis
Cadáveres se sientan al banquete
pedidos por usura.




N.B.: Usura: gravamen por el uso de poder adquisitivo, impuesto sin relación a la producción, a veces sin relación a las posibilidades de la producción. (De ahí la quiebra del banco de los Medici).







en Cantos, 1970










jueves, septiembre 03, 2009

El pasillo del gran hotel

por Dino Buzzati





Después de volver a mi habitación ya muy tarde, estaba a medio desnudarme cuando sentí necesidad de ir al servicio.

Mi habitación estaba casi al final de un pasillo interminable y escasamente iluminado; aproximadamente cada veinte metros, tenues lámparas violáceas proyectaban haces de luz sobre la alfombra roja. Justo a la mitad, delante de una de estas lamparillas, se hallaban, de una parte, la escalera y, de otra, la puerta acristalada de dos hojas del baño.

Poniéndome una bata, salí al pasillo, que estaba desierto. Y había llegado casi al servicio cuando me topé de frente con un hombre también en bata que, surgido de las sombras, provenía de la parte opuesta. Era un señor alto y grueso con una redonda barba a lo Eduardo VII. ¿Tenía el mismo objetivo que yo? Como suele suceder, hubo un instante de embarazo, por poco chocamos. El hecho es que a mí, vaya a saber por qué, me entró vergüenza de entrar en el retrete estando él delante y pasé de largo como si me dirigiera a otro lugar. Y él hizo lo mismo.

A los pocos pasos, no obstante, me di cuenta de la estupidez que había hecho. Pero en realidad, ¿qué otra cosa podía hacer? Había dos posibilidades: o seguir hasta el final del pasillo y luego volver atrás con la esperanza de que el señor de la barba, entre tanto, se hubiera ido. (Pero nadie me decía que éste tuviera que entrar en una habitación, dejando así el campo libre; quizá él también quisiera ir al servicio y, al encontrarme, le hubiera entrado vergüenza, exactamente igual que me había pasado a mí, y ahora se encontraba en mi misma embarazosa situación. Por lo cual, volviendo sobre mis pasos, me exponía a encontrármelo otra vez y a quedar como un imbécil aún mayor).

O bien –segunda posibilidad– esconderme en el hueco, bastante profundo, de una de tantas puertas, escogiendo una poco iluminada, y desde allí espiar el campo hasta estar seguro de que el pasillo estaba completamente despejado. Y eso hice, antes de haber analizado la situación a fondo.

Sólo cuando me encontré agazapado como un ladrón en uno de aquellos estrechos huecos (era la puerta de la habitación número 90) empecé a razonar. Antes que nada, si la habitación estaba ocupada y el cliente daba en entrar o salir, ¿qué pensaría al encontrarme escondido allí, delante de su puerta? Peor: ¿cómo descartar que aquella habitación no fuese justamente la del señor de la barba? Y éste, si regresaba, me cortaría el camino sin remisión. Y no sería menester ningún recelo especial para que mi maniobra le pareciera harto extraña. Quedarse allí, en definitiva, era una imprudencia.

Poco a poco asomé la cabeza para explorar el corredor. Completamente vacío de un extremo a otro. Ni un rumor, ni un ruido de pasos, ni el eco de una voz humana, ni un chirrido de una puerta que se abriese. Era el momento: salí de mi escondite y, con pasos desenvueltos, me encaminé hacia mi habitación. De paso, pensaba, entraría un momento en el servicio.

Pero en aquel preciso instante, y me di cuenta de ello demasiado tarde para poder volver a ocultarme, el señor de la barba, que evidentemente se había hecho las mismas reflexiones que yo, salía del hueco de una de las puertas del fondo, quién sabe si la mía, y venía decididamente a mi encuentro.

Por segunda vez, con embarazo todavía mayor, nos encontramos delante del servicio; y por segunda vez ninguno de los dos se atrevió a entrar, sintiendo vergüenza de que el otro lo viera; ahora sí que había un verdadero riesgo de hacer el ridículo.

Así, maldiciendo para mis adentros los miramientos humanos, me encaminé, derrotado, a mi habitación. Cuando llegué, antes de abrir la puerta, me volví a mirar: al fondo, en la penumbra, entreví al de la barba, que, simétricamente, entraba en su habitación; y se había vuelto a mirar hacia donde estaba yo.

Me sentía furioso. Pero ¿no tendría quizá yo la culpa? Intentando leer, en vano, un periódico, esperé más de media hora. Luego abrí la puerta con cautela. En el hotel reinaba un gran silencio, como en un cuartel abandonado; y el pasillo estaba más desierto que nunca. ¡Por fin! Salí disparado, ansioso de llegar al baño.

Pero en el otro extremo, con una sincronía impresionante, como si hubiera intervenido la telepatía, también el señor de la barba se deslizó fuera de su habitación y, con una agilidad insospechada, avanzó hacia el retrete.

Por tercera vez nos encontramos frente a frente delante de la puerta de cristales esmerilados. Por tercera vez ambos disimulamos, por tercera vez pasamos ambos de largo sin entrar. La situación era tan cómica que habría bastado nada, un gesto, una sonrisa, para romper el hielo y echarlo todo a risa. Pero ni yo ni, probablemente, él, teníamos ningunas ganas de reírnos; al contrario; una furiosa exasperación, una vaga sensación de pesadilla, como si fuera todo una maquinación urdida misteriosamente por alguien que nos aborreciera, azuzaba.

