16 ago. 2016

Era pacífico y peligroso, por Arturo Pérez-Reverte







No pretendo compartir mi dolor, ni nada de eso. Le habría parecido un ejercicio cursi. Una mariconada. Sólo aprovecho esta página para dedicarle el homenaje que merecía. Que le habría gustado tener cuando palmara. Murió hace unos días, a los cincuenta y nueve tacos, tras un derrame cerebral que lo tuvo un mes con el pie en el estribo. Pepe Perona, maestro de Gramática. No firmaba de otro modo. También era catedrático de Gramática Histórica de la Universidad de Murcia, pero eso le importaba menos. Era un maldito esnob. A algunos de ustedes les suena, supongo, porque durante quince años asomó en estos artículos, de vez en cuando, en su calidad de miembro de la selecta hermandad de arponeros de Nantucket, entre humo de tabaco y ginebra azul. También fue personaje de una novela mía: Néstor Perona, maestro cartógrafo. Hasta en el cine salió un pavo haciendo de él. Bastante bien, por cierto. Ahora se ha muerto, el muy cabrón, dejándome aullando como un lobo triste. Buscando alguien en quien vengarlo, y vengarme.

Café, tabaco y silencio, hoy prohibidos, decía. Y libros. Miles de ellos. Sabía griego, latín. Su tesis doctoral se tituló Influencia de Nietzsche y Schopenhauer en la generación del 98. Lo sabía todo sobre Nebrija, sobre quien publicó una importante edición crítica. También tuvo la sangre fría de sacar In silentium, libro con todas las hojas en blanco. Lo tengo en mi biblioteca. «No leáis, que no merece la pena —decía—. Así, al menos, habrá menos chicles pegados en el suelo de los museos y las bibliotecas». Le encantaba dar por saco a tontos, mediocres y canallas con ese desprecio refinado e inteligente, desprovisto de piedad, que era su marca del Zorro. «El peor cáncer de este tiempo es que las masas hayan aprendido a leer», escribía. «Así, la inteligencia se ha puesto a su servicio y se ha degradado». Poseía una perspicacia apocalíptica y una cultura extraordinaria, que ponía a disposición de sus amigos como quien pone sobre la mesa un paquete de cigarrillos, un buen vino y unos cuantos vasos. Misántropo, malhumorado, gruñón, nunca tuvo el menor respeto por el género humano. Sólo por su familia y sus pocos amigos, a los que escogía deliberadamente. E infeliz quien no pasara el examen. A veces, en alguna cena, yo tenía que saltar casi por encima de la mesa para trincarlo por el cuello cuando le daba por escupir dialécticamente a alguien. Despreciando era letal. Implacable. La mejor definición que conozco es del periodista Antonio Arco, que lo conocía bien: «Era pacífico y peligroso».

Me hizo feliz a menudo, acompañándome en momentos importantes de mi vida como escritor. Venía con el resto de la peña y se sumaba a comidas, a cenas, a copas hasta las tantas. Leal como un arponero intrépido. Yo lo admiraba, como todos, sin condiciones ni límites. Pertenecía a una casta superior. El día que consiguió su cátedra, el profesor Belmonte y yo cerramos una discoteca y le organizamos una fiesta invitando a todos los jóvenes de su facultad. Y quemamos Murcia. Entre mis mejores recuerdos se cuenta una noche en la que él y Alberto Montaner —otro monstruo extraordinario—, catedrático de la Universidad de Zaragoza, discutieron en el café Gijón de Madrid, adoptando uno el punto de vista dominico y otro el jesuita —podían haber intercambiado papeles sin despeinarse—, en un duelo irónico, brillantísimo, que nos tuvo a los amigos fascinados durante horas. Y es legendaria la anécdota de cuando una alumna fue a pedirle a Pepe Perona que dirigiera su tesis de licenciatura, y él dijo: «De acuerdo. Empezará usted yendo a la biblioteca del Vaticano, a Florencia y a Bolonia para prepararse. Le procuraré el modo de hacerlo». Ella respondió: «No creo que mi novio me deje». Y entonces el maestro de Gramática, indicándole la puerta, zanjó: «Pues que le dirija la tesis su novio, señorita».

