17 ene. 2020

Los movimientos, por Miranda July





Antes de morir, mi padre me enseñó los movimientos que sabía hacer con los dedos. Se trataba de movimientos para conseguir que una mujer llegase al orgasmo. Me dijo que no sabía si aquello me sería de utilidad, teniendo en cuenta que yo era una mujer, pero que eso era todo cuanto podía dejarme como dote. Yo sabía lo que quería decir. Quería decir herencia o legado, no dote. Se trataba de doce movimientos en total. Los hizo en mi mano como si fuera un lenguaje de signos. Casi todos eran movimientos de rapidez y presión combinados de diferentes maneras. Algunos consistían en una floritura tal, que nunca hubiera alcanzado a imaginármelos. Supuse que los aprendió cuando estuvo en el extranjero. Una inversión inesperada tanto en la rapidez como en la dirección. Unos dedos inmóviles se detienen por un momento y luego inician unas caricias largas y veloces que él llamaba «el despellejamiento». Me empeñaba en anotar cuanto me decía, pero él se burlaba y me preguntaba si iba a ponerme a repasar aquellas notas cuando llegase el momento de poner todo aquello en práctica. Lo recordarás, me aseguraba, y repetía aquellas caricias en la palma de mi mano con sus dedos sarmentosos. Parecía un masaje de mano. Estaba muy seguro de sí mismo. No podía imaginarme a mí misma haciendo esos movimientos con tanta seguridad como él. Vas a hacer a alguna mujer muy, pero que muy, feliz, me decía. Pero yo nunca había hecho demasiado feliz a nadie, jamás, y daba por sentado que tendría que recurrir a mi padre cuando llegase aquel momento. Pero él ya estaría muerto. Además, me imaginaba que esa mujer sería lesbiana y no estaría dispuesta a que él la tocase. Tendría que hacer los movimientos de los dedos por mí misma. Tendría que decidir cuándo estaría ella preparada para el sexto y séptimo movimientos. ¿Podría soportar aquella mujer la intensidad del momento de inmovilidad y rendirse luego a los rápidos placeres del despellejamiento? Tendría que aguzar el oído para averiguarlo. No tienes que guiarte por el sonido de su respiración, decía mi padre, sino por la humedad de la piel en la región lumbar. Aquel sudor es tu secreto emisario. Estará tan seca como una mojama, y apenas un segundo después estará... ¡como si Ciudad del Cabo se inundase! No esperes a estar segura o perderás el tren: sube y avanza, avanza, avanza.

Cada mañana, cuando intento motivarme con algo positivo, recuerdo a mi padre diciéndome aquello y siento un gran consuelo. Sé que algún día conoceré a alguien especial, tendré una hija y le enseñaré lo que mi padre me enseñó. No esperes a estar segura. Avanza, avanza, avanza.



en Nadie es más de aquí que tú, 2009










11 ago. 2019

Para mirarte mejor, por Juan Armando Epple





Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.



en Para leerte mejor, 2010











17 abr. 2019

Ver, simplemente, por John Gray





Los demás animales no necesitan propósito alguno en su vida. Siendo, como es, una contradicción para sí mismo, el animal humano no puede vivir sin uno. ¿Tan inconcebible nos resulta que el objetivo de la vida sea sencillamente ver?



Perros de paja, 2012











11 feb. 2019

Pájaros azules en la primavera, por Philip Kundera





1. Veo tu silencio oportuno, tu distancia; también tu performance habitual, entremezclada, confusa, llena de tabúes. Veo tu saludo lejano, desde lugares conocidos, habituales, mancillados ahora por una promesa insatisfecha. Jamás te gustó ocupar un lugar anexo, fuiste el personaje torpe de una historia que jamás termina, ni siquiera en este impreciso gesto de escribir un mensaje enmascarado, encriptado en miles de visiones crepusculares, a la vez bellas e ignorantes. La ira se transforma en dolor, en calor, en piedras filosas que hieren los pies junto a otras que brillan transparentes.

2. No he vuelto a ir desde entonces. Iré en el próximo verano. Caminaré, recorreré, usaré la misma pieza de hotel, una ventana al sur, una ventana al mar. De seguro recordaré esa noche de tormenta en que las ventanas golpearon los postigos y la furia rompió y unió aquellos cuerpos sudorosos y desnudos, en unión total, limpia por única vez, sin futuro ni pasado.