Como en mi primera salida, acabé por escurrirme en el hueco de una puerta desconocida y esconderme allí a la espera de los acontecimientos. Lo que ahora me convenía, cuando menos para limitar los daños, era aguardar a que el barbudo, apostado sin duda como yo en el otro extremo del pasillo, saltase de su trinchera en primer lugar: entonces lo dejaría avanzar un buen trecho y sólo en el último momento saldría también yo; esto, con el objeto de toparme con él ya no delante del servicio, sino mucho más hacia aquí, de forma que, superado el encuentro, quedara en libertad de actuar sin enojosos testigos. Y si en cambio él, antes de encontrarme, se decidía a entrar en el baño, tanto mejor; satisfecha su necesidad, se retiraría luego a su habitación y no respiraría ya en toda la noche.

Asomando apenas un ojo de la jamba (a causa de la distancia no podía ver si el otro hacía lo mismo), permanecí al acecho largo tiempo. Cansado de estar de pie, en un momento dado acabé poniéndome de rodillas sin interrumpir ni por un momento mi vigilancia. Pero el hombre no se decidía a salir. Y, sin embargo, estaba ahí todo el rato, escondido, en las mismas condiciones que yo.

Oí dar las dos y media, las tres, las tres y cuarto, las tres y media. No podía más. Por fin, me dormí.

Me desperté con los huesos molidos cuando eran ya las seis de la mañana. De momento, no recordaba nada. ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba tirado allí en el suelo? Luego vi a otros como yo, en bata, acurrucados en los huecos de los cientos y cientos de puertas, dormidos: uno de rodillas, otro sentado en el suelo, otro adormilado de pie, como los mulos; pálidos, destrozados, como después de una noche de batalla.





en Sesenta relatos, 1958











miércoles, agosto 19, 2009

In corpore maledictus

por Martin Caffels




No soy el absurdo enclave. La visión de ayer, de hoy y del futuro. Implico. Duermo sin soñar. Me transformo en señales de caminos. No indico el paso. No autorizo detenciones, cruces o seguridad. A un costado expulso el vómito color naranja. No me detengo. Sigo a gran velocidad, mas no avanzo. No llegaré a ninguna parte, pues no sé a dónde me dirijo. La premisa es primordial. Un cadáver al espejo. Hacia atrás una fila de camiones descargados. Un anciano vuela hacia la costa. Su barba, su expresión, el saludo de mentón y últimas palabras: "I keep the secret". El índice sobre los labios. La desaparición. Una nube de moscas, abejas y demás insectos. El sonido de acordeón. El baile de hace años. La visión cansada. El cuerpo exhausto. El accidente y posterior reaparición. Ya no soy. No permanezco. Ya no voy. Ya no regreso. No avanzo. No escucho más que el rumor de olas fidedignas, adosadas a un espanto de carácter demencial. Aunque el término resuene en el recuerdo menos evidente. La nieve. El desierto. La sangre. Pócimas indígenas de olor amargo. Una pobre cruz y un nombre borrado por el viento, por la arena, por saqueadores sin pudor, o sin dinero. Asolando catedrales de plegaria infame. Infinitos vericuetos en el subterráneo. Altavoces en volumen máximo. El discurso fascista se repite, como un rezo negro, inexplicado. La ciudad en llamas bajo las sirenas. El bombardeo. La huida. La derrota y, sin embargo, por debajo el curso de la historia sigue idéntico a lo estipulado. La apariencia sirve a mayorías. Las endulza. Las invoca y adormece. Es perfecto. Es como debe ser. No silencio. No grito. No hablo más. El antiguo Tao explica lo siguiente: "Un ave muerta como carga única. Su vuelo indica al Norte".




en Historias de la historia, 1966










jueves, agosto 06, 2009

Tres rosas amarillas

por Raymond Carver






Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.

Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L´Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían tardar horas —la mitad de la noche incluso— en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, como no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maître, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el “escándalo” del restaurante tres noches atrás, pero siguió insistiendo en que su estado no era grave. «Reía y bromeaba como de costumbre —escribe Suvorin en su diario—, mientras escupía sangre en un aguamanil».

Maria Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. Maria consiguió a duras penas parar un coche de punto que la llevase al hospital. Y llegó llena de temor y de inquietud.

«Antón Pavlovich yacía boca arriba —escribe Maria en sus memorias—. No le permitían hablar. Después de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones». Sobre ella, entre botellas de champaña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, Maria vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano —obra de un especialista, era evidente— de los pulmones de Chejov. (Era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacientes puedan ver en qué consiste su dolencia.) El contorno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. «Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas», escribe Maria.

También Leon Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país. (¿El hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena el «núcleo de los allegados», ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de teatro («¿Adónde le llevan sus personajes? —le preguntó a Chejov en cierta ocasión—. Del diván al trastero, y del trastero al diván»), apreciaba sus narraciones cortas. Además —y tan sencillo como eso—, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: «Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.» Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o dietario en aquel tiempo): «Estoy contento de amar... a Chejov».

Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido hablar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortalidad del alma. Recordando aquella visita, Chejov escribiría más tarde: «Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor...) cuya esencia y fines son algo arcano para nosotros... De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Nikolaievich se asombraba de que no pudiera entenderla».