La ausencia de su sonrisa divertida y fatigada, sin esperanza, deja en mi vida un agujero del tamaño de un disparo de postas. Nunca olvidaré su mueca escéptica de sabio educado en la altivez del suicidio, que sabe cómo y dónde termina todo. «La cultura se ha ido a la mierda —solía decir—. Occidente ha desaparecido». Adivinaba la venganza cíclica de la Historia en este cochambroso mundo viejo, impotente, ya sólo capaz de parodiarse a sí mismo, estrangulado por políticos iletrados y masas de turismo analfabeto. «Es un error promover la lectura del Quijote en las escuelas —escribió una vez—. ¿Quién librará a los alumnos de las depresiones promovidas por la lectura y su meditación?». Lo peor de todo es que, muriéndose a destiempo, el maestro de Gramática revienta nuestro plan de asistir juntos a las últimas horas de esta caduca y moribunda Europa: acodados en la ventana de una biblioteca, copa de vino y cigarrillo a mano, viendo a la gente correr aterrada por las calles mientras los bárbaros violan a respetables matronas, saquean la ciudad y arde Roma.



en Cuando éramos honrados mercenarios, 2009







9 ago. 2016

Arrebatos de un colorado, por Ariel Rioseco






Cómo no voy a estar de malas, carajo,
Si resulta que me pierdo por solo tres días
Y cuando regreso me encuentro con que el
Programa está patas arriba
Y el elenco vaya a saber en qué fiesta
O cantina con la parranda hasta el cuello.

El Chómpiras y el Peterete en fuga
Después de un asalto frustrado.
Solo a estas dos joyas se les podría haber ocurrido
Entrar armados a un asilo de ancianos.
Y a la vieja zorra de Florinda
Que se le antoja irse a Acapulco
Con el ferrocarril parado del Jirafales.
Todo porque me tiré una canita al aire con la rubia
Que da las noticias en GamaVisión.
¡Habrase visto!

Y para colmo de mis males, a la Chilindrina
Se le ocurre quedar embarazada del Chavo del 8.
Recuerdo que cientos de veces le dije al mequetrefe:
«Si te vas a ir de tragos, cabrón,
Deja algo para condones.
Mira que en cada ocasión que te emborrachas
Te da por arrebatos a media luz y donde sea,
No importando el callejón de turno».

Ya con tratar de mantener el orden
En la pantalla me basta y sobra
De cinco a siete cada día.
De botón, ahora mismo tengo que lidiar
Con el panzón de Barriga
Que si no le doy el aumento de sueldo que me pide
Resulta que el muy perla se va del programa
Y del canal.
Ahí mismito donde lo ven,
La semana recién pasada me llamaron
Los ejecutivos del canal
Para la actualización de los contratos permanentes
Y conversar por qué dejo que el cuate de Barriga
Se me suba por el chorro.
Si es que ya parece que el gordo me vio las barbas.

Yo les digo que aquí no pasa nada
Y que está absolutamente bajo control.
Aunque la neta es otra, carnal.
Porque ese gordo bigotudo lo que en verdad quiere
No es sólo un aumento de sueldo
Sino que le dé la licencia
Para tener su propio programa.

Para colmo de colmos, el bolsas de Quico
Viene de noche y se roba de mi tráiler
Mi auténtico Chipote Chillón
Y un frasco de Chiquitolina.
Después, de mañana, me llama como si nada
Y con voz enturbiada para no ser reconocido
Exige rescate en efectivo,
De lo contrario, no sólo hará esto público,
Sino que además enviará a los medios unas fotos
Que también se robó el muy chingado,
En las que aparezco con el chipote
En ciertas posiciones, digamos, comprometedoras.
Aunque sospecho que esto no viene al caso.
Pero es que… me pregunto yo
¿Qué ha sido lo que yo les he hecho
Para que me traten de semejante manera?

Hace unas cuantas horas
Me he enterado que a la Bruja del 71
Le dio por hacerse stripper
Y no a solas ni en silencio,
Sino con comunicado de prensa e invitaciones
A lo que será su debut en las tablas.
Lo tragicómico de todo esto
Es que me pidió que, por favor,
No la corriese del programa,
Que esto del baile lo hace para generarse
Un dinerito extra y que no hay más verdad que esa.

Pero cómo puedo aceptar semejante discurso
Cuando de cinco a siete de la tarde
Ocupamos en la TV todo el espacio infantil.
Y es que muero de la ira con tanto disparate
Que viene y viene, mientras el elenco,
Frescos de raja, se la pasa de parranda en parranda.
Sin ir más lejos, la semana recién pasada
Tuve que hablar de urgencia con mi abogado
Para sacar a Don Ramón de la prefectura de policía
Por ocasionar escándalo en un recinto privado.
¿Habrá visto usted tanto descontrol y locura?
Resulta que al caballero,
Estando en un bar de homosexuales,
Le dio por decir, entre el ron y la ginebra,
Que el presente era el más macho de la barra,
Y que en este país de meros machos
Un gay no tiene cabida…
¡Vaya viendo usted hasta donde hemos caído!
De la gresca que se armó en aquel bar resultaron
Nueve arrestados y cuatro heridos.
Y mi carnal que es de duras fuentes
Se fue de golpes hasta con los gendarmes
En el reclusorio al ingresar en la madrugada.
Estando ya dentro, en medio de las firmas y fotos,
Tomó una escoba y le dio por la cabeza al capitán
Que aparte de no entender nada
Se fue con un ojo en tinta
Y los vidrios de menos en sus lentes oscuros.