3. Veo tu foto nuevamente. No apareces tú, sino un paisaje boscoso, lleno de piedras circundantes. Pienso en tu mano apretando un retórico gatillo. En esa noche, la última... En tu sentimiento oscuro, aún hoy, repasando cada detalle, la llamada de mañana, la discusión, el viaje, el alejamiento que posibilitó nuestra momentánea compañía. Recuerdo mi sensación de expulsar la saliva amarga que provoca el contacto con un ser de alma negra que pugna por aparentar transparencia. Tres o cuatro días de dormir juntos, de caminar y bromear frente al bosque eterno, incandescente, de un paraíso en ruinas. Lo demás es obvio, un viaje de regreso a la ciudad, un amanecer distante, una despedida fría que ambos supimos definitiva apenas nos separamos.

4. Esta canción la adelanto, es insoportable.

5. Es solo una foto, una canción, expuestas el mismo día. Una foto es una canción sin movimiento, dice un párrafo de sabiduría árabe. Contrario al verso clásico, a mí no me es fácil olvidar. Un gesto de cariño, un acto de traición, una noche en el desierto, con sabor a sal, arena y tormenta. Alejado un centenar de metros grito al cielo mientras los rayos caen. No quiero volver a la ciudad, tampoco a ella. Este fue el inicio y el final de aquellas páginas ajadas por el más certero de los jueces, el tiempo.

6. Desde esta cima de montaña observo el hábito pequeño, allá abajo, apenas visible. Es tiempo de permanecer en la altura, en este vuelo ingrávido, lleno de matices y sinceros afectos. Casi he olvidado la traición. Casi la he olvidado a ella... Soy feliz acá. Es todo cuanto hay que decir.



en Veintiséis relatos sin final, 1976











31 ene. 2019

Pieza estudio, de Cecilia Gajardo





Hay cosas que se meten en mi cama
con las migas de pan acumuladas en años
que raspan mis piernas
junto con las aureolas de saliva
que dejan un aire ácido
junto al control remoto
que se esconde en las frazadas
burlándose de mí por no poder encontrarlo
con algunos calcetines en el extremo del colchón
acumulados hace años.
Veo realitys
y miro hacia el techo
buscando una cámara
para dar señas
y me saquen de la cama.



en Piel verano, 2017











3 ene. 2019

Luis, de Mauricio Redolés





La certeza de poder abrazarte vivo
sabiendo que tu cuerpo no es otro que la luz de Ovalle.
Desde que comienzas a morir
            odio a los mediocres cantantes populares.
Fuiste quizás un tipo de blues universal del Limarí.
Fueron doce los años de ausencia para encontrarte
conejo asustadizo por el fascismo
tus manitas llenas de hierbas.
Deambulabas por los pasillos
bajabas la vista ante mi estatura.
Hiciste de la pobreza algo pobre
una lluvia juliana delgada pa dársela brava
            al hijo recuperado.
Luego podíai marcharte inventando el vino que no conocí.

Hoy
eres el pianista inalcanzable a orillas de la autopista.



en El estilo de mis matemáticas (Antología), 2017












28 sep. 2018

Hans Pozo Blues, de Clemente Riedemann





Hans Pozo ha desaparecido. Nadie lo puede encontrar. Era un chico quitado de bulla que robaba para comer. Y a veces para comprar droga, ¿quién se lo podrá reprochar? Han encontrado sus manos en la basura de un callejón. No tenía huellas digitales, ni rastros de quien las cortó. Pero su dedo índice apuntaba directo a la ciudad. Es el lugar donde vivimos, uno de nosotros lo mató.

            Era huérfano, no tenía amigos.
            A merced de todos,
            ayudado por nadie,
Hans Pozo ha desaparecido.

Ayer desenterraron su cabeza bajo un matorral. Pero no tenía rostro, ni lengua, ni paladar. Se los comieron los perros, tuvieron tiempo demás. Pero su nariz apuntaba a la ciudad que lo parió. Las máquinas de hacer dinero no paraban de foliar. Por ahí apareció una pierna y la otra un poco más allá, como arrancándose a solas para ya no sufrir más.

Era huérfano, no tenía amigos.
            A merced de todos,
            ayudado por nadie,
Hans Pozo ha desaparecido.

Dirás que es un caso oscuro sobre el que no cabe hablar, pero era uno de los nuestros a quien dejamos matar. Algún día regresará en sueños en busca de la verdad. ¿Qué le diremos entonces? ¿Qué le olvidamos sin más? Hans Pozo ha desaparecido, nadie se quiere acordar. Ojalá que su alma se haya podido salvar y que no haya más chicos muertos, botados por la ciudad.

Era huérfano, no tenía amigos.
            A merced de todos,
            ayudado por nadie,
Hans Pozo ha desaparecido.



en Riedemann Blues, 2017












11 ago. 2018

Anestesiados, de Carlos Almonte





Caídos en la luz de un crepúsculo agitado
sueñas con arcaidos y dementes que
de vez en cuando
realizan gestas imposibles de entender
o realizar.