A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía —según confesó en cierta ocasión— de «una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan».

Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: «Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: “No puedo hacer nada, Me iré en la primavera, con el deshielo”». (El propio Chejov moriría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba «engordando», y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Badenweiler.

Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aquellos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apacibles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.

A principios de aquel mismo mes había soportado un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gaviota. Sus contemporáneos la describen como una excelente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el dramaturgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amorosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba «mi poney», y a veces «mi perrito» o «mi cachorro». También le gustaba llamarla «mi pavita» o sencillamente «mi alegría».

En Berlín Chejov había consultado a un reputado especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su paciente, alzó las manos al cielo y salió a la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.

Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente despacho: «Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta». El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. «Chejov —escribe— subía a duras penas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento». De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía también dolores en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo —según Olga—, lo hacía con «una casi irreflexiva indiferencia».

El doctor Schwöhrer era uno de los muchos médicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acudía al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocondríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un personaje muy famoso. El doctor Schwöhrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cortas en una revista alemana. Durante el primer examen médico, a primeros de junio, el doctor Schwöhrer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clínico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.

El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: «Es probable que esté completamente curado dentro de una semana» ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pensaba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su estado. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía información sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se encontraba más fuerte.

Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba terminando apenas lograba escribir seis o siete líneas diarias. «Empiezo a desanimarme —escribió a Olga—. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo». Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.

El 2 de julio de 1904, poco después de medianoche, Olga mandó llamar al doctor Schwöhrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se alojaran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasaba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún seguía despierto fumando y leyendo, salió precipitadamente del hotel en busca del doctor Schwöhrer. «Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio», escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía alucinaciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. «No debe ponerse hielo en un estómago vacío», dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.

El doctor Schwöhrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le brillaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwöhrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer —lo obligaba a ello un juramento— todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy débilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwöhrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimular su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto alguno). El doctor Schwöhrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: «¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver».

El doctor Schwöhrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwöhrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pronunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua el aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en la casa. «¿Cuántas copas?», preguntó el empleado. «¡Tres copas!», gritó el médico en el micrófono. «Y dése prisa, ¿me oye?». Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.

Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Llevaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a primeras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos —santo cielo—, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moët a la habitación 211. «¡Y date prisa, ¿me oyes?!».

El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habilitó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tratar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoroso, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ventana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas monedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró con el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.

De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwöhrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwöhrer. No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: «Hacía tanto tiempo que no bebía champaña...» Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.

El doctor Schwöhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwöhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.

Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwöhrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?

El doctor Schwöhrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwöhrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwöhrer. Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la Historia.

Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. «No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos —escribiría más tarde—. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte».

Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía preguntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwöhrer acompañado del dueño de alguna funeraria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.

Pero era el joven rubio que había traído el champaña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrochados. Parecía otra persona. No sólo estaba despierto, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeitadas y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las rosas a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí —dijo el joven— para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hiciera un tiempo tan agobiante.

La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que había sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas. La habitación estaba ordenada; parecía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Entonces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su persona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues salvo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver ninguna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez percatado de su presencia, miró hacia otra parte. Entonces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía encerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, confiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes extranjeros —dijo— podían desayunar en sus habitaciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofreció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos bandejas, dijo luego, volviendo a mirar —ahora con mirada indecisa— en dirección al dormitorio.

Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexplicablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamientos. Era como si durante todo el tiempo que él había permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel joven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flores? Ella no había encargado ningunas flores.

Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó también unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nunca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.

No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más importante aquella mañana. Pero necesitaba que le prestara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le decía? El señor Chejov había muerto ¿lo entendía? Cómprense-vous? ¿Eh, joven? Antón Chejov estaba muerto. Ahora atiéndame bien, dijo la mujer. Quería que bajara a recepción y preguntara dónde podía encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, escrupuloso con su trabajo y de temperamento reservado. Un artesano, en suma, digno de un gran artista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dónde dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en alguna parte.

Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insistido. Di eso. Pero no llames la atención innecesariamente. No atraigas la atención ni sobre tu persona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido... y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la cabeza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso... llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos estamos entendiendo?

El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza.

Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía comportarse exactamente como si estuviera llevando a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía imaginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana —un jarrón lleno de rosas— destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con flores. No debía, sin embargo, exaltarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. Debía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.

Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la punta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un tufillo de formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adulto, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agravar los miedos de la gente en este tipo de situaciones. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posibles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.

El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parlamento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muerto, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Chejov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.

¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos ¿Vas a ir?

Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la punta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Cogió el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.