Volviendo al problema más grave,
Debo hacer lo que sea para que
La vieja puta de Florinda
Regrese al programa y a mi recámara.
Le diré primero que lo siento,
Y después negaré todo,
Aduciendo que lo que leyó es mentira.
Acto seguido,
Le enviaré flores junto con una invitación a cenar.
Hablaremos de un significativo aumento de sueldo
Y, por supuesto,
Un viaje con todo pagado a Afganistán.
Le sentará muy bien una vueltecita por
Ur de los Caldeos
Y unas fotitos en los castillos de Saddam.
De regreso, prepararé un especial sobre ella
En la TV, con un homenaje soberbio
A su deslumbrante trayectoria.
Le conseguiré algún premio fantasma
Y le regalaré otro departamento en el D.F.
Con todo esto de seguro que la cosa se arregla.

Le diré a la rubia de GamaVision que nos tomemos
Un tiempo mientras la marea baja.
Después de todo,
La fama siempre tiene sus encantos.
Ella sabrá esperar.
Así podré seguir haciéndome el cucho
Hasta la entrega de los premios Oscar
Donde de fijo este año me anoto con al menos dos.
Y asunto arreglado...
¿No contaban con mi astucia, eh?


en Los Arlequines (G0 Ediciones), 2016





3 ago. 2016

Ritual sioux, por Leopoldo María Panero







El indio hablaba de Dios
Sosteniendo una vela con los labios del odio
Del odio a España y a la muerte
Como un dulce efebo para que rezara el indio
Con miedo del paraíso en que el amor me castrara
Un hombre llamado caballo
Con miedo a la multitud
Como pájaros que caen sobre la página
Que cortejan a la página
como una flor contra el mundo
como una flor hedionda
que corteja a la página
nada de nada henchida
pájaro que cae sobre los hombres
duro ritual de iniciación india
para el oscuro hombre blanco
fuimos indios
hasta que nos mataron a todos
e hicieron ropas con nuestras pieles
y nos inculcaron un Dios vacío de hastío e ignorancia
Dios que es menos que Nada
Sobre la que vuelan los hombres
Y no se puede llamar a la lluvia con roto instrumental
¡oh! Suite Lulú sobre la que vuelan los hombres
Yo soy el indio Crow
Soy el monarca de la Nada y del hombre
Soy el emperador de la Nada
El emperador del Helado
Y pinto mi cara con sangre
Y pinto estrellas contra el hombre.



en Escribir como escupir, 2008






15 abr. 2012

No componer poemas sino oraciones, por Roberto Bolaño







Escribir plegarias que musitarás
antes de escribir aquellos poemas
que creerás no haber escrito nunca




en La universidad desconocida, 2007







22 ene. 2012

Poe por fin se atreve a beberse el mundo de un solo trago, por Albert Compte






La crítica puritana, que empapaba los libros escolares,
tenía entonces portavoces como el doctor Gilfilan,
ministro escocés, ensayista de fama que llegó a la
natural conclusión de que Edgar Allan Poe había
asesinado a su mujer, Virginia, a fin de hallar
inspiración para “El cuervo”. Todavía más: James
Hannay, célebre cronista londinense, abrumado por los
ecos de Criswold, exclamó al aparecer la edición
inglesa de los poemas de Edgar Poe: “¿No hay en
América, como aquí, una ordenanza que prohíba la
entrada de los perros en los cementerios?
Georges Walter



El mundo es un juego cruel entre criaturas estúpidas,
alucinadas, creyéndose no sé qué cosas,
asistiendo a no sé qué actos, acostándose
entre ellas sin demasiado sexo
ni demasiado entusiasmo
ni poco ni mucho orgasmo
y un horizonte de cruces y medias lunas
en llamas recortándose a lo lejos.
¿El mundo? Un globo que gira
y gira como un tango bostoniano
por razones que nadie entiende.
Preferí bebérmelo de un trago.
Pero yo al menos era un genio.




en Al este de Pedralbes, 2000