Acariciar figuras de piedra
un terciopelo que se extiende
sombreros transparentes
o sencillos cuerpos que se desvanecen.

Acariciar la luz de un invierno que se extingue.

Es acariciar una palabra
finalmente una palabra que se extingue
por sí sola.



en Flamenco es un sueño, 2008

Libros La Calabaza del Diablo













6 jul. 2018

La casa de Mingus, de Martín Cinzano



 

 
Explicar algo a alguien es,
en primer lugar, demostrarle que no
puede comprenderlo por sí mismo.
J. Rancière


nos acostumbramos de a poquito a las fórmulas
tener una casa
es una manera ingrata de decirlo
ir a comprar fruta caminar kilómetros
buscando desesperados una botella de ron
o la casa de Mingus
junto a un perro gris como el culo de la vida

ese perro gris
ese perro flaco y gris
siempre traerá un regalo para ti
un pedazo de plástico
la señal de la bancarrota
una postal carcomida
de la casa a la que nunca entraremos

pero nunca te regalará un poema
un poema no
porque un poema es un pésimo regalo
porque un poema es indigno
como una explicación e indigno
de ese perro gris
de ese perro flaco y gris
que se nos ha muerto en Cuernavaca



en Yo ya (G0 Ediciones), 2016










7 feb. 2018

Minimalism (Minimalismo). Reseña de Aníbal Escanciero-Johns




 
Misimalism: A documentary about the important things... es el nombre completo de este documental que narra un punto de visto relacionado con un estilo de vida simple, desprovisto de la mayor parte de las cosas. "Vivir con lo esencial". "Vivir con lo necesario". Son tópicos que repiten, demasiado frecuentemente, estos dos amigos que, de un momento a otro, y cansados del consumismo y de ganar dinero y de tanta infelicidad, deciden ser felices liberándose de prácticamente todos los bienes materiales. De este modo, aseguran, las personas se liberan del estrés, de las preocupaciones, de la infelicidad, en definitiva. Una máxima del tipo: "Si no tienes nada, no puede causarte problemas", o algo así. Recorren el país dando charlas y ganando dinero por la venta de los libros; dinero que, seguramente, no gastarán en nada (para que no les cause problemas). Quizás, solo en gasolina para ir de pueblo en pueblo predicando el evangelio de la desposesión. Porque algo de eso tiene este documental que parece confundir un medio con una finalidad: okey, me deshago de las cosas... ¿y ahora qué? ¿Me dedico a dar el mensaje del Minimalismo de ciudad en ciudad? 

Con todo, el documental logra momentos interesantes, como el concepto Tiny House (ejemplificado gráficamente más abajo), o el de los creadores de Lifeedited, que se relaciona, más que con no tener cosas, con un respeto por el ambiente y por la eficiencia de espacio. El resto de los entrevistados, incluyendo al par protagonista, son más bien del tipo “Yo era así, hasta que vi la luz” (por supuesto, todos han publicado un libro relatando su experiencia). Y es justamente ese aire “canuto” el que vuelve un tanto insoportable la visión de este film, así como la falta de sustancia. Finalmente, ¿por qué es malo tener cosas? Supuestamente porque no las necesitamos, pero... ¿y si las necesitamos? ¿Quién define lo que necesito y lo que no? ¿Necesito realmente una televisión, libros, una radio? O... una vez que nos deshacemos de todo, ¿a qué nos dedicamos? Porque, obviamente, no todos podemos ser predicadores del evangelio Minimalista. La verdad es que uno ve el documental, la vida por la que optaron estos dos sujetos, y no provoca ni la más mínima gana de tener algo de eso: ¿predicar un evangelio desorientado ante un par de tipos desorientados? Thanks, but no thanks. 

Debo ser de los atrapados por el sistema, porque creo que llevar una vida sin bienes y sin propósito me parece igual o más vacía que una vida con bienes y ningún propósito. Es matemática simple. Como matemática fue la decisión de ver este documental hasta el final, ya que alrededor del primer tercio, el mensaje de los entrevistados comienza a repetirse, y hacia cumplida la primera mitad esto aburre de manera descomunal.

No le recomendaría este documental a nadie, salvo que esté endeudado y sea comprador compulsivo (quizás ni siquiera a él).



Calificaciones
Rotten tomatoes: 3,3/5
IMDB: 6,7/10
Nuestra calificación: 3,1/7




Minimalism
(Minimalismo)
Director: Matt D’Avella, 2016
78 minutos