1988










lunes, julio 13, 2009

En el búnker

por Mario Spachiaro






Acceso al aire turbio de la pólvora. Subo la escalera dando gritos de instrucción. Nadie entiende, aunque el respeto y fidelidad, aprieta cada mano en su veneno. Los balazos están cerca. El muro vibra, se retuerce en cada paso de cañones enemigos. Muchas tierras han pasado bajo el hábito de nuestras botas. La señal de cruz dorada. La victoria a medias. La derrota en la evidencia. El suave impacto del recuerdo entre los dioses. Paraísos subterráneos que preparan mi llegada. El hielo y mar austral. El mito que rodea a mis cercanos, a mí mismo. Nadie duda. Nadie experimenta el miedo, tan sólo el placer del compromiso, la alegría y el convencimiento. En la cima, entre nubes ocres, recogí las órdenes. En el subsuelo las seguí hasta la ininteligible consecuencia. Adoquines, lodo, sangre y honor. Es el fuego que se graba en nuestras almas, en nuestros uniformes galanados por la herida y la verdad. Queda el pacto no secreto. No daremos en el gusto y la sonrisa de vulgaridad. De mi lado están los dioses. Allá voy. Allá me entrego. Allá la vida. Allá la muerte. Allá el delirio y nuestros compañeros que dirigen al ejército a la más oscura de las victorias. La ciudad sitiada. El sonido de sirenas y el ataque continúa. No es así. No es el ámbito lo que preocupa, es más bien el tono de otro paradigma congelado que no llega a disolver. El océano, el futuro, la nieve sobre el pie desnudo y un grabado sobre la pared que empieza el fuego, luego el gas abierto y un cadáver paralelo, puesto en posición de rito, alud y despedida.




en Cuentos cruentos de segundas guerras, 1976










jueves, julio 02, 2009

Amor a la violencia...

por Ferdinand de Shariz





Cada gota de sangre derramada
En el espacio eterno de la piel
Que rompe el viento
Que sucumbe al plomo de una bala

Cada gota en el espacio insigne de batallas
Donde el aire torna en putrefacto
Y las aves de rapiña posan garras
Vómitos y picos de hambre y gula

Alza el mando una señal
Brazo erguido indica el fuego
Y la ceniza
Enciende el cálido reguero

Entre la pólvora relega el simple canto
Gritos y uniformes
Avanzando en línea ávidos del gesto
Que indica continuar

Continuar hasta morir o vencer
A la vuelta, la ciudad engalanada
Los clarines tronan hasta el cielo
El baile de los dioses baja hasta el océano

La primera guerra es el camino
Los soldados juntan fuerzas
Se reúnen junto al fuego y sed ante la noche
Se duermen y no duermen

Esperando el ruido de caballos
Como trenes que retumban a las rocas
La tormenta ha comenzado
Y la lluvia cubre el lodo de sus botas

Cruces, sables y el fragor en cada nota
El momento es sagrado
Varios días, o semanas, una vida entera
El sentido está de vuelta

La montaña es ocupada
Todos muertos o expulsados
La bandera cimbra en el escudo
Y entre todos esa represión vacía

La paz
La familia
Los días mueren adosados al escombro
La victoria es también derrota




En Cantos de violencia, 1951









lunes, junio 29, 2009

La vuelta al terruño

por Jacques Prévert





Un bretón vuelve a la aldea natal
Después de haber cometido unas cuantas fechorías
Pasea ante las fábricas de Douarnenez
No reconoce a nadie
Nadie lo reconoce
Está muy triste
Entra en una pastelería a comer pasteles
Pero no puede comerlos
Algo le impide tragarlos
Paga
Sale
Enciende un cigarrillo
Pero no puede fumar
Algo hay
Algo le bulle en la cabeza
Algo malo
Está cada vez más triste
Y de pronto comienza a recordar:
Cuando era pequeño alguien le dijo
"Terminarás en el cadalso"
Y durante muchos años
No se atrevió a hacer nada
Ni siquiera a cruzar la calle
Ni siquiera a hacerse a la mar
Nada absolutamente nada.
Recuerda
Quien se lo predijo fue el tío Grésillard
El tío Grésillard que traía mala suerte a todo el mundo
¡El muy canalla!
Y el bretón piensa en su hermana
Que trabaja en Vaugirard
En su hermano muerto en la guerra
Piensa en todo lo que ha visto
En todo lo que ha hecho
La tristeza lo aprieta
Intenta nuevamente
Encender un cigarrillo
Pero no tiene ganas de fumar
Entonces decide ir a ver al tío Grésillard.
Va
Abre la puerta
El tío no lo reconoce
Pero él lo reconoce
Y le dice:
"Buenos días tío Grésillard"
Y después le retuerce el cuello.
Y acaba en el cadalso de Quimper
Después de haber comido dos docenas de pasteles
Y de haber fumado un cigarrillo.





En Palabras, 1945










lunes, junio 15, 2009

Bombay

por Octavio Paz
Vislumbres de la India, 1996





Las antípodas de ida y vuelta
...para no caer en los errores en que
estuvieron los antiguos Philósophos,
que creyeron no haber Antípodas.

Padre Alfonso de Ovalle



En 1951 vivía en París. Ocupaba un empleo modesto en la Embajada de México. Había llegado hacía seis años, en diciembre de 1945; la medianía de mi posición explica que no se me hubiese enviado, al cabo de dos o tres años, como es la costumbre diplomática, a un puesto en otra ciudad. Mis superiores se había olvidado de mí y yo, en mi interior, se lo agradecía. Trataba de escribir y, sobre todo, exploraba esa ciudad, que es tal vez el ejemplo más hermoso del genio de nuestra civilización: sólida sin pesadez, grande sin gigantismo, atada a la tierra pero con la voluntad de vuelo. Una ciudad en donde la mesura rige con el mismo imperio, suave e inquebrantable, los excesos del cuerpo y los de la cabeza. En sus momentos más afortunados —una plaza, una avenida, un conjunto de edificios— la tensión que la habita se resuelve en armonía. Placer para los ojos y para la mente. Exploración y reconocimiento: en mis paseos y caminatas descubría lugares y barrios desconocidos pero también reconocía otros, no vistos sino leídos en novelas y poemas. París era, para mí, una ciudad, más que inventada, reconstruida por la memoria y por la imaginación. Frecuentaba a unos pocos amigos y amigas, franceses y de otras partes, en sus casas y, sobre todo, en cafés y bares. En París, como en otras ciudades latinas, se vive más en las calles que en las casas. Me unían a mis amigos afinidades artísticas e intelectuales. Vivía inmerso en la vida literaria de aquellos días, mezclada a ruidosos debates filosóficos y políticos. Pero mi secreta idea fija era la poesía: escribirla, pensarla, vivirla. Agitado por muchos pensamientos, emociones y sentimientos contrarios, vivía intensamente cada momento que nunca se me ocurrió que aquel género de vida pudiera cambiar. El futuro, es decir: lo inesperado, se había esfumado casi totalmente.

Un día el embajador de México me llamó a su oficina y me mostró, sin decir palabra, un cable: se ordenaba mi traslado. La noticia me conturbó. Y más, me dolió. Era natural que se me enviase a otro sitio pero era triste dejar París. La razón de mi traslado: el gobierno de México había establecido relaciones con el de la India, que acababa de conquistar su Independencia (1947) y se proponía abrir una misión en Delhi. Saber que se me destinaba a ese país, me consoló un poco: ritos, templos, ciudades cuyos nombres evocaban historias insólitas, multitudes abigarradas y multicolores, mujeres de movimientos de felino y ojos obscuros y centelleantes, santos, mendigos... Esa misma mañana me enteré también de que la persona nombrada como embajador de la nueva misión era un hombre muy conocido e influyente: Emilio Portes Gil. En efecto, Portes Gil había sido presidente de México. El personal, además del embajador, estaría compuesto por un consejero, un segundo secretario (yo) y dos cancilleres.

¿Porqué me habían escogido a mí? Nadie me lo dijo y yo nunca pude saberlo. Sin embargo, no faltaron indiscretos que me dieron a entender que mi traslado obedecía a una sugerencia de Jaime Torres Bodet, entonces director general de la UNESCO, a Manuel Tello, ministro de Relaciones Exteriores. Parece que a Torres Bodet le molestaban algunas de mis actividades literarias y que le había desplacido particularmente mi participación, con Albert Camus y María Casares, en un acto destinado a recordar la iniciación de la guerra de España (18 de julio de 1936), organizado por un grupo más o menos cercano a los anarquistas españoles. Aunque el gobierno de México no mantenía relaciones con el de Franco —al contrario, excepción única en la comunidad internacional, había un embajador mexicano acreditado ante el gobierno de la República Española en el exilio— a Torres Bodet le habían parecido "impropias" mi presencia en aquella reunión político-cultural y algunas de mis expresiones. Confieso que jamás pude verificar la verdad del asunto. Me dolería calumniar a Torres Bodet. Nos separaron algunas diferencias pero siempre lo estimé, como pude mostrarlo en el ensayo que le dediqué a su memoria. Fue un mexicano eminente. Pero debo confesar también que el rumor no era implausible. Aparte de que nunca fui santo de la devoción del señor Tello, años después oí al mismo Torres Bodet hacer, en una comida, una curiosa referencia. Se hablaba de los escritores en la diplomacia y él, tras recordar los casos de Reyes y de Gorostiza en México, los de Claudel y Saint-John Perse en Francia, añadió: pero debe evitarse a toda costa que dos escritores coincidan en la misma embajada.

Me despedí de mis amigos. Henri Michaux me regaló una pequeña antología del poeta Kabir, Krishna Riboud un grabado de la diosa Gurga y Kostas Papaioannou un ejemplar del Bhagavad Gita. Este libro fue mi guía espiritual en el mundo de la India. A la mitad de mis preparativos de viaje, recibí una carta de México con instrucciones del embajador: me daba una cita en El Cairo para que desde ahí, con el resto del personal, abordásemos en Port-Said un barco polaco que nos llevaría a Bombay: el Battory. La noticia me extrañó: lo normal habría sido usar el avión directo de París a Delhi. Sin embargo, me alegré: echaría un vistazo a El Cairo, a su museo y a las pirámides, atravesaría el Mar Rojo y visitaría Adén antes de llegar a Bombay. Ya en El Cairo el señor Portes Gil nos dijo que había cambiado de opinión y que él llegaría a Delhi por la vía aérea. En realidad, según me enteré después, quería visitar algunos lugares de Egipto antes de emprender el vuelo hacia Delhi. En mi caso era demasiado tarde para cambiar de planes: había que esperar algún tiempo para que la compañía naviera accediese a reembolsar mi pasaje y yo no tenía dinero disponible para pagar el billete de avión. Decidí embarcarme en el Battory. Eran los últimos días del gobierno del rey Faruk, los disturbios eran frecuentes —poco después ocurrió el incendio del célebre hotel Sepherd— y la ruta entre El Cairo y Port-Said no era segura: la carretera había sido cortada varias veces. Viajé a Port-Said, en compañía de dos pasajeros más, en un automóvil que llevaba enarbolada la bandera polaca. Sea por esta circunstancia o por otra, el viaje transcurrió sin incidentes.

El Battory era un barco alemán dado a Polonia como compensación de guerra. La travesía fue placentera aunque la monotonía del paisaje al atravesar el Mar Rojo a veces oprime el ánimo: a derecha e izquierda se extienden unas tierras áridas y apenas onduladas. El mar era grisáceo y quieto. Pensé: también puede ser aburrida la naturaleza. La llegada a Adén rompió la monotonía. Una carretera pintoresca rodeada de altos peñascos blancos lleva del puerto propiamente dicho a la ciudad. Recorrí encantado los bazares ruidosos, atendidos por levantinos, indios y chinos. Me interné por las calles y callejuelas de las inmediaciones. Una multitud abigarrada y colorida, mujeres veladas y de ojos profundos como el agua de un pozo, rostros anónimos de transeúntes parecidos a los que se encuentran en todas las ciudades pero vestidos a la oriental, mendigos, gente atareada, grupos que reían y hablaban en voz alta y, entre todo aquel gentío, árabes silenciosos, de semblante noble y porte arrogante. Colgaba de sus cinturas, la vaina vacía de un puñal o una daga. Eran gente del desierto y la desarmaban antes de entrar a la ciudad. Solamente en Afganistán he visto un pueblo con semejante garbo y señorío.

La vida en el Battory era animada. El pasaje era heterogéneo. El personaje más extraño era un maharaja, rodeado de sirvientes solícitos; obligado por algún voto ritual, evitaba el contacto con los extraños y en la cubierta su silla estaba rodeada por una cuerda, para impedir la cercanía de los otros pasajeros. También viajaba una vieja señora que había sido la esposa (o la amiga) del escultor Brancusi. Iba a la India invitada por un magnate admirador de su marido. Nos acompañaba asimismo un grupo de monjas, la mayoría polacas, que todos los días rezaban, a las cinco de la mañana, una misa que celebraban dos sacerdotes también polacos. Todos iban a Madrás, a un convento fundado por su orden. Aunque los comunistas habían tomado el poder en Polonia, las autoridades del barco cerraban los ojos ante las actividades de las religiosas. O quizá esa tolerancia era parte de la política gubernamental en aquellos días. Me conmovió presenciar y oír la misa cantada por aquellas monjas y los dos sacerdotes la mañana de nuestro desembarco en Bombay. Frente a nosotros se alzaban las costas de un país inmenso y extraño, poblado por millones de infieles, unos que adoraban ídolos masculinos y femeninos de cuerpos poderosos, algunos con rasgos animales y otros que rezaban al Dios sin rostro del Islam. No me atreví a preguntarles si se daban cuenta de que su llegada a la India era un episodio tardío del gran fracaso del cristianismo en esas tierras... Una pareja que inmediatamente atrajo mi atención fue la de una agraciada joven hindú y su marido, un muchacho norteamericano. Pronto trabamos conversación y al final del viaje ya éramos amigos. Ella era Santha Rama Rau, conocida escritora y autora de dos notables adaptaciones, una para el teatro y otra para el cine, de A Passage to India; él era Faubian Bowers, que había sido edecán del general MacArthur y autor de un libro sobre el teatro japonés (Kabuki).

Llegamos a Bombay una madrugada de noviembre de 1951. Recuerdo la intensidad de la luz, a pesar de lo temprano de la hora; recuerdo también mi impaciencia ante la lentitud con que el barco atravesaba la quieta bahía. Una inmensa masa de mercurio líquido apenas ondulante; vagas colinas a lo lejos; bandadas de pájaros; un cielo pálido y jirones de nubes rosadas. A medida que avanzaba nuestro barco, crecía la excitación de los pasajeros. Poco a poco brotaban las arquitectura blancas y azules de la ciudad, el chorro de humo de una chimenea, las manchas ocres y verdes de un jardín lejano. Apareció un arco de piedra, plantado en un muelle y rematado por cuatro torrecillas en forma de piña. Alguien cerca de mí y como yo acodado a la borda, exclamó con júbilo: ¡The Gateway of India! Era un inglés, un geólogo que iba a Calcuta. Lo había conocido dos días antes y me enteré de que era hermano del poeta W.H. Auden. Me explicó que el monumento era un arco, levantado en 1911 para recibir al rey Jorge II y a su esposa (Queen Mary). Me pareció una versión fantasiosa de los arcos romanos. Más tarde me enteré de que el estilo del arco se inspiraba en el que, en el siglo XVI, prevalecía en Gujarat, una provincia india. Atrás del monumento, flotando en el aire cálido, se veía la silueta del Hotel Taj Mahal, enorme pastel, delirio de un Oriente finisecular, caído como una gigantesca pompa no de jabón sino de piedra en el regazo de Bombay. Me restregué los ojos: ¿el hotel se acercaba o se alejaba? Al advertir mi sorpresa, el ingeniero Auden me contó que el aspecto del hotel se debía a un error: los constructores no habían sabido interpretar los planos que el arquitecto había enviado desde París y levantaron el edificio al revés, es decir, la fachada hacia la ciudad, dando la espalda al mar. El error me pareció un "acto fallido" que delataba una negación inconsciente de Europa y la voluntad de internarse para siempre en la India. Un gesto simbólico, algo así como la quema de las naves de Cortés. ¿Cuántos habríamos experimentado esta tentación?

Una vez en la tierra, rodeados de una multitud que vocifera en inglés y en varias lenguas nativas, recorrimos unos cincuenta metros del sucio muelle y llegamos al destartalado edificio de la aduana. Era un enorme galerón. El calor era agobiante y el desorden indescriptible. No sin trabajos identifiqué mi pequeño equipaje y me sometí al engorroso interrogatorio del empleado aduanal. Creo que la India y México tienen los peores servicios aduanales del mundo. Al fin liberado, salí de la aduana y me encontré en la calle, en medio de la batahola de cargadores, guías y choferes. Encontré al fin un taxi, que me llevó en una carrera loca a mi hotel, el Taj Mahal. Si este libro no fuese un ensayo sino unos memorias, le dedicaría varias páginas a ese hotel. Es real y es quimérico, es ostentoso y es cómodo, es cursi y es sublime. Es el sueño inglés de la India a principios de siglo, poblado por hombres obscuros, de bigotes puntiagudos y cimitarra al cinto, por mujeres de piel ámbar, cejas y pelo negros como alas de cuervo, inmensos ojos de leona en celo. Sus arcos de complicados ornamentos, sus recovecos imprevistos, sus patios, terrazas y jardines nos encantan y nos marean. Es una arquitectura literaria, una novela por entregas. Sus pasillos son los corredores de un sueño fastuoso, siniestro e inacabable. Escenario para un cuento sentimental y también para una crónica depravada. Pero el Taj Mahal ya no existe; más exactamente, ha sido modernizado y así lo han degradado como si fuese un motel para turistas del Middle West... Un servidor de turbante e inmaculada chaqueta blanca me llevó a mi habitación. Era pequeña pero agradable. Acomodé mis efectos en el ropero, me bañé rápidamente y me puse una camisa blanca. Bajé corriendo la escalera y me lancé a la ciudad. Afuera me esperaba una realidad insólita: oleadas de calor, vastos edificios grises y rojos como los de un Londres victoriano crecidos entre las palmeras y los banianos como una pesadilla pertinaz, muros leprosos, anchas y hermosas avenidas, grandes árboles desconocidos, callejas malolientes, torrentes de autos, ir y venir de gente, vacas esqueléticas sin dueño, mendigos, carros chirreantes tirados por bueyes abúlicos, ríos de bicicletas, algún sobreviviente del British Raj de riguroso y raído traje blanco y paraguas negro, otra vez un mendigo, cuatro santones semidesnudos pintarrajeados, manchas rojizas de betel en el pavimento, batallas a claxonazos entre un taxi y un autobús polvoriento, más bicicletas, otras vacas y otro santón semidesnudo, al cruza una esquina, la aparición de una muchacha como una flor que se entreabre, rachas de hedores, materias en descomposición, hálitos de perfumes frescos y puros, puestecillos de vendedores de cocos y rebanadas de piña, vagos andrajosos sin oficio ni beneficio, una banda de adolescentes como un tropel de venados, mujeres de sarís rojos, azules, amarillos, colores delirantes, unos solares y otros nocturnos, mujeres morenas de ajorcas en los tobillos y sandalias no para andar sobre el asfalto ardiente sino sobre un prado, jardines públicos agobiados por el calor, monos en las cornisas de los edificios, mierda y jazmines, niños vagabundos, un baniano, imagen de la lluvia como en el cactus es el emblema de la sequía, y adosada contra un muro una piedra embadurnada de pintura roja, a sus pies unas flores ajadas: la silueta del dios mono, la risa de una jovencita esbelta como una vara de nardo, un leproso sentado bajo la estatua de un prócer parsi, en la puerta de un tugurio, mirando con indiferencia a la gente, un anciano de rostro noble, un eucalipto generoso en la desolación de un basurero, el enorme cartel en un lote baldío con la foto de una estrella de cine: luna llena sobre la terraza del sultán, más muros decrépitos, paredes encaladas y sobre ellas consignas políticas escritas en caracteres rojos y negros incomprensibles para mí, rejas doradas y negras de una villa lujosa con una insolente inscripción: Easy Money, otras rejas aún más lujosas que dejaban ver un jardín exuberante, en la puerta una inscripción dorada sobre el mármol negro, en el cielo, violentamente azul, en círculos o en zigzag, los vuelos de gavilanes y buitres, cuervos, cuervos, cuervos...

Al anochecer regresé al hotel, rendido. Cené en mi habitación pero mi curiosidad era más fuerte que mi fatiga y, después de otro baño, me lancé de nuevo a la ciudad. Encontré muchos bultos blancos tendidos en las aceras: hombres y mujeres que no tenían casa. Tomé un taxi y recorrí distintos desiertos y barrios populosos, calles animadas por la doble fiebre del vicio y del dinero. Vi monstruos y me cegaron relámpagos de belleza. Deambulé por callejas infames y me asomé a burdeles y tendejones: putas pintarrajeadas y gitones con collares de vidrio y faldas de colorines. Vagué por Malabar Hill y sus jardines serenos. Caminé por una calle solitaria y, al final, una visión vertiginosa: allá abajo el mar negro golpeaba las rocas de la costa y las cubría de un manto hirviente de espuma. Tomé otro taxi y volví a las cercanías. Pero no entré; la noche me atraía y decidí dar otro paseo por la gran avenida que bordea a los muelles. Era una zona de calma. En el cielo ardían silenciosamente las estrellas. Me senté al pie de una gran árbol, estatua de la noche, e intenté hacer un resumen de lo que había visto, oído, olido y sentido: mareo, horror, estupor, asombro, alegría, entusiasmo, nauseas, invencible atracción. ¿Qué me atraía? Era difícil responder: Human kind cannot bear much reality. Sí, el exceso de realidad se vuelve irrealidad pero esa irrealidad se había convertido para mí en un súbito balcón desde el que me asomaba, ¿hacia qué? Hacia lo que está más allá y que todavía no tiene nombre...

Mi repentina fascinación no me parece insólita: en aquel tiempo yo era un joven poeta bárbaro. Juventud, poesía y barbarie no son enemigas: en la mirada del bárbaro hay inocencia, en la del joven apetito de vida y en la del poeta hay asombro. Al día siguiente llamé a Santha y a Faubian. Me invitaron a tomar una copa en su casa. Vivían con los padres de Santha en una lujosa mansión que, como todas las de Bombay, estaba rodeada por un jardín. Nos sentamos en la terraza, alrededor de una mesa con refrescos. Al poco tiempo llegó su padre. Un hombre elegante. Había sido el primer embajador de la India ante el gobierno de Washington y acababa de dejar su puesto. Al enterarse de mi nacionalidad, me preguntó, me preguntó con una risotada: "¿Y México es una de las barras o de las estrellas?". Enrojecí y estuve a punto de contestar con una insolencia pero Santha intervino y respondió con una sonrisa: "Perdona, Octavio. Los europeos so saben geografía pero mis compatriotas no saben historia". El señor Rama Rau se excusó: "Era sólo una broma... Nosotros mismos, hasta hace poco, éramos una colonia". Pensé en mis compatriotas: también ellos decían sandeces semejantes cuando hablaban de la India. Santha y Faubian me preguntaron si ya había visitado algunos de los edificios y lugares famosos. Me recomendaron ir al museo y, sobre todo, visitar la isla de Elefanta.

Un día después volví al muelle y encontré pasaje en un barquito que hacia el servicio entre Bombay y Elefanta. Conmigo viajaban algunos turistas y unos pocos indios. El mar estaba en calma; atravesamos la bahía bajo un cielo sin nubes y en menos de una hora llegamos a un islote. Altas peñas blancas y una vegetación rica y violenta. Caminamos por un sendero gris y rojo que nos llevó a la boca de la cueva inmensa. Penetré en un mundo hecho de penumbra y súbitas claridades. Los juegos de la luz, la amplitud de los espacios y sus formas irregulares, las figuras talladas en los muros, todo, daba al lugar un carácter sagrado, en el sentido más hondo de la palabra. Entre las sombras, los relieves y las estatuas poderosas, muchas mutiladas por el celo fanático de los portugueses y los musulmanes, pero todas majestuosas, sólidas, hechas de una materia solar. Hermosura corpórea, vuelta piedra viva. Divinidades de la tierra, encarnaciones sexuales del pensamiento más abstracto, dioses a un tiempo intelectuales y carnales, terribles y pacíficos. Shiva sonríe desde un más allá en donde el tiempo es una nubecilla a la deriva y esa nube, de pronto, se convierte en un chorro de agua y el chorro de agua en una esbelta muchacha que es la primavera misma: la diosa Parvati. La pareja divina es la imagen de la felicidad que nuestra condición mortal nos ofrece sólo para, un instante después, disiparla. Ese mundo palpable, tangible y eterno no es para nosotros. Visión de una felicidad al mismo tiempo terrestre e inalcanzable. Así comenzó mi iniciación en el arte de la India.









domingo, mayo 10, 2009

A day in the country

por Joel-Peter Witkin



1998








Corpus medius

por Joel-Peter Witkin




2000








Madame X

por Joel-Peter Witkin




1981








sábado, mayo 09, 2009

Three kinds of woman

por Joel-Peter Witkin




1982








Cupid and Centaur

por Joel-Peter Witkin



1992








Feast of fools

por Joel-Peter Witkin



1990








viernes, mayo 08, 2009

Man without a head

por Joel-Peter Witkin



1993








Daphne y Apollo

por Joel-Peter Witkin




1990








Satiro

por Joel-Peter Witkin




1992








jueves, mayo 07, 2009

Gods of earth an heaven

por Joel-Peter Witkin




1988








Leda

por Joel-Peter Witkin




1986








Portrait of Nan

por Joel-Peter Witkin



1984









martes, mayo 05, 2009

Testicle stretch with possibility of a crushed face

por Joel-Peter Witkin




1982








Penitente

por Joel-Peter Witkin



1982







Woman with severed head

por Joel-Peter Witkin




1982








Head of a dead man

por Joel-Peter Witkin



1990








lunes, mayo 04, 2009

The Aleph

por Joel-Peter Witkin




2001








Face of a woman

por Joel-Peter Witkin



2004









Poussin in hell

por Joel-Peter Witkin



1999